Por Jeff Kauflin y Susan Adams

La suerte de Amylene Dingle dio un giro notable tras responder a un anuncio de Facebook para Tala, una startup con sede en Santa Mónica, que hace pequeños préstamos a través de una aplicación para teléfonos inteligentes. Después de otorgarle a Tala acceso a su teléfono, la aplicación analizó de manera inteligente los datos móviles para evaluar el riesgo del prestatario, y, así, obtuvo un préstamo de 20 dólares por 30 días. Pagó 15% de interés y usó el dinero para comprar carnes frías, hamburguesas y hot dogs. Ella les aumentaba 40% por venderlos de puerta en puerta, obteniendo cuatro dólares en ganancias, después de pagar los intereses y una pequeña tarifa por procedimientos.

Hoy, Tala le presta a Dingle, de 42 años, 250 dólares por mes para su próspero negocio de alimentos. Sus 70 dólares en ganancias semanales casi han duplicado los ingresos de su familia y han financiado su mudanza a una casa de dos habitaciones en el tranquilo y limpio distrito de Batasan Hills, Filipinas. Tala también está prosperando. Fundada en 2011 por Shivani Siroya, una exanalista de Wall Street, de 37 años, que había trabajado en las Naciones Unidas, ha recaudado más de 200 millones de dólares (mdd) de los principales inversionistas estadounidenses, incluido el fondo multimillonario de Steve Case, Revolution Growth. Con ingresos estimados de más de 100 mdd en 2019, Tala está hoy valuada en cerca de 800 mdd.

Empresas como Tala están a la vanguardia de la carrera para ofrecer servicios financieros rudimentarios a los 1,700 millones de personas que carecen de una cuenta bancaria en el mundo.

Proporcionarles los conceptos básicos de crédito, ahorro y seguros es uno de los grandes desafíos y oportunidades del siglo. Con acceso al sistema financiero, las personas pueden comprar un automóvil o una casa; y no tienen que recurrir a feroces prestamistas, si enfrentan una emergencia médica. Son más felices y viven más tiempo. Son más productivos y sus actividades ayudarán a sacar a sus naciones de la pobreza. Servir a los no bancarizados generará algunas de las mayores fortunas del mañana. Es tanto, que ahora el imperativo moral del capitalismo es la ruta hacia uno de los mercados más importantes sin explotar.

Mientras que los no bancarizados pagan todo en efectivo, una franja aún mayor de personas, los más de 4,000 millones “bancarizados”, pueden tener cuentas, pero luchan para llegar a fin de mes, acumulando altas tarifas cuando los cheques rebotan, y recurriendo a alternativas de alto interés, como préstamos  a la quincena. La banca tradicional por sí sola podría aumentar sus ingresos anuales en al menos 380,000 mdd, si convirtieran en clientes a todas las personas no bancarizadas, según un informe de Accenture de 2015.

Los efectos multiplicadores son asombrosos. El PIB de los países de mercados emergentes aumentaría 3.7 millones de millones para 2025, o 6%, si adoptaran una sola innovación: cambiar de efectivo a dinero digital almacenado en teléfonos celulares, estimó McKinsey en 2016.

Diego Zuluaga, analista del Cato Institute’s Center para Alternativas Monetarias y Financieras, ha estudiado los probables efectos de la inclusión financiera total: “Si tuviéramos a los bancarizados y no bancarizados en un mundo en desarrollo, al mismo tipo de acceso al crédito y las inversiones que tenemos en los países ricos, podrías crear fácilmente 100,000 mdd adicionales en activos financieros, durante los próximos 50 años”, calcula.

La fundadora de Tala, Siroya, fue criada por sus padres, inmigrantes indios (ambos profesionistas), en el barrio gentrificado de Park Slope, Brooklyn, y asistió a la Escuela Internacional de las Naciones Unidas (ONU), en Manhattan. Obtuvo títulos de Wesleyan y Columbia, y trabajó como analista de banca de inversión en Credit Suisse y UBS. A partir de 2006, su trabajo consistía en evaluar el impacto del microcrédito en el África Subsahariana y Occidental para la ONU. Ella dio seguimiento a las mujeres mientras solicitaban préstamos bancarios de unos pocos cientos de dólares, y se sorprendió por la cantidad de personas que fueron rechazadas. “Los banqueros, en realidad, me decían cosas como: ‘Nunca serviremos a este segmento’”, comenta.

