Por Brayan Bolaños B.

La innovación se podría describir como un proceso continuo y consciente, producto del resultado de una búsqueda constante y de una deliberada selección de opciones, o también como el resultado de una cuidadosa observación e incorporación de las mejores prácticas dentro de las actividades diarias, todo con el objetivo de desechar los antiguos patrones y procurar caminos óptimos de eficiencia.

En la región Latinoamericana que nos ocupa, la concentración de reformas basadas en la apertura comercial, nuevas estrategias y liberalización de los mercados, así como una  menor participación de los estados con su desfasado enfoque paternalista, es vital para el significativo crecimiento del comercio internacional y de cada una de nuestras economías.

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Ahora bien, enfoquémonos en la semilla que toda economía debe sembrar: La Educación. En occidente tenemos una obsesión con el pasado, fenómeno que constituye uno de los  principales problemas de los países de América Latina. Mientras otros gobiernos están preocupados por la forma de mejorar los sistemas educativos, atraer inversiones, generar patentes tecnológicas e incrementar su presencia en mercados extranjeros, los gobiernos latinoamericanos enaltecen a héroes añejos, magnifican sus logros y se dedican a emular a estos líderes, alimentando idolatrías y agendas anticuadas y sin sentido.

Lejos de ese proceder que constituye una atadura, la innovación y la venta de patentes son un punto importante en el desarrollo y crecimiento de las instituciones de educación superior. Las universidades y otras dependencias educativas muchas veces actúan como emprendedores de marcas y productos que van definiendo las tendencias del mercado. Y es aquí donde aparece el punto fundamental: las economías latinoamericanas van orientadas hacia industrias con mayores necesidades tecnológicas y claramente necesitan mas técnicos e ingenieros y menos licenciados en ciencias políticas. Más experticia y menos romanticismo.

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Recientemente la CEPAL, argumentó que la innovación en Latinoamérica y particularmente en Centroamérica, presenta dos debilidades que le imposibilitan ser un motor de desarrollo económico incluyente: la falta de encadenamientos productivos con empresas locales y el bajo contenido tecnológico de las actividades que se desarrollan.

Vale la pena tomar nota de que la importancia de la ciencia y la tecnología en la innovación de nuestra producción regional es una cuarta parte de la que existe en los países de Asia, esto según CEPAL. Asia incorpora un tercio de la innovación respecto a Estados Unidos, mientras que en el caso de América Latina la brecha se vuelve abismal: contamos con una octava parte de la estadounidense. En comparación con Asia, lo que produce América Latina y Centroamérica es más caro, menos innovador y, peor aún, ofrece menos valor agregado.

En conclusión, el crecimiento del proteccionismo entraña un posible riesgo, y si no se contiene, podría dar lugar a una desaceleración de la productividad y la difusión y fortalecimiento de la innovación. También debemos aceptar que los aportes y resultados en materia de innovación siguen estando concentrados en muy pocas de las economías globales y que persiste un desfase en la eficacia con que las distintas economías obtienen un rendimiento de su inversión en innovación. Uno de nuestros principales objetivos debiera ser lograr mejores resultados aún con recursos menores. ¡Ese es el reto!

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*Es MSc. International Management

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