Por Liliana Flamenco*

Entre toda la información sobre los avances y las medidas de emergencia relacionadas con el COVID-19, me llamó la atención el siguiente titular de La Prensa Gráfica: “Tres mujeres asesinadas por sus parejas: María fue privada de libertad, Susan fue apuñalada mientras dormía y Sonia mientras retiraba sus cosas”. El reporte periodístico decía que estas mujeres habían sido asesinadas en lugares diferentes de El Salvador entre la noche del martes 28 y madrugada del miércoles 29 abril.  Hasta la fecha en lo que va de la cuarentena se han registrado 20 feminicidios.

De acuerdo a  la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (ORMUSA) durante la cuarentena las denuncias de violencia contra las mujeres han aumentado en un 70%. La organización ha consolidado: 499 denuncias en la Fiscalía General de la República, de las cuales 341 fueron por violación sexual y otras 158 por violencia intrafamiliar.

ORMUSA destaca que en 10 días de operaciones, la línea de emergencia de la Corte Suprema de Justicia recibió 273 denuncias.

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El confinamiento ha representado para muchas niñas y mujeres la convivencia obligatoria con sus agresores. No obstante,  este contexto de encierro no solo está afectando la salud mental de las familias, sino que también ha aumentado el estrés por la falta de ingresos y en consecuencia las acciones de violencia hacia las mujeres.

Julia Aguilar, economista y feminista, dice que el vínculo entre la violencia hacia las mujeres y la actual crisis económica ha sido un factor poco analizado en esta coyuntura: “La crisis económica es uno de los factores que aumenta las probabilidades para que ocurran agresiones dentro del hogar”, afirma.

Me queda claro que la pandemia ha venido a profundizar las condiciones de precariedad económica en las que ya vivían las mujeres en El Salvador. Silvia Juárez, del programa por una vida sin violencia de ORMUSA, opina que “para la mujeres existe una brecha salarial, una menor cobertura de seguridad social y también una menor inserción a las prácticas de desarrollo, es decir, empleo, educación, créditos y vivienda”.

En esta misma línea de análisis, el PNUD plantea que los hogares con jefaturas de mujeres, la mayoría monoparentales, experimentan desventajas con las medidas de confinamiento por COVID-19. Muchas mujeres tienen trabajos informales, sin seguridad social.

Pero el hogar no es el único escenario donde las mujeres sufren actos de violencia, en la actualidad para una salvadoreña emitir una opinión sobre la vida política del país,  en redes sociales, tiene asegurado  insultos, amenazas, descalificación, e intimidación pública, y lo más alarmante es que estas agresiones provienen de personas cercanas al poder.

Paradójicamente el país tiene una Ley Especial Integral  para una vida libre de violencia para las mujeres (LEIV), aprobada el 25 de noviembre de 2010: “El Estado salvadoreño reconoce que la violencia contra las mujeres es un problema de carácter público y estructural, por lo tanto, requiere de su decidida intervención, debido al grave impacto que causa en la vida de las mujeres, sus grupos familiares y de la sociedad en general”.

En medio del repunte de violencia hacia las mujeres que se registra en el país, me preocupa la falta de un plan de contingencia para enfrentar la crisis económica en general, pero en especial  la debilidad que existe en el rol de las instituciones del estado que deberían de velar  porque se cumplan los derechos de la mayoría de la población en El Salvador, que somos las mujeres.

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Si yo tuviera una hija en este país, quisiera que contara con las herramientas intelectuales, emocionales, y oportunidades que no solo faciliten el camino para su desarrollo, a su vez, para aportar al cambio de un El Salvador  que a pesar de los avances que ha tenido incluso después de una guerra,  aun hace falta por superar las brechas de desigualdad. Los niveles de violencia a la que nos enfrentamos las mujeres no solo en El Salvador, sino también, en América Latina, son inaceptables.

Ni María, ni Susan, ni Sonia, ni todas las que ahora descansan de sus agresores, porque fueron cobardemente calladas, debieron ser parte de las cifras de feminicidios en El Salvador, como ellas, hay muchas que continúan viviendo de manera silenciosa un infierno que, ojalá un día los gobiernos de cada país se involucren para tratar el flagelo de la violencia con la misma importancia y preocupación que merece una pandemia como lo es el COVID-19.

*Comunicadora, periodista y conductora del programa Al Cierre.