Por Francisco Coll Morales

En la última semana, la guerra comercial entre China y Estados Unidos ha dado un vuelco bastante vertiginoso. Y no en el sentido incorrecto, precisamente, pues, ante los sucesos ocasionados, los dos principales bloques económicos del mundo han logrado hallar la paz comercial. Una gran noticia para el comercio y la economía mundial, que ya reajustaba sus previsiones a la baja para el próximo año, tal y como podemos ver en las estimaciones de crecimiento del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Los grandes focos de incertidumbre a los que se ha visto sometida la economía mundial, en un escenario en el que el ciclo expansivo llegaba a su madurez, han deteriorado la economía por encima de lo esperado. Mientras que las previsiones, a principio de año, arrojaban crecimientos muy dinámicos, el transcurso del año ha obligado a los principales organismos a revisar, generalmente a la baja, todas las estimaciones de crecimiento, rebajando unas expectativas que se han ido deteriorando con el paso de los meses.

Mientras que en el año 2018 estábamos creciendo a ritmos del 3,6%, de acuerdo con la tasa de crecimiento real que publicaba el FMI, en el 2019 se esperaba que este crecimiento pudiese llegar a moderarse hasta niveles del 3,3%. Unos niveles que representan esa pérdida de dinamismo y una moderación en los crecimientos, pero que, respecto al año anterior, se observaba una contención de las caídas. Sin embargo, desde el mes de abril, estas previsiones han ido perdiendo fuerza, corrigiéndose de manera reiterada hasta situarse en el nivel del 3%; el peor nivel de crecimiento para la economía mundial desde el año 2008.

Como podemos observar, el deterioro que ha experimentado la economía a lo largo del año, producto de una desaceleración sincronizada, como ya calificaban desde el organismo multilateral, ha estado muy justificado con una gran madurez del ciclo expansivo que vivía la economía global, pero que, sumado a un existente deterioro del balance de riesgos a nivel global, así como los focos de incertidumbre, han propiciado una caída más drástica de lo esperado. Podríamos decir que las tensiones que incidían de forma directa en la economía han acelerado las caídas, rebajando los crecimientos por debajo de las previsiones; situando a estas en el optimismo.

La imposibilidad de disipar las tensiones comerciales entre las dos principales economías del mundo, en un escenario en el que China y Estados Unidos proyectaban una gran incertidumbre ante la posibilidad de una mayor moderación, también, en sus crecimientos, mantenían a la economía mundial en vilo; a la espera de una actuación política que relajase las disputas y los focos de incertidumbre. Ante la creciente incertidumbre, estamos hablando de que los datos en materia de inversión, actividad manufacturera, así como una serie de indicadores que tratan de medir la actividad económica, se mostraban muy a la baja, situando a determinados en niveles de la crisis financiera mundial.

Sin embargo, como indicábamos al inicio, en los últimos días hemos sido testigos del comienzo en la relajación de algunas incertidumbres, por no decir de la incertidumbre con mayor incidencia en la economía. Hace unos días, Estados Unidos anunciaba la salida de China de su listado de países “manipuladores de divisa”. Para Trump, la estrategia china de devaluar su moneda para ganar una notable ventaja competitiva en los mercados significaba uno de los principales escollos para la firma de la primera fase del acuerdo comercial.

Históricamente, el gigante asiático ha sido muy cuestionado por realizar estas prácticas, calificadas, e investigadas, por el FMI como desleales en materia de comercio. Unas prácticas en las que se buscaba la devaluación monetaria para abaratar las exportaciones, ganando así un mayor poder de mercado. Sin embargo, en las últimas semanas, pese a que el Yuan, en agosto, mostraba su nivel más bajo desde 2008, hemos visto un fuerte repunte en la divisa asiática. Un repunte que relajó a Trump, el cual mandó un guiño, excluyendo a China de la lista y dando un nuevo paso en la reconciliación.

Y como era de esperar, posteriormente, el acuerdo de la primera fase entre Estados Unidos y China se daba lugar. Un acuerdo mediante el que Washington y Pekín han tratado de lidiar su disputa, aclarando diversos términos que, con el fin de avanzar en las posteriores fases del acuerdo, debían concretarse. Un acuerdo en el que se incluyen una serie de puntos, careciente de otros puntos relevantes para el cierre del acuerdo final, pero que representa un gran paso para lo que sería el mayor acuerdo comercial del mundo.

Sin lugar a dudas, pese a dejar al margen quien ha sido, o será, el ganador de esta guerra comercial, o, por así decirlo, el más beneficiado, estamos ante un suceso muy beneficioso para la economía. Hemos visto como la fuerte caída que vivía el sector exterior ha acabado dañando, incluso, a la economía china, así como a la de Estados Unidos. En un escenario en el que la anomalía se había apoderado de los mercados, la actividad económica perdía su dinamismo con el paso de los días, provocando esa fuerte caída en las exportaciones y, por ende, en la producción.

Ante el nuevo acuerdo, de retomar los flujos de exportaciones que mantenían ambas economías, podríamos ver un nuevo repunte en la actividad económica, así como en la producción y la actividad manufacturera. Una actividad que, evidentemente, tendrá un claro impacto en la economía global, propiciando un nuevo escenario en el que, de disiparse finalmente todas las tensiones, podríamos ver nuevos reajustes al alza en las previsiones de crecimiento. De acuerdo con el FMI, unas previsiones que para este año se muestran más optimistas, pero que, ante un fuerte avance del comercio, con una representación cercana al 60% del PIB mundial, podrían superar todas las previsiones.