La semana pasada hablábamos sobre la necesidad de transformar la economía centroamericana, así como de Latinoamérica en general. La economía informal, la falta de regulación, la escasez de recursos, así como las consecuencias que tienen este tipo de situaciones en los distintos países que integran dicho continente, ponen de manifiesto la necesidad de un cambio inmediato en la región. Y es que, de querer iniciar un proceso de conversión, en el que los países emergentes comiencen a parecerse a las principales economías desarrolladas en el planeta, el cambio ya debería comenzar a gestarse.

En este sentido, debemos ser conscientes de la situación que viven las economías emergentes y lo comentado en artículos anteriores. Pues, a la luz de lo que ofrecen los datos al respecto, esa necesaria convergencia que debe materializarse entre economías desarrolladas y emergentes comienza a ser cada vez más una utopía. La situación en la región es cada vez más delicada; la falta de recursos impide la adopción de reformas y la aplicación de políticas; la corrupción es un mal endémico en la región; y la situación económica, que no ayuda, en un escenario en el que los desastres naturales sacuden de forma constante a los distintos países latinoamericanos, asfixia a unas economías que ya piden “a gritos” reformas para subsanar y corregir dicha situación.

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Y es que, tal y como muestran los indicadores al respecto, la convergencia entre economías desarrolladas y emergentes se aleja cada vez más. Tal es el nivel que, desde la crisis de 2008, los crecimientos en las economías emergentes se han ido moderando. Los países emergentes, que crecían a tasas cercanas al 14%, comenzaron a crecer a un ritmo del 7%. De esta forma, la tasa de crecimiento de las economías emergentes, que se distanciaba en hasta 4,5 puntos porcentuales de la registrada por las economías desarrolladas, pasó a distanciarse en tan solo 0,38 puntos porcentuales.

Dicho esto, debemos saber que, de haber sostenido en el tiempo dicho crecimiento, la convergencia entre países emergentes y desarrollados se proyectaba para el año 2030. Sin embargo, ante un ritmo de crecimiento como el que vemos hoy, donde la diferencia es cada vez menos visible, dicha convergencia podría retrasarse en hasta 300 años; un dato que preocupa bastante, pues hablamos de un estancamiento muy severo de unas economías que no terminan de despegar. Y es por esta razón por la que debemos implementar esos cambios, pues se observa que los modelos empleados hasta la fecha no solo no han tenido efecto en las distintas economías de la región, sino que dicho efecto ha comenzado a tornarse negativo, generando debilitamientos en unos crecimientos cada vez más insuficientes.

Como vemos, lo que nos dicen los datos es que, de no aplicar esas reformas y no adoptar ese cambio, dicha situación no prevé corregirse por si sola. Es más, de no trabajar e intensificar los trabajos en este sentido, este estancamiento podría comenzar a acelerarse, generando una mayor divergencia entre estas economías y las desarrolladas. En otras palabras, mayores desequilibrios que, en el futuro, podrían dañar significativamente la economía a nivel mundial.

Esto es lo que se observa hoy en día en el contraste entre la actuación que han llevado a cabo los países europeos, por ejemplo, y la actuación que han llevado a cabo las economías emergentes. Ante la necesidad de combatir la pandemia, el FMI, en adición a los distintos gobiernos y otros organismos con objetivos similares, suscitó la necesidad de respaldar las políticas acometidas. En este sentido, unas políticas que estaban encaminadas a combatir el ciclo económico con la inyección de estímulos a través de un aumento en el gasto público. Una inyección que el FMI considera imprescindible, por lo que, incluso, ha condicionado la recuperación económica de los distintos países al respaldo que estos ofrezcan a dichas políticas.

Sin embargo, cuando medimos dicha inyección por países, lo que observamos es que, a nivel mundial, los países han inyectado, de media, el 3,7% del PIB a su economía para combatir el ciclo. En este sentido, las economías desarrolladas, de media, han inyectado el 6,7% de su PIB. Latinoamérica, por su parte, presenta una inyección media del 2,4%. Y debemos saber que hablamos de una inyección media, pues hay países en la región que, como México, no llegan al 1% del PIB. Y es que, la escasez de recursos, en unos países en los que la recaudación sobre PIB se encuentra a la cola del mundo, sigue, como vemos, lastrando estas economías.

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Pero esto es lo mismo que ocurre con los propios ciudadanos en la región, donde, con un 50% de informalidad laboral, la mitad de la población activa no cuenta, siquiera, para el Estado. Por esta misma razón, además de por la falta de recursos comentada anteriormente, no pueden darse ayudas por parte del Estado para cubrir esa pobreza sobrevenida. Pues, con una población activa que no cuenta, siquiera, para el empleador, ¿cómo podría gestionarse una ayuda, desde el gobierno, para ofrecer protección a una ciudadanía que trabaja al margen de la regulación?

Como vemos, son situaciones que sirven de ejemplo para darse cuenta de la dramática situación que viven muchos ciudadanos en el planeta, sin darse cuenta siquiera de que esta situación puede combatirse e, incluso, remediarse. Simplemente debemos ser conscientes de que esta situación, la de partida, debe ser corregida. Cuando sepamos eso, cuando hayamos concienciado a la sociedad de que la situación no es inamovible y, por ende, puede cambiarse, cuando sepamos que esta corrupción puede, algún día, desaparecer con trabajo y esfuerzo, entonces podremos comenzar a adoptar cambios en esa hegemonía cultural que, como sí ocurrió en el pasado, no caigan en saco roto.