Las economías en desarrollo de América Latina han sido, históricamente, un atractivo para el capital extranjero. Sus estrechas relaciones con economías como la española, o la oportunidad que ofrecen estas economías emergentes a los capitales extranjeros, que no encuentran oportunidades en unos mercados financieros desarrollados muy dopados por las políticas de estímulo, son algunos de los atractivos que ofrecen este tipo de economías. Sin embargo, ese interés por los capitales extranjeros ha acabo generando una dependencia que de la que debemos estar muy pendientes.

Las economías en desarrollo, como su propio nombre indica, están luchando por ese desarrollo y esa convergencia con las economías desarrolladas de manera continuada, en alianza con organismos internacionales como el FMI o el Banco Mundial, así como con otros países como España o Estados Unidos. Esta situación los ha llevado a captar esos capitales extranjeros, haciendo uso del endeudamiento público para estimular, aún más, sus economías; de la misma forma, obteniendo, también, un mayor desarrollo. Sin embargo, los riesgos que presentan este tipo de economías, en adición a los nuevos riesgos observados y el deterioro que han vivido las economías por el COVID, podrían reducir los flujos de capital que llegan a la región.

La inestabilidad política, en primer lugar, representa uno de los grandes escollos para la llegada de esta financiación externa. Los continuos cambios en el rumbo político, llevados a cabo por los distintos gobiernos que van llegando a los países miembros, generan una situación de incertidumbre que acaba penalizando la llegada de estos capitales de los que tanto depende la región para desarrollarse. Todo ello, sumado a un nuevo escenario de hostilidad, donde ciertos gobernantes, cual ciudadano en el siglo XVI, amenazan y atacan a unos capitales extranjeros que no solo encuentran esa inestabilidad e incertidumbre, sino que, con planes como el de la electricidad en México, amenazan a unos inversores, a los cuales han llegado a tildar de neocolonialistas.

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A esto mismo que comentamos, debemos sumarle el hecho de que el riesgo que supone la informalidad económica, teniendo que pagar un peaje por acceder a hacer negocios a la región, es cada vez mayor; y más peligroso, dado que hablamos de un suceso cada vez más aceptado por el pueblo, como si de una hegemonía social se tratase. Y es que, mientras que la regulación y la informalidad económica, medida por la vía del trabajo, puede ser un atractivo para empresarios con un código ético dudoso, la informalidad económica, medida por la necesidad de pagar peajes y sobornos para poder hacer negocios, y contar con la seguridad jurídica pertinente, se convierte en un coste extra que, en un mundo competitivo, solo supone un lastre para la captación de fondos.

Así pues, habiendo tratado los dos principales escollos que presentan este tipo de economías a la hora de querer captar financiación externa, debemos tratar otros que no pasan por alto para estos inversores.

En primer lugar, destaca la incapacidad del Estado para aplicar medidas en muchos aspectos que afectan a la seguridad de estas inversiones. La crisis climática, que citábamos hace unos días, es un claro ejemplo de ello. Los países, ante el mayor riesgo de que la crisis climática afecte a las economías de la región, están viéndose obligados a pagar un sobrecoste por esta financiación. De esta forma, los rendimientos de los bonos, aunque crecen, está limitando la capacidad de estos países para inyectar estímulos en la economía. Y es que un mayor sobrecoste, en un escenario de dependencia de la IED, supone destinar una mayor cantidad de recursos al pago de la deuda, en un escenario en el que podrían dedicarse a firmar operaciones con capacidad de generar rendimientos.

En segundo lugar, y por último, debemos agregar otro efecto asociado a este último. Y es que, esa menor capacidad del Estado para hacer frente a situaciones desagradables para la región viene es una de las causas por las que se requiere un mayor endeudamiento externo. Y es que Latinoamérica, debiendo destacar el caso de México, es un continente que presenta países en los que la fortaleza del Estado es ínfima; hasta el punto de que su fortaleza institucional, como país y como defensor, en parte, de los intereses de los inversores extranjeros, los lleva a situarse a la cola de los países de la OCDE, como afirman los rankings que publica esta misma organización.

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Y a todo esto que hemos comentado, debemos sumarle el hecho de que los crecimientos en las economías emergentes, como puede observarse desde la crisis de 2008, se han debilitado notablemente. Mientras los crecimientos, de media, eran cercanos al 14% en años pasados, a partir de la crisis, estos fueron moderándose hasta situarse en un crecimiento medio cercano al 7%.

Dicho todo esto, el panorama futuro se presenta con tantas sombras, como luces ofrecían los pronósticos del FMI en su informe WEO. Por esta razón, teniendo en cuenta la dependencia, así como estos aspectos que mencionamos, y que no dejan de echar a los capitales extranjeros de la región, debemos tener en cuenta que vivimos en un mundo cada vez más competitivo, y que las alternativas son cada vez mayores. Por ello, aun limitando el poder de las empresas, debemos ofrecer lugares seguros, atractivos y estables para que estos capitales, como en años pasados, sigan fluyendo con normalidad, y mayor dinamismo, a estos países; máxime, en un escenario en el que, con el COVID, debemos recuperarnos de una de las mayores crisis de nuestra historia.

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