Por Uriel Naum Avila*

Antes de la pandemia de Covid-19 parecía estar todo muy claro: el sistema económico mundial, con sus vaivenes, fluía razonablemente bien desde hace una década, tras superar la crisis económica de 2008–2009; sin embargo, todo cambió cuando se propagó el coronavirus por el planeta y dejó al descubierto las dolencias mundiales, por ejemplo, sus sistemas de salud, el desarrollo social y humano y la desigual distribución de la riqueza.

Lo anterior pone sobre la mesa la importancia de los emprendimientos sociales y su contribución a la sociedad, no solamente para buscar utilidad propia, sino para intentar palear estas carencias. El problema es que dichos emprendimientos atraviesan desde hace algún tiempo una situación difícil, ya que muchos de ellos ni siquiera tienen el potencial para seguir adelante y progresar.

William Drayton, presidente de la Fundación Ashoka, considerado como el padre del término “emprendimiento social”,  junto con Dees Gregory, profesor durante muchos años de la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, EU, definieron a éste como “la persecución de recursos y oportunidades innovadoras para el intento estratégico de alcanzar una mejora en las condiciones sociales”. En suma, el objetivo social primero y la explotación de oportunidades de mercado con un interés económico y comercial, después.

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Es decir, la satisfacción de las necesidades sociales, medioambientales o de otro tipo, con propuestas financiadas por el Estado o por inversores privados, que aspiran a cierto margen de autonomía y libertad para alcanzar la autosustentabilidad. Las cooperativas, los organismos no gubernamentales y las organizaciones comunitarias son buenos ejemplos de emprendimientos sociales. Estos emprendimientos buscan lo que se conoce como “el triple resultado”: objetivos sociales, medioambientales y financieros.

 Ahmad Ashkar de Hult Prize, una organización enfocada precisamente en desarrollar el emprendimiento social, va más allá y asegura que “hoy todas las compañías tienen que tener forzosamente un componente claro de apoyo a su comunidad dentro de su operación”.

En medio de la pandemia y de la pérdida del estado de bienestar, los emprendedores sociales son vistos como profesionales responsables, capaces de unir visión empresarial e impacto social de largo aliento.

Apenas el año pasado,  James Austin, cofundador de la Social Enterprise Initiative de la Escuela de Negocios de Harvard, había dicho que “las oportunidades comerciales eran escasas, mientras que las necesidades en el mundo eran muchas”, durante su participación en el panel “The Future of Entrepreneurship”, organizado por el Tec de Monterrey.

De acuerdo con el estudio “Panorama del emprendimiento social en México”, elaborado por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, en México, antes de la pandemia, “la problemática social característica, potenciaba factores como pobreza, poco acceso a la salud, desempleo, mala educación y problemas alimentarios, por lo que la participación de emprendedores con visión social y su contribución a atender dicha problemática era indispensable”. Imaginemos ahora.

Ahí se identifican a los principales agentes que apoyan al emprendimiento social como  las aceleradoras, incubadoras de empresas, instituciones gubernamentales, inversionistas Ángel, centros de investigación, instituciones educativas y sector privado que apoyan a emprendimientos sociales, sumado a esto los propios emprendedores recurren al crowdfunding.

Por su parte el  Global Entrepreneurship Monitor 2019 (GEM) señala que la región Latinoamericana creció en su actividad emprendedora; es decir, en el porcentaje de personas que iniciaban emprendimientos sociales o de otro tipo; este crecimiento se dio gracias a la tracción otorgada por Chile y Ecuador con casi el 40% de actividad emprendedora registrada, en contraste con México, que alcanzó apenas el 14% con una media de Colombia, Panamá y Brasil con un 24% en promedio.

Ashoka a su vez, reconocía a la Ciudad de México como un Hub del emprendimiento social, en su documento,  “Emprendimiento social en México y Centroamérica: tendencias y recomendaciones l”, y concluía que “llevar acciones concretas que promuevan, a partir de la colaboración multisectorial, la creación de una figura legal para las empresas sociales, así como cambiar el enfoque por parte de las aceleradoras hacia el desarrollo de habilidades técnicas de negocio con más visión y crear un método alternativo que apoye a emprendedores sociales”, era fundamental para su nacimiento y desarrollo.

Esto sin duda se tendrá que acelerar cuando pase la pandemia e incluso en medio de ésta, con el objetivo de darles bases fuertes para que sean uno de los motores que puedan sacar adelante a Latinoamérica y al planeta después del coronavirus.

*El autor es periodista de negocios de Latam

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