Inmersos en una crisis de destacadas dimensiones, los países tratan de buscar respuestas para combatir una situación que, de acuerdo con las pérdidas que ya se registran, requiere de una actuación inmediata por parte de los estados. La recuperación, en un escenario en el que las vacunas ya van llegando a los distintos territorios afectados, comienza a gestarse, tal y como reflejan las previsiones que ofrecen los distintos organismos. No obstante, los riesgos hacen que el horizonte esté plagado tanto de sombras como de luces. Unos riesgos que actúan como condicionantes, pudiendo generar asimetrías en los ritmos de recuperación de los distintos países.

Entre esos riesgos que destacamos, los que más destacan, sin lugar a duda, son tres: la capacidad de la economía para aplicar una respuesta fiscal acorde con la contracción vivida, el acceso de las economías a las vacunas para inmunizar a la población, así como, en última instancia, las debilidades estructurales que, ya previamente, presentaban las distintas economías. Una serie de condicionantes que, en función de cómo se comporten los países con estos asuntos mencionados, harán de esta recuperación una recuperación más o menos tardía.

Sin embargo, para muchas economías en desarrollo, estos condicionantes, de facto, son ya un claro riesgo. El análisis muestra que este tipo de economías, por las características que presentan, acusan un mayor riesgo en estas tres variables destacadas. En este sentido, la respuesta fiscal de las economías latinoamericanas, en contraste con las desarrolladas, arroja un 3,5% del PIB en promedio, mientras las desarrolladas rozan el 7%. Por otro lado, en lo que respecta a las intervenciones médicas y el acceso a la vacuna, precisamente son estos países los que cuentan con sistemas sanitarios menos capaces. A la vez que, por último, también son estas economías las que más vulnerabilidades presentaban, con sistemas económicos que no ofrecían fortaleza institucional.

En este sentido, debemos preocuparnos por ello. Los riesgos amenazan a unas economías que, de descolgarse de la recuperación, seguirían ensanchando las desigualdades y los desequilibrios en el planeta. Esto, de la misma forma, provocaría un fuerte impacto en un desarrollo que, ya de por sí, se muestra poco inclusivo desde la crisis de 2008, cuando los ritmos de crecimiento en este tipo de economías comenzaban a estancarse, reduciendo el alto diferencial que ofrecían, previamente, los diferenciales entre los crecimientos de las economías desarrolladas y este tipo de economías.

En la pasada semana, se celebraba un foro en el que se reunían los principales mandatarios de los bancos centrales de los países de la región. En este foro, entre otras cosas, se recomendaba a los países contraer deuda con los organismos oficiales, siendo la intención de estos préstamos una mayor respuesta fiscal por parte de estas economías y, con ello, un mayor estímulo de la economía. Sin embargo, como sabemos, si el crédito para los países de Latinoamérica ya es caro de por sí, los últimos estudios del FMI muestran que debemos sumar este otro riesgo asociado a la ecuación, pues los fenómenos que deja el cambio climático, tras el estudio, provoca efectos negativos en el pago de intereses de la deuda; generando un sobrecoste para aquellos países más vulnerables ante dichos fenómenos.

El círculo vicioso que se origina por la imposibilidad de gastar, producto de unas debilidades institucionales que le impiden contar con recursos, y con ello, la imposibilidad de aplicar estímulos para incentivar la economía y combatir estos fenómenos citados, amenaza, como ocurría con los condicionantes citados en un inicio, a la recuperación económica. Un sobrecoste en la financiación, de la misma forma, produce que se tengan que destinar más recursos al pago de la deuda que, en este caso, a la respuesta fiscal que estos países deben adoptar. Este mayor pago de intereses, sumado a la escasez ya mencionada, podría ahogar a estos países, reduciendo el impacto de este tipo de respuestas.

Esto es lo que arroja el FMI en lo que respecta a la financiación por parte de las economías en desarrollo. Mientras en las economías desarrolladas no se nota tal efecto, en las desarrolladas vemos un claro vínculo entre los shocks climáticos que viven estos países y los rendimientos que ofrecen los bonos soberanos en este tipo de economías. El estudio analiza, con datos de vulnerabilidad ante el cambio climático, los rendimientos de los bonos en relación con el bono estadounidense como bono de referencia. Lo que arroja el estudio es que, en el bono de largo plazo, se observa un efecto negativo sobre la calificación crediticia, en tanto en cuanto se va incrementando esa vulnerabilidad.

Además, es el propio FMI el que concluye dicho estudio con la advertencia de que, de la misma forma que ocurre con el sobrecoste, los efectos del cambio climático también se ven reflejados en la probabilidad de que los países incumplan los compromisos de pago de la deuda. Un nuevo vínculo, muy peligroso en economías tan dependientes de la financiación externa.

Por último, debemos saber que, también, hablamos de economías que presentan una menor capacidad para sostener su deuda. Recordemos el caso de Ecuador, que con un 50% de deuda sobre PIB, tuvo que ser intervenido por el organismo para sanear sus cuentas. Una situación complicada para unas economías que no terminan de ver la luz, y que no solo tienen que sufrir todos los concionantes previamente citados, sino que a estos se le suman ese sobrecoste en la financiación y esa mayor frecuencia de este tipo de sucesos. Una situación complicada que debe ser tratada con el rigor que merece.