La falta de programas y políticas públicas eficientes para el desarrollo de esquemas de producción sustentables, el espiral de costos de producción y la plaga de hongo de la roya, han llevado a la dramática reducción de la producción y exportación de sacos de café en países como Honduras, Nicaragua, Guatemala e incluso México.

Hace más de dos siglos que el cultivo de café abrió la puerta a los mercados internacionales para la región y el arraigo de la actividad permitió patrones de movilidad y la estabilidad de condiciones socioeconómicas para un importante sector de la población rural.

Paradójicamente, mientras en algunos países la industria cafetalera propició desarrollo y prosperidad; también produjo amplia dependencia y condicionamiento respecto al comportamiento de los mercados internacionales.

A lo largo del tiempo, las recurrentes crisis relacionadas a la producción cafetalera se han asociado a la falta de políticas agropecuarias y de exportación sólidas que evidencian la inestabilidad y el impacto negativo en la región.

Actualmente, existen unos 350 mil productores de café en la región centroamericana, la mayoría pequeños agricultores que trabajan de una a tres hectáreas, y quienes padecen de manera directa las repercusiones de la drástica caída del saco de café a nivel internacional.

De manera estructural, la crisis está amenazando tanto la sostenibilidad de los cultivos como la supervivencia de los productores, lo que alimenta los flujos migratorios hacia las ciudades y hacia otros países.

Con las recientes circunstancias regionales en materia migratoria y el actual ofrecimiento de recursos hecho por el gobierno de México a países de la región, sería el momento ideal para replantear el esquema de financiamiento al campo y específicamente al cultivo del café para que regresara a ser el bastión económico de Centroamérica, pero además para que se buscara la modernización del proceso agroexportador que permitiera abatir el impacto del cambio climático y los efectos sociales de la migración forzada.

La modernización de la industria cafetalera conlleva crecimiento económico, generación de divisas, empleo y reducción de la migración obligada.

Retomar el camino del desarrollo y el fortalecimiento de la caficultura no será sencillo, pero promete su reposicionamiento como una actividad preciada y vinculatoria con la que se pueden lograr importantes transformaciones socioeconómicas.

Es posible entonces que, apostándole al café y no a la siembra discrecional de árboles con los 30 millones de dólares prometidos a cada país por el presidente mexicano, se pudiera además de aliviar la situación migratoria, reactivar un cultivo vital para la región.

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