Por Jeraldine del Cid

Como en todos los países del mundo, particularmente en Centroamérica, la Pandemia por la COVID-19 y el asilamiento afectan de manera distinta a los diversos sectores de la sociedad. Las desigualdades cotidianas quedan evidentes frente a esta situación. Desigualdades socioeconómicas, desigualdades étnicas, desigualdades territoriales según área urbana o rural, desigualdades de género, desigualdades etarias, entre otras. A continuación, se abordan apenas dos de estas.

Las diversas disposiciones gubernamentales para afrontar la crisis, en muchas ocasiones, no han considerado estas desigualdades, inclusive las mismas políticas públicas impactan en la profundización de las mismas. El #QuédateEnCasa resulta un privilegio del que muy pocos asalariados pueden gozar sin que esto represente un impacto negativo en su economía.

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Aunque las decisiones de extremar las medidas con toque de queda o disposiciones similares (con excepción de Nicaragua que es caso aparte por el manejo de la Pandemia de manera tan alejada de las recomendaciones de la OMS) buscan salvaguardar a la población de los posibles contactos, así como la suspensión del transporte público, pero no así la obligación a grandes empresas de suspender actividades (en las primeras semanas de la crisis), ni de acompañar estas medidas con mecanismos inmediatos para mitigar el impacto económico, dan como resultado políticas contradictorias que en los diversos países del istmo profundizan más las desigualdades sociales.

Otra de las desigulades muy poco atendidas por estos gobiernos, son las de género. Ya lo identificó el Fondo de Población de las Naciones Unidas -(UNFPA- (2020), destacando que las pandemias empeoran las desigualdades a las que ya se enfrentan mujeres y niñas. Tanto en el ámbito público como el privado.  En lo que respecta al ámbito de “lo privado”, el trabajo de doméstico y de cuidados no remunerado ha aumentado en todos los hogares, cuidar de los integrantes del hogar es una actividad que, generalmente, recae sobre mujeres y niñas. A nivel mundial, hacen dos veces y media más de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados que los hombres (UN, 2020).

Además, en situaciones de confinamiento, las mujeres y niñas pueden encontrarse en mayor riesgo de sufrir violencia y específicamente violencia sexual. Como lo planteó Guterres (2020): “América Central tiene una de las mayores tasas de feminicidio en el mundo, y la violencia ocurre principalmente en el hogar a manos de la pareja”. A partir del confinamiento, aunque la denuncia haya disminuido, las llamadas de emergencia han repuntado en todos estos países.

Por tanto, aunque los gobiernos centroamericanos han activado con mayor atención líneas telfónicas de emergencia, esta disposición debe contemplar, además, como lo plantea la ONU, mantener abiertos los refugios para mujeres supervivientes a la lista de servicios esenciales y aumentar las disposiciones judiciales para dar seguimiento a los casos.