Por María Gálvez del Castillo Luna

“No puede haber una preocupación más importante o conservadora que la protección del planeta” dijo el político conservador Malcolm Forbes Baldwin, en 1981, tras publicar ‘Un programa conservador para el medio ambiente’.

Unos años antes, durante el mandato de Jimmy Carter, un grupo de científicos de prestigio internacional se reunió en la Institución Oceanográfica de Woods Hole, en Massachusetts, para debatir sobre la influencia del aumento del dióxido de carbono en el clima. El grupo, liderado por Jule Charney, congregó a diez distinguidos científicos de todo el mundo, dando lugar a la publicación del llamado Informe Charney en 1979, considerando la primera evaluación exhaustiva sobre las emisiones de dióxido de carbono, el cambio climático mundial y sus impactos en la humanidad.

Las conclusiones y pronósticos del informe basados en datos científicos alarmaron a científicos y políticos de alto nivel, indistintamente de su ideología. La humanidad se enfrentaba a graves impactos económicos y sociales derivados del calentamiento global. La política, entendida como servicio público, ¿podría tener un reto más importante y urgente?

El informe motivó al gobierno federal a solicitar a la Academia Nacional de Ciencias una investigación en profundidad sobre el asunto. Suscitando, a su vez, un interés especial en empresas del petróleo y gas, que comienzan sus propias líneas de investigación.

Lejos han quedado esos años en los que la crisis climática era un reto político común, que unía a republicanos y demócratas. Hoy, cuarenta años después, más de 11,000 científicos de todo el mundo advierten en la revista “BioScience” sobre un “sufrimiento humano sin igual” si no actuamos frente a la crisis climática. Pero, según diversos estudios, la mayoría de  votantes republicanos desconocen que la crisis climática se fundamenta en evidencias científicas y prefieren apoyar a políticos que se oponen a las políticas climáticas. En concreto, según el informe publicado recientemente por The Brookings Institution “How the geography of climate damage could make the politics less polarizing”, si se profundiza en la geografía del daño climático, se demuestra que los republicanos votan por las personas que se oponen a la política climática, incluso cuando están más expuestas a sus impactos.

Según este estudio, muchos de los Estados que tienen más que perder como consecuencia de los impactos del cambio climático votaron mayoritariamente por Donald Trump en 2016. En concreto, 9 de los 10 estados que enfrentan las mayores pérdidas económicas votaron por el presidente Trump. Del mismo modo, 15 de los 16 estados que mayor daño sufren también eran republicanos.  Entre los motivos pueden estar: la ideología conservadora, la desconfianza en el lejano Washington y temor a la pérdida de empleos a corto plazo. Sin embargo, algunas encuestas de opinión pública sugieren que las actitudes republicanas sobre el cambio climático ya se están suavizando, y con eso, el impulso hacía políticas y legislación climática de ámbito federal.

La administración de Trump con la notificación a Naciones Unidad del 4 de noviembre de 2019, mediante la que Estados Unidos inicia el procedimiento oficial para abandonar el Acuerdo de París, cumple una de sus promesas estrellas durante la campaña electoral de 2016. Dicho trámite no culminará formalmente hasta un año después de la entrega de la notificación, es decir, el día siguiente de la celebración de las elecciones presidenciales de 2020.

Con esta acción, seguramente piense en los apoyos recibidos durante  la campaña electoral de 2016. Pero, obvia los cambios que se han producido en la evolución de la percepción ciudadana respecto a la crisis climática y el interés general. Por otra parte, da continuidad a su política de aislamiento de Estados Unidos, nada positiva en términos globales.

El Acuerdo de París alcanzado en la COP21 de 2015, con sus defectos, es un éxito de la gobernanza global y el multilateralismo. Un compromiso legalmente vinculante, con objetivos no vinculantes ni un régimen de sanciones por incumplimiento. En el que se establece un plan de acción para limitar el calentamiento global muy por debajo de 2ºC respecto a la era preindustrial y proseguir los esfuerzos por limitar este aumento en 1,5ºC. Y que, según los expertos del IPCC, es necesario disminuir las emisiones entre un 40% y un 70% de las emisiones globales, entre 2010 y 20150, para permanecer por debajo de los 2ºC.

Conviene recordar que mientras que América Latina y el Caribe representan menos del 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, EEUU y China aportan más del 40 % de las emisiones globales de GEI. Asimismo, la tendencia global de emisiones de GEI ha aumentado desde principios del siglo XXI en comparación con las tres décadas anteriores, principalmente debido al aumento de las emisiones de CO2 de China y las otras economías emergentes. Las emisiones globales de CO2 de la combustión y los procesos de combustibles fósiles aumentaron aún más en un 1,9% en 2018 en comparación con el año anterior. En 2018, China, los Estados Unidos, la India, la UE28, Rusia y Japón, fueron los mayores emisores de CO2 del mundo, representando el 67.5% del total de CO2 fósil global. (EDGAR, 2019)

Estados Unidos, como uno de los mayores emisores de gases GEI, en el Acuerdo de París se comprometió a una reducción de sus emisiones de GEI de entre un 26-28% para 2025, con respecto 2005. Cuestión que fue debatida intensamente en el congreso de EEUU, ya que muchos representantes políticos no estaban dispuesto a aceptar un tratado legalmente vinculante. Anteriormente, el presidente Bush rehusó firmar el Protocolo de Kioto, dejando a Estados Unidos fuera, por un asunto similar.

Tras la declaración de ratificación conjunta de EEUU y China el 3 de septiembre de 2016, los mayores emisores mundiales de GEI, el presidente Obama declaró: “Como las dos mayores economías y los dos mayores emisores del planeta, nuestra entrada en este acuerdo continúa el impulso de París y debe dar la confianza al resto del mundo de que nos dirigimos hacia un futuro con bajos niveles de carbono”. Considerándose un gran acuerdo bilateral, dentro de un acuerdo multilateral, que facilitaba la acción global.

El Acuerdo de París no es perfecto, pero marcó un punto de inflexión. Se alcanzó por primera vez en la historia una estrategia global vinculante frente al cambio climático. Negociado durante la COP21 por los 195 países miembros, sólo se quedaron fuera 2 países -Siria por encontrarse en guerra y Nicaragua por considerar que los objetivos eran poco estrictos para las naciones más contaminantes-.

Con la notificación enviada a Naciones Unidas el 4 de noviembre de 2019, Estados Unidos de América se convierte en el único país en iniciar el procedimiento formalmente para abandonar el acuerdo multilateral. Cuando la crisis climática como problema común y global requiere, más que nunca, de la cooperación internacional, la multilateralidad y, quizá, de instituciones con capacidad de acción global. No hay reto político más importante en la actualidad que la lucha contra la crisis climática y los graves impactos que sufre la humanidad, más allá de las circunscripciones electorales y del ciclo electoral.