Por Miguel Ruíz-Cabañas Izquierdo

Moisés fue un líder extraordinario. Organizó una rebelión de los judíos contra el Faraón. Logró liberar a su pueblo de la esclavitud en Egipto. Durante 40 años lo condujo por el desierto hasta llevarlo a Cannan, la tierra que Dios le había prometido a Abraham cientos de años antes. En algún momento de la penosa y larga travesía, Moisés percibió que su pueblo desfallecía, que muchos estaban muriendo y muchos más estaban perdiendo la fe en la promesa de la tierra prometida. Desolado, Moisés decidió subir solo a la cima del Monte Sinaí para pedirle a Dios orientación. Yaveh no lo defraudó. Le entregó Diez Mandamientos para obediencia estricta de todos los israelitas. Ese decálogo le dio al pueblo judío la resiliencia necesaria para superar el momento de inflexión en que se encontraba y alcanzar la tierra prometida.

Creo que, al igual que el pueblo judío en su travesía por el desierto, hoy el mundo atraviesa por un momento de inflexión. Quizá nuestra existencia como civilización no está amenazada, pero tampoco está garantizada. Enfrentamos retos muy complejos que no tienen paralelo en toda nuestra historia común. El 2020 nos ha traído tres crisis encadenadas: sanitaria, económica y de cooperación internacional. Estas crisis vienen a sumarse a situaciones preexistentes sumamente graves, como la pobreza que afecta a grandes sectores de la humanidad, guerras civiles que parecen no tener fin, y competencia creciente por recursos naturales básicos, como el agua o tierras para la agricultura, entre otros.  

Hoy los países enfrentan, básicamente desunidos, una crisis sanitaria que nos amenaza a todos por igual. Para salvar vidas, los gobiernos se han visto obligados a cambiar los hábitos de sus poblaciones y a suspender casi todo tipo de actividades, provocando inevitablemente la crisis económica global más profunda de todo un siglo. Aunque eventualmente surgirá una vacuna y logremos desarrollar la inmunidad salvadora, todo indica que el virus llegó para quedarse. Peor aún, es muy posible que el covid-19 sea sólo la primera de una nueva era de pandemias, para la que hoy ningún país del mundo está realmente preparado. Desafortunadamente las crisis, como las plagas bíblicas, no vienen solas. El virus se presentó en un momento de grave crisis de las instituciones internacionales encargadas de promover la cooperación internacional. Esta crisis tiene su origen, fundamentalmente, en los cuestionamientos de su principal arquitecto y socio, Estados Unidos en la era de Trump.  

Hoy, millones de personas se sumarán a millones más que han padecido toda su vida la pobreza extrema, sufriendo hambre y malnutrición, sin acceso al agua potable, al saneamiento ambiental, a la educación y a la salud. Las mujeres marginadas llevarán la peor parte. Millones de trabajadores han perdido sus empleos. Se sumarán a muchos millones más que nunca han tenido un empleo decente, y que jamás han conocido la seguridad social. A la mayor parte de esos trabajadores, tampoco les beneficiarán las innovaciones tecnológicas, como la inteligencia artificial, al menos en el corto plazo.

Hoy, la mayoría de la población mundial vive en ciudades contaminadas. Nuestros modos de producir y consumir le han hecho un grave daño al planeta. Hemos provocado el cambio climático y estamos destruyendo la biodiversidad. La inteligencia artificial, la biotecnología y la nanotecnología pueden ayudarnos mucho a superar esos retos, o pueden empeorar nuestra situación. De hecho, nos plantean dilemas éticos existenciales y pueden provocar mayor desigualdad entre los países, y dentro de ellos.  

El momento de inflexión que atravesamos nos va cerrando opciones. O logramos juntos lanzar una nueva era de cooperación internacional para enfrentar las pandemias y promover la recuperación económica global, o nos condenamos a una era de menor cooperación, mayor inestabilidad y confrontación, multiplicación de conflictos y más muertes evitables y destrucción. En un mundo así, quizá algunos estados con suficientes recursos y liderazgo nacional logren temporalmente mantener sus niveles de bienestar, pero sin cooperación internacional tarde o temprano verán amenazada su prosperidad por el cambio climático global y la contaminación de los océanos. En un mundo así, no sobrevivirán muchos estados y gobiernos, hoy amenazados por fuerzas anti estatales, como el crimen organizado o grupos terroristas. 

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La humanidad está en un punto de inflexión. Se enfrenta a retos enormes pero, como en toda crisis histórica, también están a su alcance oportunidades extraordinarias. Un destino apocalíptico no es inmutable. Ni las pandemias, ni la pobreza extrema ni la desigualdad apabullante son insuperables. Ni la tecnología, per se, terminará por ahogarnos. Depende del uso que le demos. Para salir adelante, los gobiernos tienen que reconocer la creciente interdependencia global, la imposibilidad de aislarse detrás de muros tan gruesos como sus prejuicios, y aplicar políticas públicas en donde las personas sean el objeto de sus preocupaciones, y no el resultado de proyectos políticos basados en la división social y la confrontación, el estigma, el odio, el miedo y la exclusión.

Sí hay soluciones para lograr un desarrollo económico, social y ambiental sostenible, en el que quepamos todos, en México y en el planeta. Se requieren nuevas políticas públicas incluyentes y de largo plazo. Se requiere aplicar un nuevo decálogo para hacernos más sabios, más justos y más resilientes. Nuevos mandamientos basados en la razón, la experiencia histórica y la evidencia, y no en credos ideológicos o soluciones mágicas. La comunidad mundial cuenta ya con ese decálogo, contenido en la Agenda 2030 y los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), adoptados por los 193 estados de la ONU en 2015. Los ODS y sus 169 metas ofrecen una hoja de ruta para erradicar la pobreza extrema, el hambre, las enfermedades prevenibles y la ignorancia; para promover la igualdad de género, el acceso al agua potable y energías limpias; impulsar el trabajo decente, el crecimiento económico, la innovación y la industria sostenibles; reducir las desigualdades y hacer a las ciudades más sostenibles; promover formas de producción y consumo sustentables; combatir el cambio climático, preservar la biodiversidad, y eliminar la discriminación,  promover la paz y la consolidación de instituciones más sólidas.

Usted se preguntará, con razón, si ya sabemos dónde están las soluciones, ¿por qué no se están implementando? ¿Qué hace falta hacer para lograr esas metas? Y mi respuesta es simple: falta liderazgo. Nos faltan líderes nacionales con más visión, que encabecen alianzas nacionales y la cooperación internacional a favor del desarrollo sostenible y los ODS. Pero los gobiernos no pueden solos. Para implementar soluciones que garanticen el desarrollo sostenible se requieren líderes sociales más responsables, liderazgos comprometidos en el sector privado y en las organizaciones de la sociedad civil, y líderes más disruptivos en las universidades y centros de investigación. Urge que todos empujemos la implementación de los ODS para salvar a la civilización del punto de inflexión en que se encuentra. Nos faltan líderes extraordinarios, a todos los niveles y en todos los sectores.

*Director de la Iniciativa ODS en el Tecnológico de Monterrey y Co-coordinador de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible (SDSN México).

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