Por Martín Rodríguez Sánchez

Hoy, en la antesala de lo que será una elección presidencial histórica para la potencia norteamericana, produce mucho eco aquella frase del ex presidente Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, que de la misma forma puede aplicar a Centroamérica, aun cuando los vecinos del sur de México no comparten frontera con el del norte.

Y mientras la carrera presidencial por llegar a la Casa Blanca se reduce a la eterna disputa entre republicanos y demócratas, en los países de Centroamérica y el Caribe el panorama no resulta muy alentador, al vislumbrarse grandes retos para direccionar el rumbo político y económico de cara a los próximos cuatro años, sobre todo ante el contexto de recuperación que se necesita en la post pandemia.

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El Partido Demócrata de la mano de su fórmula Joe Biden – Kamala Harris busca cortar la continuidad de la administración del presidente Donald Trump, quien a través de su candidatura “Trump – Pence: Make America Great Again” anhela extender su mandato, el cual apunta a mantener las mismas políticas proteccionistas que lo han caracterizado durante sus primeros años de gobierno.

El futuro comercial y las políticas migratorias representan los principales temas que esbozan la definición de la elección, principalmente por las disimilitudes existentes entre los principales aspirantes presidenciales. 

Donald Trump no representa un cambio drástico en las relaciones comerciales y diplomáticas con Centroamérica, pero se debe recordar que el mandatario estadounidense recientemente redujo en casi 24% los montos destinados al desarrollo en la región; a diferencia de lo que hizo México, que mediante el Plan de Desarrollo Integral (PDI) destinó 30 mil millones de dólares, cuyo objetivo neural es el de mitigar el flujo migratorio que se ha incrementado en los últimos años.

De tal manera que, este último punto resulta lo más complejo de la ecuación. De ganar Trump, las políticas migratorias se mantendrán iguales e incluso podrían recrudecerse; mientras que, si la elección favorece a Biden, todo apuntaría a un cambio de paradigma en las políticas migratoritas actuales, destacando una reversa hacia las deportaciones y el establecimiento de una limitante para las solicitudes de asilo general, aunque se mantendría la penalización a los cruces fronterizos no autorizados.

No obstante, el fenómeno migratorio continuará en la medida de que las condiciones políticas, económicas y sociales no cambien en Centroamérica y el Caribe.

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Algunas Cámaras y Asociaciones empresariales, al igual que Consejos como el que presido, justamente trabajamos en mejorar dichas condiciones, diseñando planes integrales que a través de financiamiento privado puedan generar nuevas oportunidades laborales en países de la región, que si bien se han limitado por los temas de contingencia de la pandemia, siguen siendo parte importante de nuestra agenda.

Asimismo, para lograr un cambio sustancial se tendría que esperar una nueva ideología que emane desde el despacho oval, apuntando hacia un marco de prosperidad, que incluya oportunidades educativas, inversiones y desarrollo en las naciones de la región, principalmente para el Triángulo Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador), porque como sabemos Costa Rica y Panamá han alcanzado un ritmo de crecimiento ligeramente superior; en tanto Nicaragua, permanece ausente debido a su situación política.

En materia económica, si bien el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (CAFTA-DR) representa un instrumento de crecimiento para la región, aún no termina por potenciar mayores beneficios para los países centroamericanos, permaneciendo en un superávit en favor de los estadounidenses.

Lo anterior se refleja en algunas de las acciones que han tenido que emprender las naciones de la región, al permitir una mayor apertura de las inversiones y negocios tanto de China como de otros países como Corea del Sur.

Asimismo, el clima empresarial no parece vislumbrar mejorar en un panorama futuro; Trump ante el contexto que se experimenta en Centroamérica, donde el Covid-19 en un principio parecía no causar estrategos y ahora ha crecido exponencialmente, seguramente emitirá recomendaciones para evitar que los inversionistas norteamericanos aterricen en la región, lo mismo que pasaría en materia turística.

Por su parte, Pence en la elección podría presentar un discurso de mayor cordialidad hacia las economías centroamericanas, pero dependerá mucho de que primero resuelva las diferencias existentes con China, así como la evolución y control de la pandemia en el continente.

Ante dicho escenario, para contrarrestar dicha situación, el revulsivo podría ser una mayor injerencia de entidades como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco de Desarrollo de América Latina (CAF) o la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), pero nuevamente habrá que subrayar que son organismos que en mayor o menor medida guardan una relación directa a lo que dicta la Casa Blanca.

Un direccionamiento cíclico es la mejor opción para Centroamérica, siendo la estabilidad social el punto de inflexión que dará cabida a una reducción de la delincuencia, seguida del establecimiento de bases para un mejor clima de negocios, y posteriormente, la generación de empleos para reducir la migración.

Han sido cuatro años de grandes retos, por lo que sin esperar lo que acontezca el próximo 3 de noviembre en la elección en suelo estadounidense, los países de la región deberán apuntar a continuar remando contracorriente, enfocados en controlar la pandemia e iniciar el camino hacia una óptima recuperación económica.

*Es presidente del Consejo Internacional de Empresarios.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.