Por Nuria Marín Raventós

Mucho se habla sobre las discriminaciones y estereotipos que sufrimos las mujeres de todo el mundo por las construcciones milenarias de las sociedades patriarcales que heredamos, pero poco se comenta que los hombres también son víctimas de estas construcciones sociales, entre las cuales se encuentran las llamadas ‘masculinidades tóxicas’.

Con motivo del Día Internacional del Hombre, que se celebra el 19 de noviembre de cada año, fecha menos conocida y con menor manejo de datos en comparación con el Día Internacional de la Mujer, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) hizo público un interesante estudio que revela que uno de cada cinco hombres no llega a los 50 años en las Américas por problemas relacionados con las masculinidades tóxicas. Esa es también una de las razones por las que la esperanza de vida de los hombres es 5.8 años menor que en la de las mujeres.

¿Cuáles son esas construcciones sociales que alimentan a las masculinidades tóxicas? En primer lugar, está la expectativa de que el proveedor único o principal de sus familias es el hombre, lo que en tiempo de dificultades económicas como las actuales, que tocan la vida de miles de familias en Latinoamérica, operan como una presión social de cumplimiento, lo cual, en muchos casos, lleva al hombre al suicidio.

Subproductos de esta alta expectativa, pero que no son mencionados por este estudio, pero sí en otros, puede ser la presión social en algunos sectores de la sociedad, en donde es difícil aceptar que la mujer perciba un ingreso superior al del hombre, tendencia que podría ir en aumento dadas las altas tasas de graduación de mujeres en las universidades.

Claro está, no olvidamos que una de las mayores desigualdades entre géneros es que las mujeres reciben menores salarios, derivado de esa construcción social o perjuicio de que el hombre como proveedor debe mantener a su familia.

En segundo lugar, está la expectativa de que el hombre sí debe participar en conductas que involucran riesgos. Ustedes quizás conozcan el estribillo “mujer al volante, peligro constante,” pues nada más alejado de la realidad y muy especialmente en la comparación entre mujeres y hombres jóvenes.

La combinación de velocidad, y peor aún si es con alcohol, significa que existen en las Américas tres veces más posibilidades de morir cuando el hombre está al volante, y si hablamos de hombres jóvenes esta mortalidad es de cuatro a siete veces mayor que cuando se trata de las mujeres jóvenes. ¿Se reconocerá esa menor siniestralidad de las mujeres en las primas de seguros o será una discriminación más?

De acuerdo con la Secretaría de la Integración Social Centroamericana (Sisca), en el estudio de mortalidad de accidentes de tránsito (1990-2017), en el último año reportado por país las relaciones de siniestralidad son más altas en razón a tres, así en Costa Rica es de cinco a uno, El Salvador es de 5.48 a uno y República Dominicana es de 5.84 a uno.

La tercera expectativa se refiere a la sexualidad dominante, lo que podría derivar en violencia y otras acciones penalmente punibles (abusos, acoso, violación), o amenazar directamente su salud o la de otras personas por la transmisión de infecciones sexuales.

Si hablamos de nefastos estribillos incluyamos el de “los hombres no lloran”, que prácticamente impone un candado social a expresar las emociones.

El llamado de la ONU a los hombres para que luchen por la igualdad de las mujeres #HeforShe tiene una odiosa omisión al ver estas estadísticas y la realidad de que los hombres son también víctimas de construcciones sociales tóxicas y son merecedores de un movimiento equivalente.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.