Por Francisco Coll Morales

Si algo ha hecho el nuevo coronavirus es sacar a la luz situaciones que, de una forma u otra, presentaban todas las economías en el planeta y, debido a la situación de bienestar generalizado, se mostraban ocultas. Situaciones en las que, como lo ocurrido en Estados Unidos o en España, se pueden apreciar esas vulnerabilidades que, ante una crisis sin precedentes y que está devastando la economía a nivel mundial, se agudizan notablemente, increpando la gestión en aquellos países más afectados.

En el caso de España es un buen ejemplo para darnos cuenta de la situación que comento. La gestión pública en los últimos años de gobierno ha estado muy enfocada en el incremento del gasto público, así como la aplicación de políticas procíclicas que impulsasen el crecimiento. Esto disparó los niveles de endeudamiento en el país, los cuales se situaron en torno al 100% del PIB, a la vez que el déficit público seguía ensanchándose, en tanto en cuanto el gasto seguía creciendo. Todo ello sin afrontar reformas que condenaban a la economía española a contar un paro estructural del 14%, así como un desempleo juvenil del 33%.

Esta situación, ante la nueva coyuntura, ha provocado que, debido al escaso margen fiscal y el inexistente fondo de maniobra que presenta el país, la respuesta unilateral que pretendía dar España no solo sea insuficiente, sino que se mostraba como la dotación económica de menor cuantía del conjunto de países europeos. Para ello, debido a la situación de vulnerabilidad, requiriendo la intervención del Consejo Europeo para que, a través del rescate, este se encargue de levantar la economía española, relanzarla y, por así decirlo, remontar el vuelo de una economía que, de no haber sido por el rescate europeo, las vulnerabilidades que esta presentaba la situaban al borde del colapso, tanto económico como financiero.

Pero España no ha sido la única. Lo mismo le ocurrió a Estados Unidos y a Donald Trump en la gestión de la crisis. La falta de preparación, así como la falta de capacidad del presidente Trump en la gestión de esta crisis, ha puesto de manifiesto una gran cantidad de vulnerabilidades que, a la luz de esta crisis, obligan a los Estados Unidos a reflexionar sobre lo ocurrido. Una reflexión que, además, podría costarle las elecciones a un presidente que, justo cuando se encontraba en un momento en el que pensaba validar su reelección, se topa con una pandemia que, basándonos en los datos y en lo ocurrido en el país, le ha venido grande a un país al que, como a España, le ha pillado con los pantalones bajados; tanto es así, que ni de liderar la respuesta global, cediéndole esta a China, ha sido capaz.

En Centroamérica, así como en Latinoamérica, la situación es incluso peor a las mencionadas. Y es que, por suerte para estos, países como España o Estados Unidos, como economías desarrolladas y, además, respaldadas por grandes organismos, contaban con recursos con los que hacer frente a la crisis. Además, sus sistemas sanitarios, a priori, se mostraban más o menos preparados para hacer frente a la dureza con la que incidía el virus en la sociedad; pese a que posteriormente se demostrase lo contrario. Sin embargo, en el caso de Centroamérica, así como la propia Latinoamérica, la situación es muy distinta a la de estos países.

Digamos que, por así decirlo, Centroamérica es una región que cuenta con infinitas vulnerabilidades en su contraste con economías como las arriba mencionadas. Tanto es así que, atendiendo a los datos, la situación de los sistemas sanitarios, la informalidad económica del país, la elevada corrupción y delincuencia en la región, así como la propia informalidad con la que cuenta el mercado laboral centroamericano, muestran la magnitud de un problema que, en este caso y como ocurre en España, Estados Unidos, así como el resto de los países en el planeta, se agudizan ante una crisis como la actual.

Atendiendo a la informalidad del mercado laboral, por ejemplo, es destacable que economías de la región como Guatemala, Honduras y Nicaragua, presenten una informalidad en el empleo de hasta el 70%; siendo en otras economías punteras de la región del 40% (excesivamente elevada). Si hablamos de economía informal, como tal, las economías de la región, aunque cuentan con datos oficiales, se estima que en determinados países como los citados anteriormente, esta supere el 30% del PIB. Mientras que, si lo que estudiamos son recursos sanitarios, o la corrupción en el país, al igual que las situaciones anteriormente descritas, presentan datos que ponen de manifiesto una necesidad latente de un cambio integral en la gestión de estas economías.

Y es que, en resumen, estamos ante una situación complicada, pero no podemos seguir esperando la llegada de nuevas crisis para virar en el modelo de gestión pública. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID), así como otros organismos e incluso países, están movilizando recursos para ayudar a las economías de la región. Pero, aun así, estos recursos siguen siendo insuficientes cuando hablamos de sistemas públicos tan débiles como informales. Sistemas públicos que deberían modificarse, para así hacer efectivas las ayudas. Economías en desarrollo con tanto potencial como las de Centroamérica únicamente alcanzarán su crecimiento potencial cuando la gestión pública se muestre a la altura de la gestión en otras economías líderes a nivel global.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.