Donde los bancos vieron el riesgo, ella vio la oportunidad. Para la ONU, entrevistó a 3,500 personas sobre cómo ganaban, gastaban, prestaban y ahorraban. Esos conocimientos la llevaron a lanzar Tala: un solicitante de préstamos en el que los clientes pueden demostrar su solvencia a través de las rutinas diarias y semanales registradas en su teléfono. Se considera que un solicitante es más confiable si hace cosas como llamar regularmente a su madre y pagar sus facturas de servicios a tiempo: “Usamos su rastro digital”, dice Siroya. Tala crece rápidamente. Ya tiene 4 millones de clientes en cinco países, que han tomado prestados más de 1,000 mdd. La compañía es rentable en Kenia y Filipinas, y se expande en Tanzania, México e India.

Los padres de Rafael Villalobos Jr. viven en una casa sencilla, con techo de metal, en la ciudad de Tepalcatepec, Michoacán, en la región suroeste de México, donde la mitad de la población subsiste por debajo del umbral de pobreza. Su padre, de 71 años, trabaja como jornalero y su madre está jubilada. No tienen crédito ni seguro. Los 500 dólares que su hijo les envía cada mes, ahorrados de su salario (que recibe por ser administrador de un colegio comunitario en Moses Lake, en el estado de Washington), “literalmente, les lleva la comida a la boca”, afirma.

Para transferir dinero a México, solía hacer fila en un quiosco de MoneyGram dentro de una tienda de conveniencia y pagaba una tarifa de 10 dólares, más un recargo por tipo de cambio. En 2015, descubrió a Remitly, una startup de Seattle que le permite realizar transferencias de bajo costo, desde su teléfono, en cuestión de segundos.

Cada año, los migrantes del mundo en desarrollo envían a casa un total de 530,000 mdd en remesas. Esos fondos representan una parte significativa de la economía en lugares como Haití, donde las remesas equivalen a más de una cuarta parte del PIB. Si todas las personas que envían remesas a través de operadores tradicionales, que cobran un promedio de 7% por transacción, cambiaran a Remitly con su cargo promedio de 1.3%, colectivamente ahorrarían 30,000 mdd al año. Y eso sin tener en cuenta el tiempo de desplazamiento y espera que se estarían ahorrando.

Matt Oppenheimer, cofundador y ceo de Remitly, de 37 años, se inspiró para comenzar su servicio de remesas mientras trabajaba para Barclays Bank, en Kenia, donde dirigió el área de Banca Móvil e Internet durante un año, a partir de 2010. Originario de Boise, Idaho, obtuvo un título en Psicología de Dartmouth y un MBA de Harvard antes de unirse a Barclays, en Londres. Cuando fue transferido a Kenia, observó de primera mano cómo las remesas podían marcar la diferencia entre una casa con instalaciones hidrosanitarias interiores y otra sin ellas: “Vi que 200, 250 o 300 dólares en Kenia son de muchísima ayuda”, dice.

Oppenheimer renunció a Barclays en 2011 y, junto con el cofundador, Shivaas Gulati, de 31 años, un inmigrante indio con maestría en Tecnología de la Información (TI) obtenida en Carnegie Mellon, presentó su idea a través del programa de incubadoras Techstars, en Seattle, donde conocieron a Josh Hug, de 41 años, quien sería su tercer cofundador. Hug había vendido su primera startup a Amazon, y sus contactos los llevaron a Bezos Expeditions, división que administra los activos personales de Jeff Bezos. El fondo se convirtió en uno de los primeros patrocinadores de Remitly. A la fecha, Remitly ha recaudado 312 mdd y su valor asciende a casi 1,000 mdd.

Oppenheimer y su equipo pueden mantener las tarifas bajas, en parte, porque usan el aprendizaje automático y otras tecnologías para impedir que terroristas, estafadores y lavadores de dinero transfieran fondos. Los algoritmos plantean menos preguntas a los clientes que envían pequeñas sumas que a los que envían grandes cantidades.

Remitly transfiere 6,000 mdd al año, sirviendo a remitentes en 16 países, incluidos Estados Unidos, Australia y Reino Unido, y a destinatarios en 45 naciones. En la primera mitad de 2019, agregó 15 países receptores, incluidos Ruanda e Indonesia. La compañía aún no es rentable, pero, el año pasado, los ingresos estimados llegaron a 80 mdd. Oppenheimer ve una gran oportunidad de crecimiento. Menos de 1% de los 250 millones de inmigrantes del mundo son clientes de Remitly.

