Por Kiki del Valle

El COVID-19 impuso de la noche a la mañana, un protocolo universal, el mismo para todos. Pero, con el pasar del tiempo, empezaron a aparecer diferencias en el aventajamiento de aquellos que a través de la conectividad y acceso a la tecnología pudieron trabajar, relacionarse y comprar online. Ahora más que nunca, queda claro que estamos en camino hacia un futuro cada vez más conectado al internet, pero debemos preguntarnos ¿qué tipo de vida tendrán aquéllos que están excluidos digital y financieramente? Quizás tendremos el “Internet para Todos”, pero no la “Inclusión de Todos”.

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Sabemos que la inclusión financiera beneficia a la sociedad entera, pero para algunos todavía representa un desafío porque no todas las personas,  las familias, ni las pequeñas empresas o emprendedores tienen acceso a los servicios digitales o saben cómo usarlos. De hecho, la inclusión financiera es un tema que requiere llegar un paso más allá de simplemente entregarle tarjetas plásticas a aquellas personas en condiciones vulnerables. Sabemos que los productos bien diseñados, y con alta relevancia en las vidas de las personas pueden generar altos niveles de uso, pero no alcanza con enforcarse solo en esto. Un informe publicado por la organización Accion sugiere que los productos que hacen la verdadera diferencia son aquellos que fueron diseñados para promover la salud financiera – que no es otra cosa que la estabilidad financiera, la resiliencia, y el acceso equitativo a las oportunidades. De allí que debe haber un enfoque clave en proveer las herramientas necesarias para que las personas tengan opciones en sus productos financieros a medida entren en este ecosistema. 

También reconocemos que la inclusión financiera es responsabilidad de todos: países, sectores e industrias. En todo el mundo, todavía hay 3 mil millones de personas fuera de la economía formal. Estas personas son quienes usan el efectivo a la hora de gestionar arreglos de casa, o ahorrar para futuras eventualidades, o para pagar la universidad de sus hijos, por ejemplo. Hoy en dia, el 80%  de las transacciones comerciales que se concretan en Latinoamérica y el Caribe se hacen vía el efectivo en parte porque muchas de esas personas no tienen todavía una cuenta bancaria.

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La inclusión financiera es la gran habilitadora de 8 de los 17 objetivos de desarrollo sostenible propuestos por la ONU para 2030. En lo puramente operativo, implica el acceso a los servicios financieros formales para todos, independientemente de su poder adquisitivo o del lugar donde se encuentren. Pero, en sus implicancias más hondas, contribuye a erradicar la pobreza, a garantizar salud y alimentos para todos, a terminar con la desigualdad, a promover el empleo y la industria, y es aval de independencia, entre otras metas importantes para la mujer emprendedora. 

Avanzar la inclusión financiera no es algo que se puede hacer; es algo que se tiene que hacer, y debe pensarse como un compromiso conjunto que toma en cuenta las economías locales y a cada una de las necesidades específicas de las personas. Dice el dicho que toda crisis contiene una oportunidad: la bancarización forzada de millones de personas por las restricciones físicas de la pandemia fue el puntapié inicial de una idea de inclusión que es imperioso apuntalar en la práctica.

*Senior VP de Alianzas Digitales para Mastercard Latinoamérica y el Caribe

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