El talento, probablemente, está en el Top ten de las palabras más mencionadas en las empresas. Desde la época del naturalista inglés Charles Darwin, el talento en una persona ha sido concebido a partir de los genes que tiene al nacer y del entorno en que ha sido criada.

Los genes son cartas que se reparten en cada nacimiento y el entorno de la persona es la partida del juego en donde son empleadas. De vez en cuando los “astros se alinean” y se produce la combinación perfecta, apareciendo personas talentosas o geniales.

Pero pensar que el talento es producto de los genes y del entorno sirve de poco, ya que tenemos opciones reducidas de hacer algo con ello, lo cual sería centrarnos en el famoso círculo de preocupación de Stephen Covey.

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En la genética

Pero centrémonos en el círculo de influencia. Toda habilidad humana proviene de una cadena de fibras nerviosas que transmiten un diminuto impulso eléctrico, una señal, que viaja a través de un circuito.

La mielina rodea esas fibras nerviosas impidiendo que se escapen los impulsos nerviosos.

Cuanto más gruesa sea esa capa de mielina, mayor será la capacidad de aislamiento y, por lo tanto, nuestros movimientos o pensamientos se volverán cada vez más rápidos.

La práctica no te hace perfecto; sino que la práctica perfecta sí te vuelve perfecto. ¿Por qué? La razón la tiene nuestra amiga la mielina, que es el Santo Grial de la adquisición de habilidades.

Se ha demostrado que la práctica disciplinada de una determinada tarea genera un aumento de la mielina. Mayor recubrimiento de mielina implica más velocidad de transmisión…

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Las claves del talento

¡Ahí lo tenemos! Como químico o bioquímico frustrado, debido a mi poca capacidad intelectual, tuve que dejar la carrera en el segundo curso de la Universidad y dedicarme a lo que era mi hobby: la psicología.

Pero siempre me ha quedado el placer de leer sobre la ciencia. Os aconsejo la obra de Dan Coyle, Las claves del Talento, para profundizar en esta ciencia.

Malcolm Gladwell, en su maravilloso libro Outliers (Fuera de serie), nos habla de que, si cualquiera de nosotros practicamos con un método adecuado durante 10,000 horas, seremos una persona fuera de serie. Constancia, perseverancia, esfuerzo, pasión por la excelencia…

¿No me digan que todos estos elementos no son piezas clave en la competitividad organizacional?

Yo conozco y envidio a muchísimas personas con un alto nivel de talento intelectual, pero que, sin embargo, no son capaces de disfrutar en las organizaciones por el simple hecho de que no se apasionan, les falta vibrar con la empresa, no la viven.

Y además muchos de ellos son todavía de los que consideran que “información es poder” y, por lo tanto, les cuesta mucho trabajo compartir su conocimiento, sus habilidades, su potencial con el resto de las personas del equipo.

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Regla de tres

El talento para mí debe poseer tres componentes: 1) Tener habilidades, conocimientos, know-how. 2) Vivir con pasión la organización, es decir, el propio trabajo. 3) Compartir para generar un aprendizaje cooperativo.

¿Y cuál es la responsabilidad de la organización para que el profesional talentoso quiera vivir la empresa y compartir su potencial?

Es como el baile en pareja, el resultado es de dos, de la capacidad de comprometerse por parte de la persona talentosa y de las actuaciones (no de las palabras) de la empresa.

Este resultado puede ser de tres tipos: crecimiento, separación e infidelidad (deseo irme a otra organización).

Analiza en cuál de los tres casos se encuentra la gente que lideras y, si no te da miedo, responde: ¿En cuál estás tú?

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* CEO de Monfort Ambient Management y profesor del ESADE
@MonfortNorbert

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