Por María Gálvez del Castillo Luna*

La crisis climática es el reto más urgente al que se enfrenta la humanidad en la actualidad. Un desafío que exige cambios profundos y reformas en todo el mundo, y que nos obliga a meditar sobre qué tipo de sociedad queremos y qué educación superior precisa la ciudadanía.

Las universidades, como las catedrales y los parlamentos, dijo Charles Homer Haskins, son un producto de la Edad Media europea. Surgieron, tras las guerras e invasiones, como resultado del largo y necesario proceso de reorganización social y cultural de la época. En otros periodos de la historia, ocurre lo mismo. Las llamadas redbrick universities, por ejemplo, se fundaron en el siglo XIX -en plena industrialización- con el objeto de formar a profesionales en sectores emergentes en contextos urbanos en profundo cambio, o las primeras universidades iberoamericanas que surgieron, hace casi 500 años, en entornos particularmente complejos, caracterizados por el proceso de construcción de un nuevo orden social en los territorios americanos.

La misión de las universidades parece que es la de contribuir significativamente a construir una sociedad basada en el conocimiento, que afronte con eficacia los grandes retos sociales, económicos, tecnológicos, culturales y medioambientales del mundo.

En el contexto actual, las instituciones de educación superior -como en anteriores procesos de grandes cambios- tienen un rol estratégico. La crisis climática y, especialmente, las dificultades para abordar el cambio climático se encuentran entre los riesgos que mayor impacto -económico, social y ecológico- enfrenta el mundo. Es urgente e imprescindible la generación de conocimiento y su transferencia al tejido productivo, la reflexión crítica e independiente, que ayude a sacudir conciencias y que facilite la emancipación ciudadana y la toma de decisiones a gobiernos y empresas. Así como, la formación y capacitación de estudiantes, que vaya más allá de la mera obtención de títulos académicos, que busque formar a ciudadanos críticos y capacitados para llevar a cabo las transformaciones que la crisis climática demanda.

Posiblemente, los principales escollos de estas instituciones se encuentren en la rigidez de los modelos educativos y la falta de financiación. La crisis climática no debe limitarse a unas asignaturas independientes o planes de estudios, tiene que ser transversal en las diferentes dimensiones de la universidad y ejemplarizante hacia la sociedad. En este sentido, es necesario resolver la carencia de recursos para docencia, investigación y comunicación-divulgación científica, así como, trabajar en un modelo más equitativo y transparente de oportunidades, que permita el acceso a la universidad. Por otro lado, la escasa conexión con el territorio y la ciudadanía, y, el hecho de que la universidad se haya entendido en los últimos años como un lugar de tránsito, destinado únicamente a la obtención de un título académico, obviando la labor social que ejerce. Son algunos de los retos que estas instituciones necesitan abordar para que mediante el conocimiento sigan contribuyendo a la sociedad, con equidad y eficacia.

Dicho lo anterior, se observan detalles significativamente positivos en las universidades en los últimos años. El primer eje de la Declaración de la III Conferencia Regional de Educación Superior de América Latina y el Caribe, versa sobre el papel estratégico de la universidad en el desarrollo sostenible de la región. Asimismo, numerosas universidades han declarado la emergencia climática mediante un manifiesto mundial, en el que se comprometen a alcanzar la neutralidad de carbono antes del 2030 -a más tardar 2050-, a movilizar más recursos para la investigación y la creación de competencias, y a concienciar mediante la educación ambiental.

Los principales avances, sin embargo, se encuentran en la creación científica y la amplia variedad de universidades, centros de investigación e investigadores -en distintas áreas del conocimiento- con planes de estudios y/o líneas de investigación punteras relacionadas, directa o indirectamente, con la crisis climática y la sostenibilidad. Algunas de estas instituciones de educación superior forman parte de los primeros puestos de prestigiosos rankings internacionales, como es el caso de la Universidad de Sao Paulo (101-150) o la Universidad Nacional Autónoma de México (201-300), que destacan en el Top 500 del ranking mundial de Shanghái. Otras, como la Universidad Federal de Lavras (Brasil) o la Universidad Autónoma de Occidente (Colombia), aparecen en los primeros puestos del ranking UIGreenMetric, que valora a las universidades más sostenibles del mundo.

Ante el reto de la crisis climática, quizás nos encontremos en una etapa de metamorfosis del mundo, tal y como defendía Ulrich Beck, en la que las instituciones de educación superior deben aprovechar todo su potencial para facilitar la construcción de una ciudadanía crítica, sostenible y justa basada en el conocimiento -en la ciencia y la conciencia-.

Unas instituciones que formen a ciudadanos competentes y conscientes, que den respuestas a las necesidades sociales, económicas, tecnológicas y medioambientales del mundo actual y que busquen el avance y el progreso de la sociedad de la manera más justa, sostenible y solidaria posible.

*Oceanógrafa y ambientóloga, Doctoranda en Gobernaza del Cambio Climático en Áreas Litorales por la Escuela Internacional de Doctorado en Estudios del Mar- Universidad de Cádiz. 

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