Por James P. Scriven

En América Latina y el Caribe, las peores consecuencias de la crisis sanitaria y económica de COVID-19 están aún por venir. La semana pasada, economistas predijeron que la región experimentaría una profunda recesión. Citaron un crecimiento lento existente, ahora exacerbado por los 44,0001 casos confirmados de COVID-19 de la región, el distanciamiento social, la disminución del gasto del consumidor y las recesiones en los socios comerciales de la región: Estados Unidos y China.

Los mercados están reaccionando. La volatilidad de la moneda indica que muchos pagan más por los bienes importados. Las monedas de Brasil y Uruguay se depreciaron más del 15%. Las caídas de los precios del petróleo, el cobre, la soja y el azúcar perturban aún más las cadenas de suministro, obligando a prestatarios y prestamistas a tomar decisiones difíciles.

Los márgenes soberanos en la región han aumentado. En marzo, el EMBI, un indicador del riesgo país percibido en los mercados, aumentó un 80% en Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. En promedio, los mercados bursátiles regionales cayeron un 25% en línea con la disminución del 20% del S&P.

Si bien estos indicadores pintan una imagen oscura, nuestra región aún puede contar con el beneficio del tiempo. Asia, Europa y los Estados Unidos están semanas adelantados y nos brindan información sobre la toma de decisiones del sector privado resaltando cuán interconectados, flexibles y ágiles podemos ser cuando estamos exigidos al límite de nuestra capacidad.

A corto plazo, apoyar la salud de la gente es la prioridad número uno. Los bancos y los organismos multilaterales están adaptando instrumentos financieros para movilizar testeos del virus, equipos médicos, vacunas y soluciones de tratamiento para los afectados.

Las soluciones financieras incluyen plazos más cortos, paralizaciones de capital para mantener los flujos de efectivo, permutas de tasas de interés o cronogramas revisados ​​y de amortización. Estos pueden ayudar a cambiar la producción de pequeñas empresas a sectores críticos de salud y a mantener los empleos. BID Lab, por ejemplo, creó un mapa interactivo para identificar ideas emergentes para aliviar la crisis sanitaria.

Fuera de la asistencia sanitaria, nuestras prioridades son financiar empleos e ingresos. Las líneas de crédito a corto plazo pueden aumentar la liquidez y el capital de trabajo para las micro, pequeña o mediana empresas (MIPYME), que están bajo fuerte presión. A medida que el sector financiero se prepara para el deterioro de la cartera y una baja en la calificación de los países, debemos actuar rápidamente para reestructurar los préstamos y mitigar la quiebra de las MIPYME. El comercio y la financiación de la cadena de suministro pueden amortiguar el impacto de pequeños importadores, exportadores y fabricantes.

Sin embargo, una gestión de crisis es algo más que reaccionar ante eventos negativos. La gestión de crisis también trata de planificar con anticipación. Cuando el sector privado se abra nuevamente, ¿puede funcionar mejor que antes?

Tomemos como ejemplo la economía digital. La digitalización requiere no solo flexibilidad logística, sino también flexibilidad intelectual. Invertir en infraestructura digital y servicios habilitados para Internet presenta una oportunidad para implementar tecnologías exponenciales en las actividades cotidianas. Pensemos en el envío de alimentos, el teletrabajo, el aprendizaje a distancia, el entretenimiento y, en especial, la telemedicina.

La infraestructura digital también apoya a las empresas de tecnología financiera (fintech) para satisfacer los altos niveles de demanda de préstamos a corto plazo. Las fintech en la región tienen una reputación de inclusión y crecimiento, triplicando su negocio cada año mediante el uso de datos de teléfonos inteligentes para tomar decisiones de crédito. Las fintech podrían proporcionar préstamos de MIPYME a la región, donde el 47% del empleo es informal y solo 1 de cada 2 ciudadanos tiene una cuenta bancaria.

Relacionado con fintech, ¿qué pasaría si la región usara este momento para repensar las finanzas? El CEO de Blackrock, Larry Fink, tituló: “El riesgo climático es un riesgo de inversión”, y este podría ser nuestro momento para redimensionar e incentivar las inversiones que contribuyen a la resiliencia climática.

El COVID-19 está cambiando nuestro panorama social y financiero todos los días. Muchos nunca imaginaron a las aerolíneas en quiebra, una corrida bancaria, los precios del petróleo tan bajos o las compañías de entrega de supermercados incapaces de soportar la demanda. Este entorno empresarial que cambia rápidamente podría ser nuestro momento para repensar la industria.

Desde el turismo hasta los agronegocios y la manufactura, los sectores de la economía real pueden generar ganancias siendo innovadores. La eficiencia energética y de recursos ahorra dinero y salva al planeta, la agricultura climáticamente inteligente protege los rendimientos y la producción de ciclo cerrado conserva el capital financiero y natural. El World Economic Forum nos recuerda que la inversión en energía renovable ahora tendría un doble beneficio; el estímulo económico y la aceleración en energías limpias. Industrias que sean más inclusivas con las poblaciones más excluidas (protegiéndolas y promoviéndolas como prestatarios, clientes y empleados) pueden marcar una diferencia duradera.

Algunos pueden preguntar, ¿una crisis sanitaria es el momento adecuado para plantear objetivos tan ambiciosos? Vemos, por otro lado, que hay empresas volviendo a prácticas insostenibles. La industria del plástico está tratando de eliminar las prohibiciones de las bolsas de plástico, mientras que otras compañías son acusadas de arriesgar la seguridad de los trabajadores.

En una crisis, la toma de decisiones se vuelve más simple y eficaz. Esta crisis puede demorarse más que otras, lo que agrega urgencia al hecho de que las decisiones tomadas hoy impactarán nuestra economía y al mundo por más tiempo. Vemos esto como una maratón y no una carrera de 100 metros.

En BID Invest, vamos a trabajar aún más para proporcionar apoyo financiero inmediato a las empresas que más lo necesitan. Podemos amortiguar el impacto a través del comercio y la financiación de la cadena de suministros, ser flexibles con nuestros clientes existentes y tomar decisiones más inteligentes y sostenibles para el camino por delante.

Este es uno de los escasos momentos en la historia en donde ningún individuo o institución puede mantenerse al margen. Usemos este movimiento colectivo para innovar en el sector privado. Ahora más que nunca, el sector privado necesita soluciones responsables y sostenibles.

James P. Scriven es gerente general de BID Invest.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.