Por Uriel Naum Ávila

Hace poco más de 5 años atrás, un head hunter (cazador de talentos) me compartió que para las empresas multinacionales los ejecutivos latinoamericanos tenían un gran valor, pues las crisis permanentes en la región los hacían ‘vulnerables’ a los nuevos tiempos de cambio, globalización y disrupción.

Esta percepción, según la ‘mirilla’ social con la que se le quiera ver, puede tomarse como un halago, pero, siendo más ácidos, también como mofa. Tengo que admitir que en mi caso pasé con los años del primero al segundo sentimiento. Más allá de cómo lo tomemos, la realidad es que dibuja muy bien a una región que lleva décadas sumida en crisis económicas y sociales y la del COVID-19 no es más que una más en su largo historial, a diferencia de países como Italia o Estados Unidos, donde posiblemente no se habían registrado situaciones de crisis similares después de la Segunda Guerra Mundial.

Echemos un vistazo tan solo a 2019: sin coronavirus América Latina y el Caribe crecieron a una tasa promedio de 0.1%; con la pandemia se prevé que el PIB de la región tenga una caída en 2020 en un rango de -1.8 y -4%. Y si nos vamos país por país encontraremos un deterioro económico y social muy fuerte antes de la pandemia, que venían derivando ya en movimientos sociales como sucedía en Chile o Colombia, por ejemplo.

Tomemos un caso, Costa Rica. Este país centroamericano, ejemplo de un desarrollo basado en un alto nivel de calidad de vida, y que hasta hace un par de años algunos llamaban “la suiza latinoamericana”, sin el COVID-19 ya presentaba signos graves en su salud económica. Un dato: el Estado desembolsa 5 veces más dinero del que recibe.

Puedes leer: Los países empiezan a planificar la vuelta a la normalidad

La pandemia lo que hizo fue desnudar la precaria situación que se tenía en diversas áreas, solo echemos un vistazo a salud pública, banca de desarrollo, empleo informal… De este mayor grado de crisis no nos queda más que aprender que el mundo se mueve cada vez más rápido y que el futuro viene con fuertes ‘olas’ que nos pueden tomar desprevenidos.

Varios ejemplos. Uno de ellos es sin duda home office, una práctica que en Latinoamérica en general se ve como una especie de prestación a los empleados y no como una manera de aumentar la productividad, contaminar menos (ojo con el cambio climático, hablando de futuro) y generar una mejor dinámica social, por ejemplo, en el transporte público.

Las pequeñas y medianas empresas (pymes), otras de las afectados. ¿Qué unidad de negocios de dos o 15 empleados resiste más de una semana sin ingresos en nuestros países? En fortalecer a las pymes parece estar otro de los grandes retos, y la generación de cadenas productivas mejor conectadas y sin intermediarios podría ser una manera de fortalecerlas, sobre todo en regiones como la de Centroamérica, donde pareciera existir un lenguaje de negocios más común entre los países.

Y para finalizar, está el tema de los organismos multilaterales como el Sistema de Integración Centroamericana (SICA), por nombrar a uno. Algunos analistas consideran que actuó a tiempo para atender la pandemia en la región; otros que sus medidas fueron ambiguas. Más allá de esto, está la posibilidad de involucrarse no solo en tareas como hacer más eficientes las aduanas entre países o el intercambio de mercancías, sino en pasar a otro nivel de relación; por ejemplo, de intercambio de conocimientos, tecnología e innovación en diferentes disciplinas. Una de ellas, la de la salud, para hacer frente a esta y otras pandemias, pero sobre todo, al futuro.