Piensas que nunca te va a pasar. Imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas y, entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le sucede a cualquier otro. Este es el comienzo de Diario de invierno de Paul Auster, pero podría ser el relato de cualquier persona que habite en el mundo.

De María, una exitosa empresaria mexicana que vive en una bonita casa de la costa de Pacífica en California. De Juan, un pescador hondureño que sale a faenar cada madrugada, o de Pepe, un agricultor de la huerta murciana. Los impactos del calentamiento global se perciben cada vez con mayor intensidad. Mientras que para algunas personas siguen siendo algo casi abstracto y lejano -aunque realmente no lo sea- una parte de la población, cada vez mayor, los ven, sienten y sufren muy de cerca, en primera persona, afectando significativamente a su vida cotidiana.

Los residentes de isla Cangrejo, en Panamá, y los de Pacífica, en California, saben que la subida del nivel del mar no es ninguna broma. Se encuentran con la tesitura de ver el traslado de su comunidad hacia tierra firme o de permanecer haciendo frente a costosos daños económicos y sociales, relacionados con las inundaciones y la erosión del borde litoral. Los acantilados se derrumban. Las vigorosas olas se elevan por el muelle y amenazan las casas y carreteras de la costa. Han intentado luchar contra la naturaleza y parar la fuerza del mar construyendo muros. Pero, hasta el momento, lo único que han conseguido es perder playas y mucho dinero.

La situación de los habitantes del Golfo de Fonseca en Honduras no es mucho mejor. Debido a la degradación del manglar, temen perder su medio de vida en el mar. Y algo similar les ocurre a los pescadores de la pesca artesanal -medio de vida de 1,8 millones de familias en América Latina- que aprecian una disminución considerable de las capturas.

En la costa, los viticultores que trabajan en tierras con denominación de origen temen perder sus cosechas y la calidad de sus vinos, ante el aumento de temperaturas o la carencia de agua. Para el sector turístico la incertidumbre no es menor, ejemplificada en la desaparición de playas, degradación de áreas naturales, desaparición de arrecifes de coral o el incremento de los eventos climáticos extremos.

El mundo se está calentando de forma acelerada, como consecuencia de la acción humana, y la gran masa de agua salada que lo cubre, ahora, es más ácida y caliente. Los glaciares y los casquetes polares se están derritiendo por el aumento de las temperaturas -Groenlandia y la Antártida perdieron más de 430.000 millones de toneladas de masa anuales desde 2006- convirtiéndose en la principal causa del aumento del nivel del mar.

Los cambios provocados en los ecosistemas pueden hacer declinar fuertemente la biodiversidad marina, multiplicar por mil los daños causados por los eventos climáticos extremos e inundaciones. Además de forzar a las regiones costeras debido al aumento del nivel del mar, que se ha acelerado en las últimas décadas, a adaptarse o migrar.

La costa se está erosionando e inundando con cada marea, provocando graves daños, muchos de ellos irreversible. Sin embargo, en general, se carece de una planificación integrada de las áreas litorales que tenga en cuenta los efectos del cambio climático sobre el ámbito social, económico y medioambiental. En la mayoría de los casos, las iniciativas destinadas a esta zona son sectoriales y suelen resumirse en campañas turísticas, además de en costosas y cuestionables regeneraciones de playas y dragados, construcciones de muros, espigones o malecones.

En el ámbito internacional, las propuestas y acciones concretas de reducción de gases de efecto invernadero -GEI- presentadas, hasta el momento, por los Estados del mundo con el objeto de mitigar los efectos de la crisis climática son muy poco ambiciosas.

A esta falta de compromiso global, se une la posición de los grandes emisores de gases de efecto invernadero, como son China y Estados Unidos, que representan más del 40% de las emisiones mundiales, y que, sin embargo, están más preocupados por su guerra comercial que por las consecuencias que provocan sus altas emisiones de GEI.

Patente, especialmente, mediante el resurgimiento de las centrales de carbón a nivel doméstico y la relajación en la normativa ambiental en China. Así como, con la postura del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien además de dilapidar el Plan de Acción del Clima impulsado por su predecesor, ha anunciado -aunque no será fácil- su intención de sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París. Todo esto hace difícil vislumbrar un futuro en la Tierra sin la existencia de los graves impactos relacionados con la crisis climática que sufre la humanidad.

Ojalá existiera un rotulador mágico que eliminara o redujera los graves impactos que el cambio climático está provocando en el mundo. Pero, obviamente, es bastante improbable que tenga efecto sin el compromiso real de todos -desde la escala global a la local- en la lucha contra la crisis climática.

María Gálvez del Castillo Luna es Oceanógrafa y ambientóloga. Doctoranda EIDEMAR-Universidad de Cádiz