Por Claudia García *

Antes de la pandemia, el cierre de 2019 avizoraba una lenta recuperación del comercio a nivel mundial. Aún persistían las dudas por los efectos de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, mientras las conversaciones entre los mandatarios de ambos países pintaban un panorama favorable en la búsqueda de una solución.

La economía mundial no estaba preparada para lo que sucedería este 2020. El pasado 11 de marzo, la OMS declaraba una pandemia por el nuevo coronavirus causante de Covid-19. Para entonces, los niveles de propagación ya eran alarmantes, así como la gravedad de sus consecuencias en la salud. Cabe recordar que el virus se detectó en diciembre de 2019, en Wuhan, provincia de Hubei, en China.

Aún es temprano para proyectar las implicaciones económicas que traerá la pandemia, pero ya se sienten sus efectos. El problema principal radica en que fue necesario, como sabemos, que los gobiernos implementaran medidas para frenar la propagación y reducir la curva de contagios, como fueron el cierre de fronteras, el distanciamiento social, entre otras, con consecuencias significativas en las economías.

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Por un lado, ha implicado la pérdida de puestos de trabajo, pues las empresas no son capaces de generar ingresos suficientes para mantener los sueldos de los trabajadores; por otra parte, ha traído el cierre definitivo de negocios, con un impacto negativo en el Producto Interno Bruto (PIB).

Actualmente, uno de los mayores desafíos que enfrenta la economía, en general, es la toma de decisiones en un ambiente de incertidumbre, pues no se prevé cuánto tiempo durará el confinamiento y cuándo se reanudarán operaciones en las empresas. Otro desafío es recuperar la confianza de todos los agentes económicos: inversionistas, consumidores y proveedores.

En este momento es urgente que se generen condiciones favorables para el mercado, que puedan favorecer la oferta y la demanda.

En ningún momento sería recomendable, por ejemplo, imponer precios a productos de primera necesidad, pues es ahora cuando más se debe de apremiar al mercado. Se requieren instrumentos de política pública diseñados para favorecer la producción, inversión, creación de puestos de trabajo y, sobre todo, para preservar las actividades que son las generadoras de valor agregado.

El desafío

Sin la adecuada planificación, las medidas que se tomen podrían entorpecer la recuperación, y es lo que menos se necesita. Los tomadores de decisiones requieren entablar diálogos para reorientar las políticas, acciones y recursos.

Uno de las incógnitas más preocupantes a nivel regional es qué sucederá con aquellos sectores de la población más vulnerables y en situación de pobreza, cuyas condiciones poco favorables probablemente van a agudizarse por la situación económica actual.

Un factor de riesgo, en especial para los países del Triángulo Norte, es que se ha previsto que Estados Unidos podría entrar en una recesión económica. Actualmente, ya se ha incrementado la tasa de desempleo de latinoamericanos, con lo cual se afectarán las fuentes de ingreso de los migrantes centroamericanos que viven en dicho país. El riesgo es que el flujo de remesas familiares disminuya en detrimento de muchos hogares.

Sin duda, la pandemia trae un desafío importante para la región y el mundo entero. Las lecciones que saquemos de este gran encierro mundial deberán marcar lineamientos de mejora y cambios importantes. Dejo aquí la reflexión para los lectores de la región, ya que este momento se avizora ideal para pensar de modo regional y coordinado.

* Investigadora del Instituto de Investigación y proyección sobre Economía de la Universidad Rafael Landívar

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