Cuando uno lee sobre impacto del COVID-19 sobre tal o cual sector, suele leer lo profundo y grave que ha sido. Sin embargo, en los agronegocios de América Latina y el Caribe (ALC) ha sido relativamente menor.

Esto no quiere decir que no haya habido impacto, sobre todo al principio. De hecho, este impacto fue por el lado de la oferta – con limitación a disponibilidad de mano de obra, problemas logísticos, incremento de costes de producción, en algunos casos cierre de fronteras – y del lado de la demanda, desde cambios bruscos de canales de venta hasta cambios en las preferencias de consumidores y caída del poder adquisitivo.

Sigue la información sobre la economía y el mundo de los negocios en Forbes Centroamérica

En líneas generales, la pandemia ha acelerado tendencias pre-existentes. Cambios que muchos pensaban que tomarían años, sobre todo en la tecnología y digitalización del campo, se están llevando a cabo en tiempo real.

Entre estas tendencias, las principales son:

  • Adopción de nuevas tecnologías y digitalización del campo en búsqueda de mayores eficiencias y mayor integridad de la cadena de valor: todo lo relacionado con el agri-tech, la inteligencia artificial, el uso del blockchain y el Internet de las Cosas, las tecnologías de sensores, el manejo de información en la nube, la edición de genes de plantas y semillas…
  • Mayor concienciación sobre el impacto del cambio climático sobre los agronegocios, sobre todo centrada en lado de mayores exigencias de los consumidores: agricultura climáticamente inteligente, resiliencia climática, agricultura regenerativa, producción baja en carbono, eficiencia hídrica, generación y uso de energía con base en residuos orgánicos, etc.
  • Localización de cadenas de valor de los alimentos, donde un consumidor cada vez mas empoderado tiene mayores demandas sobre el origen y valor nutricional de los alimentos que consumen, lo que lleva a la eliminación de eslabones, a regionalizar la cadena estableciendo una conexión mas cercana entre productor y consumidor y a por lo tanto mayores demandas a la cadena sobre origen, trazabilidad, calidad e inocuidad de los alimentos.

Al final, todo ello se combina: la trazabilidad requiere una masiva gestión de datos agregados, lo que supone una gran ventaja para todos los actores en agronegocios que ya se están digitalizando y concienciándose sobre la lucha contra el cambio climático. Un buen ejemplo de esto es Danper Trujillo, una firma peruana que acordó un préstamo de US$20,7 millones con BID Invest en años recientes, con el fin de mejorar el uso de agua e implementar mejoras tecnológicas en sus líneas de producción.

El reto para ALC, el mayor exportador neto de alimentos del mundo, es asegurar que todos estos avances se democraticen, y no se queden en los grandes productores, sino que lleguen a la estructura vertebral del sector, que son los pequeños y medianos productores, responsables del 70-80% de la producción en ALC. Resolver los problemas de conectividad, de inclusión y de acceso a financiamiento adecuado para muchos de estos pequeños agricultores tendrán que estar en nuestro foco.

Por otra parte, como indica el reciente estudio “Vulnerabilidad al cambio climático e impactos económicos en el sector agrícola en América Latina y el Caribe”, ALC afronta un gran desafio a raíz del cambio y variabilidad climática (mayores temperaturas, patrones de clima cambiantes y extremos). Esto hace que diseminar la aplicación de tecnologías sustentables disruptivas se convierta en una necesidad imperante.

*Este texto se publicó originalmente en el Blog de BID