La ganadora del Oscar a la Mejor Película, Green Book, nos regaló una de las historias más entrañables que han pasado por la gran pantalla en los últimos años, gracias a la excelente química de sus protagonistas, Mahershala Ali y Viggo Mortensen, quienes nos muestran una de las máximas que deben seguir las organizaciones y las compañías: la diversidad suma.

Esta comedia dramática, dirigida por Peter Farrelly, nos mete de lleno en los años 60 de Estados Unidos, cuando Don Shirley, un extraordinario pianista afroamericano, decide embarcarse en una gira por el hostil territorio del sur americano. Para ello necesita un chofer —quien a la vez hace de guardaespaldas—, para que le acompañe y lo mantenga fuera de conflictos, una misión que el racismo arraigado en muchas poblaciones puede poner en jaque.

De esta manera entra en escena Tony Lip Vallelonga, un padre de familia italoamericano que se encuentra desempleado… A priori, los dos compañeros son tan compatibles como el agua y el aceite, con dos estilos totalmente antagónicos que, sin embargo, en un momento determinado se necesitan más que nunca.

La diversidad es probablemente uno de los valores más buscados en los entornos laborales de hoy… Como el caso de Don y Tony. ¿Pero es suficiente? Y si hablamos de valores empresariales en general, ¿cómo los definimos?, ¿cómo saber cuáles son los verdaderos valores de una compañía?

Hace unos pocos años, Netflix sacó un documento en forma de diapositivas donde explicaba la naturaleza de su negocio. Entre otras cosas, decía que los valores no son palabras bonitas como transparencia, honestidad o excelencia grabadas en el edificio de una empresa, y que tampoco son una lista de cualidades que aparecen en el apartado “Valores” de una página web. La plataforma ponía el ejemplo de Enron, que a pesar de reconocer el valor de honestidad como propio, fue a la quiebra (y sus dueños a la cárcel) por maniobras fraudulentas.

Los valores de una compañía, entonces, son aquellos comportamientos que sus trabajadores aprecian. Y eso se manifiesta según cómo se recompensa a la gente, cómo se contrata, cómo se manejan los conflictos y, sobre todo, cómo todo ese conjunto de actitudes siempre sigue una misma línea coherente, que no se dobla de acuerdo con las circunstancias o las personas.

Volvamos a Green Book. Casi al final de la gira, Don y Tony llegan a Birmingham, Alabama, donde Don había sido contratado para dar un concierto exclusivo para la más alta sociedad americana. A Don lo reciben con las muestras de respeto y cortesía más admirables por parte de todos los invitados y los dueños del club donde ha de tocar. Todos están de acuerdo en resaltar su talento, en incluirlo en los círculos de los “blancos”, porque ellos supuestamente no hacen distinción de colores.

Pero antes del concierto, cuando Don y Tony se disponen a cenar en el restaurante del club, se encuentran con el encargado en la puerta: “Lo siento, no se admiten negros en este restaurante”. Es decir, a la estrella invitada, al homenajeado de la noche, le niegan el acceso al lugar donde más tarde ha de tocar música. Tanto el encargado como los dueños del club ven perfectamente natural esta doble vara. Para ellos, no hay nada de contradictorio entre un comportamiento y otro. Don y Tony salen indignados y se niegan a dar el concierto pactado…

¿Cuántas (in) coherencias vemos a diario en las organizaciones? Como decíamos antes: la diversidad suma, sí, pero siempre con valores comunes… y con valores coherentes. Se tiene que ser inclusivo en todas las circunstancias, no solamente cuando nos benefician. ¿Cuántas veces vemos a jefes y managers decir una cosa, pero hacer otra? Hace falta, como siempre se ha dicho, unidad de pensamiento, palabra y acción.

En una de las conversaciones entre los protagonistas, Tony le confiesa a Don: “Mi padre solía decir que haga lo que haga, debo hacerlo al 100%. Si reímos, reímos a carcajadas. Si comemos, comemos como si fuera la última vez”. ¿Podemos estar al 100% en nuestro día a día?

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