Por Mauricio De Vengoechea

Hasta no hace mucho tiempo, dábamos por sentado que la democracia estadounidense estaba consolidada. Sin embargo, esta semana, el día en que el Congreso de los Estados Unidos asumía su responsabilidad solemne y constitucionalmente ordenada de contar oficialmente los votos del Colegio Electoral, los partidarios de las afirmaciones electorales fraudulentas que apoyan a Donald Trump marcharon en el Capitolio y se amotinaron.

Estos actos despreciables resultaron en al menos una muerte, profanaron el Capitolio y nos mostraron imágenes que se ven a menudo en la televisión en otros países del mundo, pero nunca en este.

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Esta violencia muestra que, incluso donde parece más fuerte, la democracia es frágil. Cualquier país democrático puede caer en manos de líderes inescrupulosos. De hecho, un solo líder que no tenga interés en defender el proceso democrático puede causar, en muy poco tiempo, daños profundos.

En los Estados Unidos, donde, a cuatro años de la asunción a la presidencia de Trump, 45 por ciento de los Republicanos apoya las acciones que se realizaron contra el capitolio, según reveló una encuesta de YouGov, una firma de investigación y análisis de datos con sede en Londres[1]. Es decir que casi la mitad de las personas que se identifican con uno de los dos grandes partidos políticos tradicionales del país cree que profanar y vandalizar el congreso es aceptable.

Este sector de la población no ha llegado a esa conclusión por sí solo. Este es el segmento del público estadounidense que, desde el 3 de noviembre, ha sido bombardeado con las afirmaciones del presidente de que la elección fue robada y los resultados fueron fraudulentos. Ninguna de estas falsas afirmaciones ha sido probada y todas han sido refutadas en los tribunales, pero la fe en la palabra del líder claramente ha podido más que los hechos.

Esto refuerza la importancia del liderazgo ético, la transparencia electoral, el respeto por los hechos y la comprensión y el respeto del debido proceso en las democracias constitucionales.

El Partido Republicano, en particular, debe hacer un auto examen para entender cómo un empresario oportunista logró cooptar el partido y terminar representando a la mitad de sus votantes.

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Sin embargo, los Demócratas no están exentos de responsabilidad. Después de todo, Trump llegó al poder como respuesta a la convicción, de parte de la clase trabajadora estadounidense, de que ambos partidos dejaron de preocuparse por ellos y por su estándar de vida.

Por eso, los líderes estadounidenses deben hacerlo mejor, si no de inmediato, a partir del 20 de enero y en lo sucesivo. Es importante que los votantes que aún se sienten abandonados vuelvan a ser incorporados al sistema democrático.

Estados Unidos, hoy, es la prueba fehaciente de que, para que una democracia representativa funcione, los votantes deben sentirse representados.

*Es presidente de la Asociación Internacional de Consultores Políticos (IAPC).  

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.