Por Francisco Coll

Pese a que, hasta el momento, los niveles de contagio que presentaba el virus la región centroamericana no hayan sido preocupantes, la nueva oleada de casos en varios de los países integrantes dispara la preocupación de unos gobernantes que ven cómo las personas contagiadas, de acuerdo con las cifras recogidas, muestran uno de los mayores rebrotes del planeta. En este sentido, un rebrote que, atendiendo a los que se han ido produciendo en esta última semana, ya suma más de 9.500 casos, así como más de 200 muertes. Todo ello, como decíamos, en esta última semana; con un acumulado que, en términos absolutos, se sitúa en los 45.800 contagios, así como 1.255 fallecimientos.

Así, la región está viviendo una de las mayores olas de contagios por el Coronavirus, tras una reapertura -aunque gradual- de la economía, en aras de ir recuperando la normalidad previa a la pandemia. Así, dicha dicotomía, en una región como Centroamérica, está teniendo un impacto bastante considerable; tan considerable que la, a priori, trivialidad que suponía el virus, en un escenario en el que ya comenzaba disiparse en las distintas zonas afectadas por este, ha dejado de serlo, llevando incluso a los expertos sanitarios a escenarios en los que cerrar nuevamente las economías como dique de contención a esta nueva oleada ya no parece una alternativa opcional; sino, más bien, un acto obligado para el país.

Los recursos con los que cuenta la región han jugado un papel fundamental. Mientras que algunos países en la región, como Panamá o República Dominicana, despuntan en materia de recursos -teniendo en cuenta que hablamos de un contraste entre homólogos de la misma región-, otros países como Nicaragua, Honduras o la propia Guatemala, cuentan con unos recursos más escasos. En este sentido, unos recursos que, en su contraste con las economías occidentales desarrolladas, alientan un pesimismo bastante peligroso; debiendo tener en cuenta un precedente que ha sacudido a uno de los países mejor preparados en el planeta en materia sanitaria, como puede ser España.

En este sentido, hablamos de unos indicadores que, como las camas de hospital por cada 1.000 habitantes, muestran una escasez desmesurada en las economías de la región. Así, hablamos de un índice que en la mayoría de economías que integran la región no llegan, ojo al dato, ni a una cama por cada 1.000 habitantes. Este indicador, aunque pueda parecer incomprensible, es de extrema importancia. Pues ya no solo hablamos de una sanidad que se muestra menos capaz de salvar personas, sino de una incapacidad para atender a los ciudadanos en el país, dada la escasez de recursos que, reflejada en los indicadores, pone en peligro los índices de mortalidad; unos índices que de seguir aumentando los contagios, podrían comenzar a intensificarse al alza.

Algo similar ocurre con los médicos en el país; pues, atendiendo también a los indicadores en materia de recursos sanitarios, se observa un claro reflejo de una densidad de médicos por cada 1.000 habitantes en los distintos países de la región que, en su mejor nivel presentado, ascienden a los 2 médicos por cada 1.000 habitantes. Sin embargo, como decíamos, estaríamos haciendo alusión a la cabeza visible de la región, o lo que podríamos denominar como la excepción. Pues, si cogemos y analizamos la moda en los distintos países que integran dicho bloque geográfica, hablamos de una densidad que, en su gran mayoría, oscila entre 0 y 1 médico por cada 1.000 habitantes. Así, teniendo en cuenta las camas, así como el cómputo que ambos indicadores arrojan, hablamos de una situación que, ahora sí, comienza a justificar esa preocupación a la que hacíamos alusión al inicio.

Sin embargo, como decíamos, la verdadera dificultad de esto se encuentra en la dicotomía existente entre elegir entre la contención del virus y la salvación de miles de vidas humanas, o, por el contrario, la contención superficial del virus, permitiendo una reactivación económica que no haga caer a las economías de la región en un estancamiento prolongado del cual, incluso, no sean capaces de recuperarse. Y es que hablamos de una escasez de recursos en la que no bloquear la actividad económica, con medidas de distanciamiento social, supone una pérdida irreparable; sin embargo, dada su situación económica, el contrafáctico de bloquear la actividad económica, volviendo a producirse el shock de demanda que previamente se estaba produciendo, en un escenario donde las economías se muestran claramente deterioradas, así como vulnerables, eleva un coste de oportunidad que, decantándonos por el lado que queramos decantarnos, se presenta muy elevado para unas economías que, ya de por sí, venían pasándolo mal desde hace meses.

Así, estamos ante una situación bastante compleja en la que los gobernantes deberán actuar en consecuencia. Llegar a acuerdos con distintos países para el traslado de contagiados, así como la recepción de ayudas provenientes de organismos multilaterales, podría ser, por el momento, una salvavidas coyuntural que podría paliar la situación. Sin embargo, la fragilidad, así como la propia vulnerabilidad que presentan estas economías, al igual que ha ocurrido en otras muchas, dejan un escaso colchón, muy limitado, el cual impide el contar con un fondo de maniobra que permita la intervención excepcional para dar respuesta a esta situación.

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