Por Arlene Ramírez Uresti

Entender la salida de Bolivia de Evo Morales requiere de una lente crítica, no de la realidad actual, sino de la comprensión de los procesos latinoamericanos, su vinculación con potencias extranjeras y el nacimiento de regímenes convulsos durante el siglo XX.

La crisis en Bolivia se ha sumado a la serie de cambios y continuidades que se despliegan a lo largo y ancho de la región.

En un cambio sin precedentes en la historia del país y de la región, el 18 de diciembre de 2005 el pueblo boliviano eligió con el 54% de los votos como presidente a Evo Morales, un indígena aymara, líder del Movimiento al Socialismo (MAS), un partido político caracterizado por su programa de reformas sociales y políticas orientadas a promover la igualdad y dignificación de la población indígena y campesina a través de un programa de inspiración desarrollista, invocando principios de justicia social, no discriminación, comercio internacional justo, nacionalismo económico e integración subregional, por mencionar algunos.

Las antiguas tensiones territoriales y étnicas se arraigaron en Bolivia a través de una visión centralista, andina y minera del país, con la mayoritaria población indígena del Altiplano excluida del poder e ignorada culturalmente. Por otra parte, en los llanos, se afianzó el principal polo económico del país, sobre la base de una economía agro-ganadera y de explotación de los ricos yacimientos de hidrocarburos, sobre una base poblacional mayoritaria blanca-mestiza que, a la vez que se encuentra relegada del poder político central. En esta región la población indígena varía de un 65,6% en Chuquisaca, el único de los departamentos de la Media Luna donde la población indígena es mayoritaria, el 16, 2% en Pando, el de más baja presencia indígena del país, pero en todos ellos se encuentra excluida del poder político y afectada por fuertes situaciones de discriminación.

Una vez en el gobierno, el expresidente Evo Morales adoptó de inmediato medidas para permitir que el Estado tomara control de la riqueza gasífera, ordenando la nacionalización de los hidrocarburos, sancionó medidas de distribución de las tierras, con el fin de permitir el acceso a la tierra de las comunidades indígenas y campesinas, y mejorar su situación, y completó sus medidas básicas de gobierno con el llamado a una reforma de la constitución de Bolivia para generar un nuevo pacto social.

Sin embargo, la aparente calma que había traído la elección de Morales a Bolivia duró tan solo tres años. En 2008, Bolivia se convulsionó con una crisis ocasionada por enfrentamientos internos y actos de desobediencia civil y política, entre dos sectores de la población de boliviana, identificados por sus características culturales, que puso en riesgo la estabilidad del gobierno constitucional, la integridad territorial del país, y ocasionando un efecto de inestabilidad en la región.

Con el paso de los años, trece para ser exactos, la continuidad en el poder de Morales, no sólo fue anticonstitucional, sino que generó un debilitamiento de las instituciones y el Estado de Derecho.

La lección que deja la reciente crisis de gobernabilidad en Bolivia, es fuerte y de amplio espectro. Evoca la constante disyuntiva de los regímenes latinoamericanos que si bien han caminado senderas de desarrollo y estabilidad intermitentes, también han caminado sendas de tribulación e incertidumbre causadas por la falta de modelos de gestión pública propios. Es decir, mientras los países de América Latina no desarrollen modelos económicos, políticos, sociales propios, adecuados a nuestra realidad, las periodos de crisis seguirán existiendo y con ciclos cada vez más cortos.