En 2012, Dorcas Murunga vivía en Gachie, una colonia invadida por el crimen, a las afueras de Nairobi. Ella ganaba 80 dólares al mes cuidando niños y limpiando casas, y su esposo ganaba 120 dólares instalando ascensores. Él cubría la mayoría de los gastos, mientras ella intentaba ahorrar dinero. Cada vez que tenía efectivo, dice, gastaba impulsivamente en ropa, comida chatarra y alcohol. Se las arregló para conseguir el saldo mínimo de cinco dólares requerido para abrir una cuenta de ahorros en el Equity Bank de Kenia, pero tuvo dificultades para pagar la tarifa mensual, de tres dólares. Además, para hacer un depósito, tomaba un autobús una hora de ida y otra de vuelta, y esperaba una hora más en la fila del banco. Cerró la cuenta luego de un año.

Como la mayoría de los kenianos, Murunga ya estaba usando M-Pesa, un servicio creado por Safaricom para enviar dinero por mensaje de texto. En 2012, Safaricom, una subsidiaria del gigante británico de telecomunicaciones Vodafone, presentó M-Shwari, una cuenta de ahorro y servicio de préstamo que integró con M-Pesa. Dos años más tarde, comenzó a ofrecer una cuenta que bloqueaba los fondos de un cliente por un periodo determinado a una tasa de interés fija.

Decidida a mejorar sus finanzas, Murunga se comprometió a ahorrar un dólar por día a través de su cuenta “bloqueada”. Cuando sintiera la urgencia de comprar vodka o un par de zapatos, dice que, en su lugar, haría depósitos a través de su teléfono. Redujo su gasto en dos tercios, a 10 dólares por semana. Para 2016, estaba ahorrando 300 dólares al año.Ella había puesto en marcha un negocio haciendo bolsos, y sus ahorros ayudaron a pagar los cursos de diseño.

También ha invertido en bienes raíces con su esposo y dice que gasta más de 200 dólares al año ayudando a amigos y familiares. La chispa para M-Pesa (pesa significa “dinero”, en swahili), el primer proveedor de dinero móvil en África, vino en 2003, con Nick Hughes, un ejecutivo de Vodafone que manejó un equipo de cinco personas encargado de crear productos inalámbricos con un impacto social. La idea de Hughes: establecer un sistema digital de transferencia de dinero que funcione a través de teléfonos celulares personales.

Desde su lanzamiento en 2007, de M-Pesa ha explotado en tamaño y popularidad. Los taxistas de Kenia se quejan cuando los pasajeros intentan pagar en efectivo. El 96% de los hogares de Kenia realiza ahora transacciones a través de M-Pesa. Antes de este sistema, sólo 27% de los entonces 38 millones de habitantes de ese país tenía cuentas bancarias. Desde entonces, la población de Kenia ha aumentado a 51 millones, y 83% tiene cuentas corrientes o de ahorro. El servicio se ha extendido a ocho países, incluidos Egipto e India. Enviar menos de 50 centavos es gratis y M-Pesa cobra de 1% a 2% para cantidades mayores. A través de sus varias subsidiarias, la aplicación genera aproximadamente 840 mdd en tarifas anuales para Vodafone.

La adopción de M-Pesa ha tenido un tremendo impacto en la escena de las startups en Nairobi. Los proveedores de bienes duraderos han introducido planes de pago por demanda que atraen a millones de nuevos clientes. Por ejemplo, Deevabits, de tres años de antigüedad y con sede en Nairobi, vende sistemas solares domésticos de 80 dólares, en aldeas remotas sin acceso a la electricidad. Todos sus clientes usan la aplicación para hacer un depósito inicial. Pagan el resto a través de la misma, en incrementos diarios de 50 centavos durante ocho meses: “La presencia de M-Pesa ha transformado la forma de hacer negocios en Kenia”, dice el fundador y CEO de Deevabits, David Wanjau, de 32 años. “No podríamos operar sin ella”.

