Por Miguel Ruíz-Cabañas Izquierdo

Hace unos días, el pasado 8 de mayo, el mundo conmemoró el 75º aniversario de la rendición incondicional de la Alemania Nazi, y la victoria de las naciones aliadas, que puso fin a la segunda guerra mundial en el escenario europeo. En el mes anterior, tres de los protagonistas antagónicos del conflicto habían desaparecido: Roosevelt el 13, Mussolini el 29 y Hitler el 30 de abril de 1945. Ese periodo también marca el fin del predominio del Reino Unido de la política mundial. Como metáfora de ese periodo, Churchill también dejó de ser Primer Ministro de su país el 15 de julio del mismo año, al perder las elecciones. Junto con Francia, el Reino Unido pasó a ser una potencia de segundo orden a nivel global. Los dos viejos imperios europeos entraron en un periodo de declinación. La pérdida de sus antiguas posesiones coloniales ocurrida en las siguientes décadas, confirmó que ambas estaban lejos de competir con las nuevas superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. Después del esfuerzo de guerra y destrucción causado por dos guerras mundiales, un solo conflicto jugado en dos tiempos, Europa estaba arruinada. Exhausta desde todos los ángulos, incapaz de asumir el liderazgo de la reconstrucción y la dirección de los asuntos mundiales.

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No deja ser digno de admiración el liderazgo desplegado por Estados Unidos y sus aliados para organizar un mundo nuevo. Desde 1943, se dedicó a imaginar una nueva organización internacional, que le diera al mundo paz, estabilidad y progreso. Un mundo donde se protegieran los derechos humanos. Cuando todavía la Alemania Nazi seguía resistiendo el asalto final de las tropas aliadas, Estados Unidos y sus aliados convocaron, del 25 de abril al 26 de junio de 1945, la Conferencia de San Francisco en la que 51 estados, incluyendo a México y las naciones latinoamericanas, adoptaron la Carta de las Naciones Unidas, mediante la cual nace la nueva Organización internacional. Hay que decirlo, las naciones americanas jugaron un papel estelar en el diseño de ese mundo con la Conferencia Interamericana sobre los Problemas de la Guerra y la Paz, celebrada en Chapultepec unos meses antes, del 21 de febrero al 8 de marzo, en la que proyectaron su visión sobre ese nuevo mundo, en el plano global y en el plano hemisférico.

La nueva competencia internacional se dio entre las dos nuevas superpotencias, sin competidores en el plano militar, con concepciones muy contrapuestas de lo que debería ser el orden mundial. Esa nueva competencia, a la que conocimos como la “Guerra Fría” duraría otros cuarentaicinco años, hasta 1990, cuando se desintegraría la Unión Soviética. Pero fue Estados Unidos quien se constituyó en el arquitecto, principal soporte y guardián de las nuevas instituciones mundiales, incluyendo a la Organización de las Naciones Unidas y todos sus organismos especializados, como la Organización Mundial de la Salud (OMS). A través de los acuerdos de Bretton Woods, nacen el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, y más adelante el GATT, hoy convertido en la Organización Mundial de Comercio. En las siguientes décadas se establecen un gran número de organismos, programas y mecanismos internacionales para promover la cooperación internacional en prácticamente todos los campos. Es innegable que las nuevas instituciones multilaterales, inspiradas principalmente por Estados Unidos, alcanzaron un éxito variado en organizar los asuntos mundiales. Desde luego que nunca han sido perfectas. Tienen limitaciones y contradicciones, y solamente pueden hacer lo que sus socios, los estados miembros, desean que realicen. Pero son las instituciones que requiere un mundo imperfecto, basado en estados independientes. Son la esencia del multilateralismo.

Hoy no existen los nazis como enemigo común. Lo que existe es un mundo muy atemorizado por un enemigo invisible, pero letal, que está arruinando la economía mundial. Ha obligado a cambiar hábitos y modos de vida en todos los rincones de la tierra. Nos ha encerrado. Ha mostrado las flaquezas de muchos líderes nacionales y su incapacidad para comprender la situación. Ha exaltado la incertidumbre sobre el futuro inmediato y a largo plazo, cancelando expectativas de progreso por muchos años. En realidad, hasta ahora nadie sabe cómo resolver en definitiva este reto. No hay vacunas en el horizonte cercano. Lo que sí sabemos es que si nosotros respondemos mal, o si nuestro vecino no responde bien, el enemigo se volverá recurrente. También sabemos que ninguna nación, por poderosa que sea, podrá construir muros tan grandes, robustos e impenetrables que impedirán que el enemigo se filtre por las rendijas de su imaginaria fortaleza.

Pero acaso la ausencia más sentida hoy es la falta de liderazgo mundial. El virus ha agravado la crisis del multilateralismo. Desde su llegada al gobierno, en 2017, el Presidente Donald Trump desató un combate abierto contra muchas de las instituciones multilaterales creadas por sus predecesores. Su conflicto ha sido con Roosevelt, Truman y Eisenhower. Hoy Estados Unidos está muy lejos de ser el líder mundial capaz de reorganizar el mundo, y no hay ningún otro país con las capacidades para ocupar su sitio. Hoy estamos muy lejos de ser una comunidad internacional capaz de trabajar en pro de objetivos comunes. Lo que impera es la desconfianza, y los esfuerzos unilaterales de cada quien. El virus ha arruinado el ambiente internacional.  

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En lugar de trabajar en conjunto para hacerle frente al enemigo común a través de las instituciones multilaterales, Estados Unidos y China parecen sumergirse en una nueva “Guerra Fría”. Las sospechas mutuas son cada vez más airadas y públicas. Son las naciones más poderosas de la tierra, con sistemas políticos completamente diferentes. Imposible afirmar que China sea una potencia expansionista como sí lo fue la Unión Soviética. Nunca ha estado interesada en que otros países imiten su modelo de organización económica o política. Pero China no es ni aspira a ser una democracia. No hay transparencia en su toma de decisiones. Mientras tanto, la democracia norteamericana hoy está debilitada, dominada por un liderazgo populista. Una nueva “Guerra Fría” entre las dos grandes potencias traerá grandes males a un mundo convulso.

El próximo 24 de octubre se conmemorará oficialmente el 75º aniversario de la fundación de las Naciones Unidas. Creo que debe ser una oportunidad para que todos renovemos nuestra fe en los principios y propósitos que animaron su creación, y emprendamos todos el regreso a la cooperación multilateral, única alternativa racional para construir un mundo más pacífico, estable, próspero y sostenible, donde se respeten los derechos humanos. Tenemos que darle apoyo al sistema multilateral creado hace siete décadas. Sin esas organizaciones el mundo sería un lugar menos pacífico, más desequilibrado, inseguro, insalubre, no sostenible, y más cruel. Si se quiere que sean más eficaces, hay que reformarlas, lo que para muchas de ellas será un ejercicio iniciado hace tiempo.   

*Director de la Iniciativa ODS en el Tecnológico de Monterrey y Co-coordinador de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible (SDSN México).

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