Por Norbert Monfort

¿Prefieres lo líquido o lo sólido? ¿Prefieres una organización tradicional o disruptiva? ¿Eres de ese tipo de personas que les gusta tener controlado todo el escenario?

¿Qué tal si leemos esta columna desde nuestro rol directivo? Zygmunt Bauman se convirtió en una referencia mundial de la sociología en 1999, cuando planteó su idea de la “modernidad líquida”.

Los análisis que subyacen a esta idea, junto con todo el oscuro diagnóstico que le acompaña, acaso exceden el punto que nos proponemos ilustrar en estas páginas. Dejaré a un lado, por ahora, la mayoría de las crisis y consecuencias filosóficas que este pensador británico-polaco ha elucubrado para definir a las sociedades contemporáneas.

A riesgo de caer en un reduccionismo, nos concentraremos en la figura que Bauman ha elegido para referirse a los tiempos de hoy, que bien nos puede servir para comprender la transformación de las relaciones humanas en los últimos años, y que no siempre ha sido acompañada por modelos educativos o de formación adecuados.

La “fluidez”, nos explica Bauman, es la cualidad de los líquidos y los gases. Estos se distinguen de los sólidos, más que nada, en la medida que sufren un continuo cambio de forma cuando se les somete a una tensión. En lenguaje simple, los fluidos implican que los líquidos, a diferencia de los sólidos, no conservan fácilmente su forma.

Se desplazan con facilidad. “Fluyen”, “se derraman”, “se desbordan”, “salpican”, “se vierten”, “se filtran”, “gotean”, “inundan”, “rocían”, “chorrean”, “emanan”, “exudan”; a diferencia de los sólidos, no es posible detenerlos fácilmente (sortean algunos obstáculos, disuelven otros o se filtran a través de ellos, empapándolos).

La metáfora sirve para traer a consideración las estructuras sociales (los sólidos), que se han mantenido estables durante siglos, donde los límites y estándares instaurados por dichas estructuras eran inalterables —e incluso— incuestionables.

La sociedad contemporánea de hoy todavía puede observar herencias de instituciones rígidas que datan de muchos siglos, creadas a partir de moldes que no dejaban lugar a la improvisación. Parece improbable que hoy —siempre dentro de la cultura occidental— continúen existiendo esta clase de atributos “sólidos” que se alejan de la realidad. Hoy estamos ante, precisamente, atributos opuestos: lo efímero, lo mutable, lo impredecible.

El desarrollo de Bauman apunta a demostrar cómo gran parte de los escenarios actuales se han conformado por intentar resquebrajar estructuras y modificar pautas que regulaban la vida social y las posibilidades económicas. De alguna manera, la modernidad “celebró” la capacidad de derretir todas las instituciones que se mantenían congeladas.

La vida líquida es aquella en la que el hombre no acepta más un molde preexistente, sino que crea el propio y que incluso no se limita a aquel que creó, sino que está dispuesto a cambiar de molde la mayor cantidad de veces. La solidez, sinónimo de estancamiento, fue rebasada y el hombre se entregó al fluir indiscriminado de la modernidad, al torrente que lo desafía con su cada vez mayor velocidad. Las posibilidades de acción ahora son infinitas, como infinitas las formas que pueden tomar los líquidos.

¿Cómo nos situamos en este entorno desde nuestros roles directivos? Y más importante: ¿Cómo actuamos?

“Todas las generalizaciones son falsas, incluida esta”, dijo Mark Twain. Las generalizaciones son la plaga de los teóricos, de los elaboradores de diagnósticos. Es el camino fácil, porque nos permite ahorrarnos las excepciones (que pueden ser muchas). ¿Por qué el paradigma ha cambiado?

El autor es ceo de Monfort Ambient Management y profesor del Esade

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