Por Pablo Turletti

De acuerdo con estimaciones conservadoras del think tank Inter-American Dialogue (IAD), el Covid-19 generará como mínimo una disminución del 3% en las remesas de fondos de Estados Unidos a Centroamérica. Las remesas representan un 11% del PIB de la región. Este hecho, junto con la rápida desaceleración de la economía, menoscabará aún más la capacidad de compra de los consumidores, incrementará la demanda de servicios sociales y la presión sobre las cuentas fiscales, y el endeudamiento del Istmo y el Caribe.

A pesar de ello, según una reciente investigación de McKinsey acerca del sentimiento de los consumidores en la región, los centroamericanos están incrementando paulatinamente su confianza en que la recuperación económica de la crisis generada por el Covid-19 será relativamente rápida (pocos meses). ¿Cuál sería el punto de partida entonces de esta recuperación?

La clave de la salida de esta crisis (y quizás hayamos menospreciado el impacto que nos hubiera permitido salir de otras anteriores) está en las empresas y en las personas más que en los gobiernos y en las políticas. Se dice que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, y es cierto. Y yo completaría esta frase diciendo además, que también tienen los empresarios que se merecen.

Pero ¿qué pasa cuando no te los mereces? Es materialmente imposible no tener los gobiernos que te mereces, los países los eligen a la altura de miras, educación y civismo de sus votantes. Pero los empresarios no se eligen, surgen del mismo seno de la sociedad. Y si esta última no se los merece, los pierde. Los pierde porque se van, porque invierten en otras economías, porque buscan refugios para el capital productivo fuera de los confines nacionales. Y con ellos los pueblos pierden además los recursos necesarios para la recuperación económica y social.

Los gobiernos no “hacen”, facilitan (y a veces dificultan) que las economías funcionen, que exista un equilibrio social, que se cuide el medio ambiente. Son las empresas los verdaderos actores de la economía y del impacto social. Pero una empresa, es una entelequia formada por actitudes, decisiones y comportamientos de individuos. Es en estos últimos donde realmente debemos focalizar si queremos tener una salida de esta crisis rápida y sostenible en el tiempo.

La ruta del Istmo

Centroamérica venía por un buen camino, aunque quizás demasiado lento. Mayor crecimiento del PIB que el resto de Latinoamérica (aunque más lento que el resto de las economías emergentes de Asia, por ejemplo), con Panamá, República Dominicana y Costa Rica a la cabeza, con deuda pública y déficit fiscal más contenidos que el resto de los “parientes” latinoamericanos y “tigres” asiáticos, según el Fondo Monetario Internacional.

Y podríamos mencionar varios indicadores de rendimiento macroeconómicos que generarían razones para el optimismo. Todos ellos, hablan del diagnóstico sintomático de algo que está bien, pero no lo define.

Lo que realmente iba bien, era que Costa Rica, por ejemplo, había desarrollado un modelo educativo que había invertido (y sigue invirtiendo) en el desarrollo de habilidades técnicas que hizo crecer la producción de equipamiento médico exportando más de 4,000 millones de dólares en el 2018. O que República Dominicana se convirtió en el segundo destino turístico de Latinoamérica, atrayendo inversores extranjeros que crearon una infraestructura de servicios.

O el hecho de que Honduras se convirtiera en el exportador número uno de T-shirts a Estados Unidos gracias a la coordinación público-privada para crear sectores competitivos. Detrás de todas estas consecuencias están empresas dirigidas por personas, que emplearon a personas.

Si las personas son el centro de la recuperación económica y social, ¿qué deberíamos hacer para salir de esta crisis más rápido y generar realmente un cambio profundo en la distribución del bienestar que tanta falta hace en la región? Yo lo resumiría en dos palabras: educación y compromiso. Éstas dos, son las claves del futuro inmediato y de una realidad diferente y mucho mejor de la que teníamos hasta ahora.

Educación para tener mejores trabajadores orientados a servicios de transformación de mayor valor añadido. Educación para generar mejores votantes y ciudadanos responsables. Para disminuir la corrupción, para engendrar más y mejores emprendedores y gestores. Educación para crear consumidores conscientes que apoyen causas y propósitos además de marcas y funcionalidades.

Compromiso para que las empresas incorporen más y de manera genuina y rentable el ámbito de lo social y lo medioambiental a sus planes de negocio. Compromiso para que la sociedad sea consecuente con los valores y habilidades que esa educación le aportará y apoye a las empresas rentables que incorporen las causas y propósitos con las que se identifiquen.

La confianza de la sociedad en una recuperación rápida ya existe. Ésta es la actitud que definirá los comportamientos de las personas en el futuro inmediato, ya sea como trabajadores o como consumidores.

La clave ahora está en activar los mecanismos que hagan que esas acciones estén orientadas a cambios sostenibles que distribuyan el bienestar de otra manera sin que los empresarios y emprendedores que la sociedad se merece busquen nuevos horizontes fuera de las fronteras de la región. El “cómo” lograrlo, y de paso salvar al mundo, lo revelaré en una siguiente columna.

*CEO del ROI Marketing Institute
PabloTurletti.com

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