Por Eduardo Valcárcel B.

En 2020, las elecciones presidenciales y congresales de República Dominicana no se celebraron un 16 de mayo. Esta vez, ‘la covidianidad’ se impuso y se realizaron un mes y 18 días más tarde, específicamente el domingo 5 de julio, de forma simultánea, en todo el territorio nacional y con el voto de ultramar.

A partir de las 7:00 am, los dominicanos y las dominicanas salieron a escoger a su presidente y vicepresidenta, así como a quienes les representarían por provincia en el Senado y la Cámara de Diputados, tras recibir la invitación de la representante de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a que ejercieran su derecho al sufragio con responsabilidad, con uso obligatorio de mascarillas y distanciamiento social.

Las elecciones transcurrieron con normalidad, en medio de las preocupaciones existentes sobre la propagación del Covid-19, que produjeron un 45% de abstención al voto, la más alta desde 1990. Esto no impidió que, como lo establece la Constitución de la República Dominicana, el candidato a la presidencia superara el 50%+1 de los votos válidos.

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Luego de 16 años de administración del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), del desgaste de una misma facción con más luces que sombras, de la división interna de sus principales líderes históricos durante los últimos 20 años, producto de las diferencias en las primarias abiertas internas, se confirmaron las proyecciones de victoria del Partido Revolucionario Moderno (PRM) en las elecciones presidenciales y congresales, consolidándose con el control municipal, Congreso y Poder Ejecutivo.

El cambio

La elección de Luis Abinader como presidente de República Dominicana se concreta en uno de los momentos históricos más relevantes desde 1996, donde se evidencia un cierre de ciclo político con el ocaso de protagonismo del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC).

Además con la salida del escenario político presidencial de figuras como el expresidente Hipólito Mejía, y el actual presidente en funciones, Danilo Medina, que se encuentra constitucionalmente inhabilitado para volver a aspirar a la presidencia.

Por otro lado, el expresidente Fernández logra consolidar un partido propio con representación en el Congreso y la posibilidad de convertirse en el tercer partido de la oposición.

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Este cambio también representa un ejemplo de cómo y por qué los dominicanos y las dominicanas prefirieron asumir el riesgo, en medio de una pandemia, buscando cambiar el statu quo del partido de gobierno.

Este hecho, sin duda, será recordado en la posteridad y en los libros de historia, pues además el nuevo gobierno electo recibirá la administración pública en, quizás, el momento más desafiante desde el final de la Guerra Civil de 1965.

Nueva oportunidad

A partir del 16 de agosto, Luis Abinader y Raquel Peña deberán presentar cartas credenciales conforme a las exigencias de transparencia de la ciudadanía, con la gestión de una crisis sanitaria y su impacto económico, que requerirá el relanzamiento de los sectores productivos.

Entre las expectativas que el nuevo gobierno deberá cumplir ante la mirada crítica de los ciudadanos de República Dominicana están: transformaciones sistemáticas de la administración, amplio programa de ayudas sociales y financiamiento blando, aumento de las exportaciones e inversión extranjera, independencia de la justicia, entre otros temas que serán prioritarios para relanzar al país en estos tiempos tan complejos
e inciertos.

Así fue cómo los dominicanos y las dominicanas votaron en la covidianidad.

* Gerente General de Newlink Group
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