Para el conceso general de los analistas, la última reunión del G-20 en Osaka Japón, el pasado mes de junio, pasó sin pena ni gloria. La reunión no arrojó luz sobre posibles soluciones a los distintos conflictos que hoy prevalecen entre las naciones, aunque al parecer, tampoco ahondo en las disputas con que llegaron los mandatarios de distintos países a la reunión.

Todo parecería indicar que la vigésimo primera reunión de mandatarios sirvió para que algunos dignatarios se miraran de frente y a los ojos y cruzaran saludos, no para solventar sus diferencias, si no para muy posiblemente medir a sus adversarios y junto con ello, seguramente también pensar con detenimiento sus siguientes decisiones.

En otras palabras, la última reunión del G-20 no generó ningún tipo de resultados sobresaliente ante un contexto global que cada día se deteriora más y genera mucho más tensiones e incertidumbres. Las principales potencias del orbe llegaron con una agenda de asuntos pendientes en su portafolio y prácticamente regresaron igual.

Estados Unidos asistió a la edición de Osaka como pocas veces, con al menos cinco o seis frentes abiertos con diferentes países, el de China e Irán tal vez los más importantes, pero aun así el presidente Donald Trump se dio el tiempo y la oportunidad de criticar y fustigar a la primera ministra de Alemania, Ángela Merkel.

Lo más destacado de la última reunión es el llamado a encaminar al mundo a un equilibrio de fuerzas y convertir la política mundial en un órgano multipolar. En su mayoría, los representantes de las 20 naciones más importantes del planeta rechazan la unipolaridad que el gobierno de Trump ha venido imponiendo a las naciones que percibe como una amenaza para su nación.

El tema es que tendremos Trump para rato, pues es casi un hecho que ganará las elecciones del 2020, por lo que la incertidumbre y las guerras comerciales se prolongaran los siguientes cuatro años cuando menos. El desajuste global que hoy vivimos es tal que la crisis económica que se avecina comienza a quedar en segundo término cuando la posibilidad de un enfrentamiento bélico entre los Estados Unidos e Irán está latente y que cada día parece aumentar la tensión entre ambos países.

Centroamérica no está exenta de ese contexto global, pues cualquier confrontación armada impactará la economía regional, pues se verían afectadas tanto las exportaciones como las importaciones de la zona, la segunda razón más importante que la primera, pues en su mayoría, los países de la región importan más de 70% de los bienes de consumo y una confrontación bélica impactaría directamente los costos y precios al consumo.

Quizás tal vez lo más halagüeño de la reunión de Osaka es la preocupación manifiesta de algunas naciones para contener los efectos del cambio climático en el planeta, lo que hace suponer que en breve podríamos ver compromisos serios para mitigar un fenómeno que promete modificar la geografía planetaria y trastocar la economía de las naciones. El problema es que una vez más, los Estados Unidos han sido los primeros en alzar la mano para desestimar el calentamiento global y rehusar asumir los compromisos contra el cambio climático.

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