Por Estrella Flores-Carretero

Cuando los niños pequeños se tapan la cara, creen que nadie los ve. Ese juego fruto de lo que llamamos “pensamiento mágico” repetido mil veces, les hace suponer que, aparecen y desaparecen por arte de magia. Algo parecido nos está pasando a los adultos: detrás de nuestras mascarillas nos sentimos aislados, inmersos en nuestro propio mundo, nadie percibe nuestra expresión y tampoco distinguimos los gestos de los demás. Quizá miramos más, pero vemos menos.

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Tenemos que esforzarnos para que esto no sea así, porque conectar con nuestros iguales sigue siendo esencial en todos los campos, y en las relaciones de trabajo muy especialmente. No podemos caminar por la calle, atravesar una puerta, entrar en una estancia sin expresar reconocimiento hacia el otro. Ahora, más que nunca, es preciso transmitir que estamos ahí, que no somos un bulto tapado, sino un ser humano que considera a quienes le rodean, que desea ser percibido y vincularse emocionalmente con la sociedad.

Mientras llevamos mascarilla o tapabocas, hay que hacer un esfuerzo extra por el acercamiento sin dejar de mantener la distancia física, y más en el lugar de trabajo, donde las interacciones son absolutamente necesarias para la actividad empresarial. ¿Cómo conectar emocionalmente?

Mirar a los demás. Hasta ahora veíamos la cara de las personas en su totalidad, pasábamos de los ojos a la boca, a la nariz… Ahora no podemos más que ver una pequeña parte de nuestros compañeros; por lo tanto, tenemos que usar la mirada para expresar reconocimiento. Establecer contacto visual no significa incomodar al otro, sino mostrar que buscamos un vínculo emocional. Sabemos que la mirada no es igual si sonreímos que si estamos coléricos y los estudios científicos revelan que miramos hacia un lado cuando buscamos recuerdos o hacia otro cuando estamos generando nuevas ideas, abajo si aceptamos algo, arriba si nos aburrimos… Es el momento de sobreactuar con lo que tenemos, con lo poco que podemos mostrar: los ojos, los párpados, las cejas.

Cuidar la voz. Tenemos que hablar más alto, porque la mascarilla hace que nuestra voz se transmita peor. No se trata de gritar, sino de modular mejor, vocalizar, jugar con diversos tonos, hacer pausas más largas y construir un discurso más lento. Sin olvidar que, aunque no se nos vea la sonrisa, sí se percibe en la voz. 

Escenificar la escucha. Mientras nuestro interlocutor habla, no basta con permanecer delante como una estatua. Conviene indicarle que estamos escuchando de manera activa mediante gestos, como asentir con la cabeza, ladearla, decir «ajá», «mmm» o algo parecido de vez en cuando, inclinar el cuerpo ligeramente hacia delante…

Mover las manos. Los políticos lo hacen muy bien: expresan sus propuestas con las manos abiertas hacia arriba porque eso transmite sensación de honradez. No es que todos ellos sean un ejemplo, pero sí es importante imitar su forma de apoyar el discurso con movimientos precisos de las manos.

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Mantener la postura. El cuerpo también habla, y ahora que nuestra expresión facial está medio oculta, es necesario comunicar con el cuerpo la actitud: estar erguidos para transmitir interés, no moverse demasiado para no indicar incomodidad o nerviosismo, evitar permanecer con los brazos cruzados, etc.

Hablar de las emociones. «No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras», escribió Juan Luis Vives. La palabra es una herramienta extraordinaria para expresar nuestros sentimientos, mostrar confianza, reconocer el esfuerzo, dar las gracias, liberar el dolor, exigir nuestros derechos, alentar a los demás, consolar, llegar a acuerdos, compartir ideas, describir lo que vemos y lo que imaginamos, desahogarnos, manifestar enfado, calmar, negociar, transmitir conocimiento, comunicar afectos, opinar, jugar con el humor…

Las mascarillas o tapabocas y la distancia física no son un problema para quienes saben expresar sus emociones con palabras. Quizás, sea el momento idóneo de entrenarnos en la expresión verbal de las emociones. Un paso más a ser más humanos.

*Es escritora, psicóloga, profesora y empresaria. Además, preside el Instituto Europeo de Inteligencias Eficientes.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.