La política migratoria implementada por Donald Trump obligó a los países del sur de su frontera a replantearse las relaciones que guardan en ellos, es decir, la presión sobre la exigencia de contener los flujos migratoria desde México y Centroamérica no es el único impacto generado hacia estas naciones.

El efecto antinmigrante no sólo obliga a los países a defender los derechos humanos de las personas que deciden abandonar sus lugares de origen, sino también a reflexionar sobre las causas profundas que motivan la salida de miles de personas de sus países.

Y tanto en México como en Centroamérica, el motivo común es la pobreza extrema, la falta de oportunidades aderezadas por la inseguridad y la impunidad entre otros factores.

Ante este escenario, los mandatarios de los países de Centroamérica y México se encuentran ante una valiosa oportunidad para reconfigurar una región que bien podría ser llamada Nueva Mesoamérica. Revertir el rezago económico y social que priva en toda la zona, deberá ser la prioridad de los gobiernos en un proyecto de esta magnitud.

Es cierto, el problema migratorio con los Estados Unidos sólo contempla a los países del llamado triángulo del Norte de Centroamérica, sin embargo, sería un error dejar fuera del proyecto al resto de los países de la zona, ya que tarde o temprano, deberán de enfrentar el problema de una forma u otra.

Para México esta podría ser una gran oportunidad para asumir un liderazgo económico en la región, pues este es el momento para unificar la región económicamente hablando. Potencial hay mucho y las oportunidades abundan tanto en los nueve estados que componen el sureste mexicano (Puebla, Veracruz, Guerrero, Campeche, Tabasco, Chiapas, Yucatán y Quintana Roo) como los países de Centroamérica.

En principio, la población de la región tiene una población de más de 92.7millones de habitantes, con PIB per cápita promedio de 7 mil dólares anuales.

El PIB promedio de Centroamérica en 2018 fue de 2.2% y se estima que para 2019 sea de 1.9% de acuerdo con cifras de la CEPAL, mientras que el crecimiento de los estados del sureste mexicano fue de 3.7%; estas cifras revelan el potencial de crecimiento que tiene la región de Mesoamérica, pues del lado mexicano, además de ser una zona petrolera y con un alto potencial de desarrollo agrícola e industrial, la región ha sido identificada como prioritaria en el proyecto de desarrollo del nuevo gobierno de ese país.

Las nueve entidades mexicanas albergarán en los siguientes años, proyectos como el tren maya, el tren transístmico, la construcción de una nueva refinería, el gasoducto México-Guatemala y el desarrollo de varias zonas económicas especiales que llevarán inversiones de distintos países para aprovechar lo que será una gran zona franca que será utilizada para la manufactura de bienes de todo tipo.

La oportunidad tanto para los países centroamericanos como para el sureste mexicano es enorme si se pondera su capacidad exportadora que en conjunto tiene un valor de 550 mil millones de dólares.

La Nueva Mesoamérica tiene hoy muchos rezagos y demanda de muchos servicios, mismos que de ser convertidos en oportunidades, podrían detonar una zona económica importante para los países, pero sobre todo para sus pobladores. 

Generación eléctrica, servicios hidráulicos y desarrollos de infraestructura entre otros, darían paso a la creación de un corredor industrial que requerirá de cadenas de valor, mano de obra calificada, servicios profesionales y servicios públicos, entre otras cosas. Lo anterior, es apenas una muestra de lo que la Nueva Mesoamérica esconde aún esa exuberante riqueza natural que la caracteriza.

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