Por Joao H. Diniz *

El mundo entero, y Latinoamérica en particular, han sido sacudidos violentamente por la crisis sanitaria del Covid-19, una que exacerbó las brechas de la desigualdad y pobreza prevalecientes en la región, y que amenaza con retrocesos significativos en materia de protección social para los grupos más vulnerables.

El nuevo coronavirus paralizó estructuras productivas, trastornó la cadena logística y comprometió la habilidad de los países de resguardar a los más necesitados, entre ellos, a los niños, niñas y sus familias.

Las economías regionales decrecerán 9% en promedio, según pronostica la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). En los primeros meses de la pandemia, 15 millones de personas perdieron sus empleos, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Las réplicas y efectos secundarios de la pandemia golpean con particular severidad a las personas migrantes y refugiadas y a amplios grupos con acceso limitado a servicios de salud, agua y saneamiento. La niñez no es la excepción. Frente al agudo deterioro de las condiciones de vida de las familias, el hambre acecha.

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Niños vulnerables

Una consulta de World Vision a niños y niñas migrantes provenientes de Venezuela, en siete países, reveló que 1 de cada 3 niños entrevistados se iba a dormir sin comer.

Entre la niñez migrante originaria de Venezuela que reside en Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, 80% aseguró que sus familias tienen dificultades para comprar alimentos.

Además, 84% de los niños y niñas entrevistados declaró que los ingresos del grupo familiar han disminuido y un 70% afirmó que los productos básicos de higiene no están disponibles, aun en medio de la pandemia.

La enfermedad, cuyo epicentro se alojó en Latinoamérica, desató una suerte de enjambre sísmico cuyas réplicas, o impactos secundarios se suceden unas tras otras.

Por supuesto que la insatisfacción de las necesidades básicas de salud y alimentación generan una presión inmensa, pero igual de preocupantes son los efectos generacionales de esta pandemia. En materia de educación, 156 millones de niños y niñas están fuera de las aulas en la región, según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

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Las carencias

La brecha digital ha impedido la continuidad de los procesos educativos para millones de niños, niñas, adolescentes y jóvenes latinoamericanos. Solo Costa Rica reportó una deserción de 91,000 estudiantes en julio anterior, tras el receso de medio año.

Una generación que subsiste en medio de carencias de lo básico, y desprovista de educación –uno de los más poderosos movilizadores sociales– sufre el grave riesgo de permanecer atrapada en el círculo de la pobreza.

Para esos niños, niñas y adolescentes que son expulsados de las aulas, el horizonte luce gris. La CEPAL estima que entre 100,000 y 356,000 niños y niñas se sumarán a los 10.5 millones que ya sufren el flagelo del trabajo infantil en la región.

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El desafío

Frente a esta desafiante realidad, es necesario repensar la estrategia y ampliar la colaboración entre ONGs, gobiernos, empresas, actores de sociedad civil y organizaciones comunitarias y de base de fe.

Es preciso que los países ricos comprometan recursos y los dirijan prioritariamente al auxilio de las capas más vulnerables.

No hacerlo, implica forzar a millones a migrar irregularmente y a enfrentar sus letales riesgos, es perder la inversión de décadas en materia de educación, vacunación, lucha contra la desnutrición y el trabajo infantil. No actuar, nos lleva al peligroso límite de una nueva década perdida para América Latina.

*Líder Regional World Vision Latinoamérica

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