Existe una generación determinante para posibilitar el futuro de toda nación, esa es la Generación Inminente. Le llamo así a aquel grupo de ciudadanos que transitan desde los 25 a los 45 años. Gozan de independencia económica, se insertan en la economía formal, pertenecen a diversos círculos intelectuales, académicos y políticos. Y, además, influyen dentro de la pirámide: proveyendo conexiones permeables, referencias en múltiples disciplinas, oportunidades en muchos campos y sosteniendo los círculos pequeños de la cúspide del poder. También, dibujando propuestas, reuniendo respaldos y liderando los círculos que operan las decisiones. Son sherpas enfrentando los vientos que trae el futuro.

La Generación Inminente es la que tiene en sus manos el potencial de cambio para que todo suceda, o para que las ebulliciones no surtan efecto. Son gerentes de las revoluciones y los árbitros de los debates modernos. Esta generación, que transita veinte años desde su ingreso hasta su salida, es especialmente compleja. Tiene un gran valor en el mercado, gestiona un riesgo alto, pero se les conoce como transformadores por su capacidad de influencia. La realidad latinoamericana no escapa a esta camada. Todo país, por más complejas que sean las ramificaciones que lo componen, por mínimas que parezcan las capas de poder o los hilos que conectan a los grupos, evoluciona hasta estructurar una red de personas que sostiene el todo.

A la actual Generación Inminente le correspondió transitar dramáticamente por diferentes fuerzas confluyentes: desde el momento análogo hasta la época digital; desde los tiempos de la lentitud, a la realidad de la inmediatez; desde el autoritarismo, a la nueva democracia; desde la ingenuidad de la localidad, a la exposición de la globalización. Sucedió tanto en tan poco tiempo, para un mismo grupo de personas, de tal manera que adaptarse a los vertiginosos cambios generó brechas y recomposiciones violentas. En la Latinoamérica de los últimos veinte años se transformó la forma de comunicarnos y por supuesto, como no podía ser de otra manera, la política también cambió.

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La Generación Inminente de hoy es fruto de los 70s y 80s, esas décadas perdidas cuyo reflejo más próximo es la necesidad de nuevos acuerdos para transformar la coexistencia regional y la convivencia social. Nuestros países cultivaron un acervo político marcado por la polarización. No todo está hecho pues habrá que analizar si los jóvenes, principal grupo usuario de las nuevas tecnologías, se han involucrado más en la política. Podemos aventurarnos en asegurar que sí han sido expuestos, y sí se han formado una opinión producto de ese acercamiento. Como ya he dicho antes, la política cambió: la cambió la tecnología por su velocidad, por su capacidad de exhibición y su gen de confluencia.

Pero habrá que aceptar una verdad incómoda. La tecnología por sí sola no puede fortalecer la democracia, ni tampoco puede asegurar que subsista tal y como la conocemos; hay un serio debate sobre su futuro. La forma de obtener el poder y la táctica para administrarlo están en constante transformación. La conquista de las elecciones es como un aparato electrónico cuya producción debe ser rápida, pues es obsoleto en el corto plazo. La era digital ha posibilitado el cuestionamiento, la exposición y el debate del poder, pero no ha profundizado la calidad democrática. La transparencia a secas, el fortalecimiento de las instituciones, la escucha activa del ciudadano y la representatividad política son incógnitas graves para una realidad aumentada que avanza sin frenos.

Es época de parálisis para las viejas generaciones de políticos porque  las formas para realizar el relevo han sucedido de forma atropellada. No comprenden la nueva política ni la efervescencia de la era digital. Por supuesto que no se trata de poner un ejército de jóvenes al servicio de los antiguos políticos para gestionar su comunicación, no. La gestión del poder se atomiza y toma diversas traducciones, tantas como las pantallas que observan y responden en tiempo real. He aquí una clave: la conexión entre la agenda pública y la agenda del ciudadano de a pie estaba rota antes de la explosión de las redes sociales. Ahora hay un puente donde se cotejan las intenciones, las posturas y las ideas.

Otra clave que nos devela los tiempos que transitamos se relaciona con las brechas. Nuestra región no se puede insertar en el lenguaje global, ese de las nuevas formas que toma la revolución industrial de la era digital, si el idioma en el que se producen es equidistante del que hablamos. Si a cada paso la democracia produce desigualdad en sus múltiples aristas electrónicas, la guerra moderna no es económica, ideológica, ni entre occidente y oriente, es espacial. A esa altura se encuentra la bandera a conquistar por el ciudadano y por cada gobierno. ¿Permite nuestro debate esa aspiración, o estamos lejos de visualizarla?, ¿nuestros jóvenes se preparan para ello, usan su liderazgo en crecimiento para dar un paso en esa dirección?, ¿nuestra Generación Inminente está conectando los puntos y entendiendo el reto? Porque es un grupo con poder real, pero no infalible.

Hace 20 años, en diversos extremos de la geografía, existían dos latinoamericanos de la misma edad, con la misma intensidad personal y la misma legitimidad para defender, uno a la izquierda y otro a la derecha, porque al final las etiquetas las reproducen los miedos o los entornos. En la época nueva, la de la actualidad, donde los debates modernos se ventilan en los canales digitales y donde la democracia se torna líquida, existen millones de jóvenes conectados que se mueven como masas diseccionadas por diversas tendencias y diálogos, en múltiples dimensiones y escalas en busca de micro referencias para crear tendencias y generar nuevos actores, nuevas fuerzas. Ese es el poder de la juventud y la incógnita sobre la democracia del futuro. ¿Podrá esta dinámica crear una nueva política?

*Consultor en Asuntos Públicos y Comunicación Política.

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