Por María Gálvez

Arranca la COP25 CHILE, organizada en Madrid en un tiempo récord, con tareas pendientes de Katowice, un clima internacional bastante caldeado y las emisiones de gases de efecto invernadero aumentando.

Tras veinticinco Conferencias de las Partes, el órgano de decisión supremo de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático en la que los 196 países miembros más la Unión Europea -197 Partes- se reúnen anualmente para abordar la acción mundial frente al cambio climático, no han sido capaces de alcanzar grandes avances.

Sólo merecen una atención especial las negociaciones multilaterales sobre el clima nacidas en 1992 en el marco de la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, la COP3 Kioto -en la que se adoptó oficialmente el Protocolo de Kioto, que vincula jurídicamente a los países desarrollados con los objetivos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero- y la COP21 París, en la que se alcanzó el Acuerdo de París.

El Acuerdo de París alcanzado en 2015 es un éxito del multilateralismo. Se logró adoptar entre todas las partes un marco normativo legalmente vinculante, pero con objetivos no vinculantes ni un régimen de sanciones por incumplimiento. En el que se establece un plan de acción para limitar el calentamiento global muy por debajo de 2ºC respecto a la era preindustrial y proseguir los esfuerzos por limitar este aumento en 1,5ºC. Sin embargo, este acuerdo no tiene sentido en sí mismo si no se acompaña de una acción ambiciosa.

Trabajar en incrementar la ambición y acción es lo que se persigue fundamentalmente en la COP25 Madrid. Durante dos semanas, de “Cyber Monday” a viernes trece, Madrid será el epicentro del debate climático, tras la renuncia de Brasil -al ser elegido presidente Jair Bolsonaro- y la retirada de Chile motivada por el estallido social que vive el país andino. Se inicia, además, con los Estados Unidos de América en la puerta de salida del Acuerdo de París, Arabia Saudita en la Presidencia del G20 y con grandes manifestaciones sociales en América Latina.

La principal esperanza de esta Conferencia de las Partes está en la posición que adopte China, como principal emisor de Gases de Efecto Invernadero -representa aproximadamente el 28% de las emisiones de gases de efecto invernadero globales-.

 “El objetivo es hacer de China un bello país con cielos azules, vegetación verde y ríos limpios”, con esta bucólica frase el presidente de la República Popular China, Xi Jinping, anunciaba en septiembre de 2016 -en vísperas de la Cumbre del G20 junto al presidente de Estados Unidos de América, Barack Obama- la ratificación del Acuerdo de París alcanzado en la COP21. Su compromiso no fue realmente tan bonito y ambicioso como la frase  pronunciada. Pero ahora China, en la COP25, vuelve a tener una nueva oportunidad para demostrar su compromiso en la lucha contra el cambio climático y su liderazgo en la diplomacia internacional. La Unión Europea parece estar dispuesta a capitanear la Emergencia Climática pero será fundamental el apoyo que reciba de países grandes emisores de GEI, como China y Japón.

Todos los países, pero especialmente los países desarrollados y mayores emisores de GEI, deben hacer un examen de conciencia en esta cita para determinar cómo cumplirán con sus compromisos inadecuados en virtud del Acuerdo de París y cómo pretenden elevar su ambición climática en 2020 -la COP26, que se celebrará en Glasgow, será fundamental-. Es importante mencionar que los países del G20 aportan el 75% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, sin embargo, son los países menos desarrollados los que sufrirán mayores consecuencias relacionadas con la crisis climática.

Esperemos que en Madrid no ocurra como en Katowice, el corazón productor de carbón en Polonia, en donde los asistentes a la COP24 se despidieron con un “Siempre nos quedará París”, tras los escasos avances en las negociaciones climáticas. De hecho, no se logró avanzar en temas fundamentales como aumentar la ambición de las contribuciones nacionales, implementar los derechos humanos en el Libro de las Reglas de París y garantizar apoyo justo a los países en desarrollo para ayudarlos a combatir los impactos del calentamiento global. El principal escollo, sin embargo, estuvo en el Artículo 6 del Acuerdo de París, sobre reglas para enfoques cooperativos voluntarios entre países en la implementación de sus contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC, por sus siglas en inglés). El tema económico también es clave, y por el momento, sus avances han sido demasiado discretos.

Katowice dejó muchas tareas pendientes pero también una nueva oportunidad de demostrar la madurez del multilateralismo o, por el contrario, la necesidad de establecer un organismo con capacidad de acción global vinculante ante los escasos progresos obtenidos.

Decía Gaston Bachelard que el conocimiento de lo real es una luz que siempre proyecta alguna sombra, y parece que no se equivocaba. A pesar de las advertencias de los informes y datos científicos, las emisiones de gases de efecto invernadero siguen aumentando a nivel mundial. Cuestión que alarma, angustia y crea incertidumbres e incluso rechazo en una parte de la población, ante la falta de respuestas y acciones concretas. Pero, por otra parte, la resolución del problema no es fácil ni rápida. Requiere cambios profundos que crean, a su vez, nuevas incertidumbres y angustias.

La crisis climática es, quizás, el problema más complejo que enfrenta la humanidad y su resolución no será nada fácil, requiere de la acción global, compromiso y mucha ciencia y conciencia que nos permita mejorar y progresar. Pero, también, puede ser una oportunidad para avanzar en un cambio de paradigma incluyente en la acción colectiva y política global. La Emergencia Climática no entiende de fronteras, sin solidaridad y un multilateralismo eficaz difícilmente podremos resolver este gran problema global con eficacia.

María Gálvez del Castillo Luna es oceanógrafa y ambientóloga. PhD. Candidata en Gobernanza del Cambio Climático.

Twitter: @MariaGCL