Dixie Moore solía esforzarse para que los cheques de pago duraran hasta fin de mes. Ella es madre soltera, tiene 25 años y dos hijos pequeños; gana 12.25 dólares por hora como asistente de gerencia en uno de los restaurantes de comida rápida Bojangles’, en Canton, Georgia (Estados Unidos). En 2011, estaba pagando 30 dólares al mes por una cuenta corriente de Wells Fargo, pero, cuando un cheque sin fondos y múltiples cargos por sobregiro la dejaron con un saldo negativo de 1,200 dólares, perdió su cuenta. Regularmente pagaba hasta seis dólares para cobrar sus cheques de sueldo: “Estaba atrapada entre la espada y la pared”, dice. Luego, una amiga le contó sobre MoneyCard, un producto de la marca Walmart ofrecido por Green Dot, con sede en Pasadena, California, el mayor proveedor de tarjetas de débito prepagadas en Estados Unidos. Ahora su empleador deposita sus cheques de pago directamente en la tarjeta, y ella la usa para pagar de todo, desde comestibles hasta citas con el dentista: “Realmente, ha sido una bendición”, dice ella.

Green Dot ofrece un salvavidas financiero a personas como Moore. Hasta que ella comenzó a usar la tarjeta, hace dos años, su familia pertenecía al 7% de los hogares estadounidenses, que representan a unos 14 millones de adultos, que se las arreglan completamente con dinero en efectivo. Fundada en 1999 por un ex DJ llamado Steve Streit, la compañía se centró, inicialmente, en adolescentes que querían comprar en línea. Pero, viendo una oportunidad más amplia, en 2001 Green Dot cambió su enfoque a los adultos que usaban la tarjeta porque tenían mal historial crediticio o no podían pagar las tarifas de los bancos comerciales.

Una ventaja de las tarjetas de efectivo: cuando los usuarios gastan todo el dinero en su plástico, es como quedarse sin papel moneda. Evitan los cargos por sobregiro, que pueden alcanzar los 35 dólares por una única infracción. Las tarjetas también permiten a los usuarios comprar en línea. Streit, de 57 años, dice que casi 40% de los cinco millones de clientes de Green Dot no estaban bancarizados anteriormente. En 2007 llegó a un acuerdo con Walmart que fue de gran ayuda para los entonces 130 millones de clientes de la cadena: una tarjeta de efectivo con una tarifa mensual de sólo tres dólares (hoy son cinco). Eso es inferior a los casi ocho dólares, pagados por los usuarios que compraron sus tarjetas en tiendas como la farmacia CVS.

El aumento en las ventas de tarjetas en Walmart ayudó a compensar el déficit del cargo mensual más bajo. En 2010, Streit hizo pública la empresa. Aunque Green Dot generó ingresos de 1,000 mdd el año pasado, sus acciones cayeron 40% en agosto, ya que redujo sus expectativas de ganancias, citando el aumento de competidores bien financiados que ingresan al mercado. Pero las malas noticias para Green Dot son buenas noticias para quienes no están bancarizados en Estados Unidos. Las ofertas de efectivo basadas en teléfonos inteligentes de nuevas empresas respaldadas por firmas como Chime, un banco digital con seis años de trayectoria (con sede en San Francisco), y la aplicación de efectivo de la compañía de pagos digitales Square, están recibiendo millones de clientes.

El profesor de la Harvard Business School, Michael Chu, un exsocio de KKR (una empresa de inversión global) que cofundó el banco Compartamos, con sede en la Ciudad de México, el prestamista de microfinanzas más grande de Latinoamérica, dice que la oportunidad de servir a los no bancarizados en Estados Unidos es “enorme”. Pero, paradójicamente, la nación más rica del mundo plantea algunas de las principales barreras para los innovadores de la inclusión financiera. Un mosaico de leyes estatales destinadas a proteger a los clientes de los prestamistas abusivos, y las leyes federales que protegen contra el lavado de dinero, requiere que las nuevas empresas tengan que navegar por un laberinto de burocracia.


El otro problema es que la tecnología que transfiere fondos entre las instituciones financieras de Estados Unidos resulta antigua, lenta y costosa. Si bien M-Pesa tiene la capacidad de mover en segundos el dinero móvil a través de Kenia y prácticamente sin cargo, una transferencia electrónica de fondos de Miami a Nueva York puede demorar dos días y costar hasta 40 dólares. Pero, en el gran esquema, éstos son obstáculos menores. La Reserva Federal (Fed) ha prometido construir un nuevo y mejorado sistema de transferencias para 2024. Los empresarios presionarán (o innovarán) para sortear las barreras burocráticas.

Después de todo, hay miles de millones de dólares que se pueden ganar, e innumerables vidas por mejorar.