Por Claudia García Mancilla

Los cambios son parte de nuestra vida, aunque muchas veces nos resistimos a ellos. Sin embargo, ¿qué sería de nuestras vidas si no hubiera cambios? Y peor aún si no sabemos cómo adaptarnos a ellos. Desde hace un tiempo que en las economías desarrolladas se vive una cuarta revolución como se le ha llamado. Pero esta revolución no se refiere únicamente a la sustitución de trabajos manuales por la ayuda de robots.

La cuarta revolución no es únicamente la adopción de la tecnología en los procesos diarios. La revolución conlleva transformaciones tecnológicas, pero también sociales, políticas y, sobre todo, económicas. En sí una revolución industrial, como nos lo ha enseñado la historia, implica un salto importante en la producción.

Se espera que esta revolución presente impactos en cómo somos y cómo nos relacionamos. De hecho, Japón ya lo hace.  El país ha destacado por la fabricación de vehículos por medio de robots, aparatos tecnológicos y todo lo que implica la automatización de la producción.  Asimismo, Alemania ha sido el primer país que incluye en su agenda de gobierno una estrategia de alta tecnología.

Estamos cerca, porque ya se viven sus impactos en muchos países de este planeta; pero lejos, porque no es una realidad para la mayoría de los países, en especial, los de América Latina y Centroamérica.

En el caso de Latinoamérica, aunque se ve lejano siempre hay quien es el pionero. De acuerdo con el Foro Económico Mundial, Colombia será la sede del centro aliado para la cuarta revolución industrial. Se dice que este centro, ubicado en Medellín, trabajarán con proyectos relacionados con la cuarta revolución. Desde la adecuada adopción y difusión de los conceptos básicos para la región latinoamericana. Un principio básico es anteponer el bienestar y un desarrollo que permita mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

Es importante resaltar que se ve una ventana de oportunidad en la cuarta revolución industrial para Latinoamérica. Aunque exista un cambio en la estructura social y, sobre todo, en la forma tradicional de concebir el empleo, se espera que se logre cubrir ese déficit de infraestructura productiva de Latinoamérica.

Este 2020 será el año de la inversión para Costa Rica. En este sentido, la inversión que está llegando a este vecino centroamericano es de gran importancia, pues se relaciona con el uso de tecnología. Costa Rica presenta una posición envidiable frente al resto de sus compañeros de Centroamérica. Su apuesta ha sido a través de la formación y cuidado del talento humano, la conectividad, innovación y sostenibilidad. Asimismo, ha ofrecido certeza en su marco jurídico, lo que le ha resultado en atracción de inversión traducida en inversión que reditúa en el desarrollo sostenible del país.

Dentro de los principales aspectos que se trabajan en Costa Rica se mencionan los temas de ciberseguridad, internet de las cosas y su aplicación, el análisis de big data para acercarse al cliente, el uso de inteligencia artificial como herramienta que permite extender el ciclo de vida de sus clientes, el uso de blockchain y herramientas de simulación digital. Además, se habla ya de la conectividad 5G y la interconectividad del ecosistema.

Adaptarnos a la cuarta revolución conllevará cambios en el ámbito laboral. Sin embargo, es importante que hagamos de esta transición una experiencia de desarrollo social y económico. El fin último debe ser velar por el desarrollo del ser humano de la mejor forma posible. Estos cambios debieran de estar orientados en asegurar una mejora en las condiciones de vida de todos en el planeta. Quizá algún día esta revolución incluya que ningún ser humano se vaya a dormir sin haber comido nada durante el día.