Por Camelia Ilie-Cardoza*

Tomar decisiones es lo que hacemos todos los días en el trabajo o en la vida personal. Decidimos sobre aspectos que nos afectan a nosotros mismos, a nuestros hijos, colaboradores, clientes, alumnos, incluso, a personas desconocidas. La responsabilidad y el impacto de una decisión puede ser grande y tener efectos impensados. En el contexto actual, las decisiones de los equipos que lideran las emergencias están impactando en las vidas de las personas. La diferencia de las estrategias empleadas entre distintos países y equipos de liderazgo en la emergencia global se está traduciendo en diferencias de decenas, cientos, miles y hasta cientos de miles de vidas humanas.

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Sin embargo, pocas veces nos sentamos a reflexionar con detenimiento sobre nuestros procesos de toma de decisiones. Pocas veces paramos para estudiar nuestras pautas de pensamiento y cómo estas se traducen en nuestros modelos de análisis de situaciones, toma de riesgos o diseño de estrategias.

Para empezar, nuestro entorno presenta una gran complejidad. En el pasado, los problemas se debían en gran medida a la falta de información, limitado acceso a recursos, o capacidades reducidas para solucionarlas. Actualmente, la complejidad tiene dos componentes adicionales. Por un lado, vivimos en un mundo interconectado, que lleva a su vez al segundo aspecto, ya que estamos sobre informados. La sensación con la que vivimos es de una vorágine sin precedentes, un vértigo y una sensación de caos en todos los aspectos de nuestras vidas.

¿Cómo podemos, en este contexto, diseñar estrategias razonablemente realistas, liderar y tomar decisiones con el mayor impacto positivo y el menor daño colateral?

Repasemos, para empezar, el proceso de toma de decisiones según nos lo describe Antonio Damasio, neurólogo portugués – norteamericano, en su libro el Error de Descartes. Damasio fue pionero en descubrir que los seres humanos no podemos tomar decisiones sin una estrecha interrelación entre la razón y la emoción. Por ejemplo, la falta de emociones básicas en una decisión, como el miedo, en un contexto de muchas amenazas, como el actual, es muy peligroso. Sin embargo, este tipo de decisiones “temerarias” las podemos ver todos los días en directo en nuestros telediarios con efectos devastadores sobre las comunidades y las personas afectadas por las mismas.

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Un segundo aspecto importante para las decisiones, en un momento de máxima complejidad, es el alto grado de riesgo que cada decisión conlleva. ¿Cómo podemos prepararnos mejor?

La enseñanza de los sabios, de nuevo, nos puede ayudar. Los filósofos estoicos, que cuentan con representantes ilustres como Seneca o Marcus Aurelius, recomendaban la visualización negativa para estar mejor preparados para las vicisitudes de la vida. En los tiempos más recientes, esta recomendación se vio reforzada por autores como Dan Lovallo y Daniel Kahneman, el Premio Nobel de Economía, que criticaban el optimismo como una de las mayores amenazas para tomar excelentes decisiones estratégicas (ver How Optimism Undermine Executive Decisions, revista Harvard Business Review).

En definitiva, aprender sobre nuestro propio proceso de toma de decisiones e identificar las pautas inconscientes que seguimos de forma repetida – como las emociones básicas que nos guían, nuestra inclinación a ser optimistas, realistas o pesimistas – es esencial. Así, con una mayor comprensión y atención, podemos mejorar nuestra capacidad de actuar, causando el mejor impacto posible con nuestras acciones.

* Decana de Educación Ejecutiva y Chair del Centro de Liderazgo Colaborativo y de la Mujer de INCAE. 

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