Por Guillermo Herrera-Arcos, Guillermo Ulises Ruiz-Esparza y Francisco Valencia

Históricamente, una nación poderosa era aquella que contaba con un ejército numeroso, armamento, buques y aviones F-35. Estas capacidades, en gran parte, han determinado la vigente hegemonía mundial. Tal vez el mejor ejemplo es la segunda guerra mundial, que dio paso a la formación de superpotencias y ayudó a definir el orden geopolítico que hoy conocemos.

Ahora todo ha cambiado, las amenazas pasaron de países a microorganismos, y la estrategia para detenerlas de portaaviones a infraestructura científica. Indudablemente esto generará un reacomodo en la hegemonía, el cual será determinado por las naciones que sean capaces de producir ciencia y tecnología a velocidades nunca antes vistas.

Un paralelo que podría resonar en estos tiempos es la famosa carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética que inició en los años 50, una lucha científica y tecnológica por la conquista del espacio. Hoy la lucha es muy diferente, científicos de todo el mundo luchan por generar nuevas terapias y vacunas contra un virus de escala nanométrica, médicos trabajan sin descanso para mantener a la población con vida, y las naciones están en una carrera para no colapsar sus sistemas de salud y mantener a sus economías flotantes. 

La importancia de la ciencia y la tecnología ha adquirido una nueva dimensión, por primera vez para muchos, el valor de los científicos es más evidente que nunca. Esta nueva carrera es de vida o muerte. Las naciones se juegan todo y la ciencia es su mejor aliada. 

Algunas naciones ya han demostrado autoridad científica. El 27 de de enero, cuando había solo 4 casos confirmados de COVID-19 en Corea del Sur, científicos expresaron la necesidad urgente de desarrollar una prueba para la detección del virus. A finales de febrero, Corea del Sur estaba en las portadas de todos los periódicos por su capacidad de hacer miles de pruebas por día. Ahora, exporta estas pruebas a diferentes países. El éxito de Corea del Sur no fue un golpe de suerte, es un país que ha estado en constante transformación, en 15 años pasó de destinar 2.18% a 4.15% de su PIB a investigación y desarrollo. 

Las condiciones en México han sido subóptimas en términos científicos. Se invierte menos del 0.5% del PIB en investigación y desarrollo, cuando se debería invertir al menos 2.5%. No existe un plan claro para el desarrollo científico y en múltiples ocasiones los científicos mexicanos han demostrado descontento ante la incertidumbre de la situación actual. Las recientes decisiones de la presente administración aumentan la incertidumbre, la extinción de fideicomisos que apoyan áreas científicas representan una grave amenaza para el aparato científico mexicano. Es evidente que las prioridades de esta administración no están alineadas con el futuro, proyectos de inversión en hidrocarburos y refinerías no hacen sentido cuando el mundo dirige sus esfuerzos a energía nuclear, solar y vehículos eléctricos. 

Para hacerle frente a esta amenaza y a las que vendrán en el futuro, debemos pensar en una política científica de amplio alcance e independiente de las administraciones en curso. Ahora más que nunca es fundamental hacer comunidad, y es bien sabido dentro de los círculos científicos y tecnológicos Mexicanos que el país cuenta con grupos élite de emprendedores, científicos e ingenieros (muchos de ellos desterrados por diversas razones) con suficientes credenciales, influencia y visión para liderar la transformación científica, tecnológica y económica del país; hay que acercar a todos. 

La ciencia y la tecnología deben ser prioridad nacional. Desde las instituciones gubernamentales hasta los ciudadanos, debemos confiar y apoyar a la ciencia. ¿Será este el momento histórico en el que como nación le demos la atención que se merece a la ciencia y a sus creadores?, ¿Será que a partir de ahora veamos los nombres de científicos en las portadas de todas las revistas?, ¿A los pequeños jugando a convertirse en ellos?, ¿Y a las marcas peleando por estar impresas en sus batas?

Las decisiones que se tomen ahora tendrán repercusiones históricas. La velocidad a la que se modifiquen y creen leyes que destinen recursos a la ciencia y la tecnología, permitirá que científicos entiendan con precisión el virus, desarrollen tratamientos, pruebas diagnósticas y dispositivo médicos, lo cual tendrá consecuencias en la salud de miles de mexicanos y en la economía del país. Similarmente, este enfoque de apoyo a la ciencia y la tecnología debe de ser reproducible en todas las ramas y campos. El mayor motor económico de las grandes potencias no son los recursos naturales ni los grandes capitales, son la creatividad humana y la innovación, el dinero llega solo si se cumplen estos factores con el apoyo de la sociedad y el gobierno. Veamos a Japón o Israel que no cuentan con prolíficos recursos naturales pero sí con una creatividad ejemplar llevándolos a desarrollar varias de las compañías científicas y tecnológicas más valiosas, innovadoras y poderosas a nivel global. Las crisis siempre representan oportunidad, quizás esta es la oportunidad de México para estar dentro del grupo de naciones que formen la nueva hegemonía científica.

Los autores forman parte de Plataforma México que es una iniciativa ciudadana digital conformada por un grupo de expertos latinoamericanos, a través de HealthTech te brindamos información confiable y herramientas prácticas y accesibles para así juntos enfrentar la actual crisis que hoy vivimos #Covid19 para maximizar la protección a la salud y la vida y minimizar el impacto en los empleos y la economía.

*Guillermo Herrera-Arcos es ingeniero en robótica por el Tec de Monterrey, investigador en el Center for Extreme Bionics del MIT y estudiante del doctorado en neuroingeniería en MIT. Es cofundador de Prothesia, una plataforma de manufactura digital de dispositivos médicos.

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*Guillermo Ulises Ruiz-Esparza es Médico Cirujano, Doctor en Ciencias, Investigador y Emprendedor. Dirige el grupo de investigación en Nanomedicina Molecular de la División Conjunta de Ciencias de la Salud y Tecnología de Harvard y MIT, y es parte del Hospital Brigham and Women’s.

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*Francisco Javier Valencia Valdespino fue reconocido cómo innovador menor de 35 años por MIT, ingeniero en mecatrónica y cofundador de Prothesia, una plataforma de manufactura digital de dispositivos médicos.

Twitter: @paco_

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*La opinión de los autores es personal y no refleja la postura de afiliación alguna.