En un escenario de excepcional incertidumbre, la economía de América Latina y el Caribe se enfrentan a un escenario muy complicado. De acuerdo con el Banco Mundial, estas economías sufrirán uno de los mayores impactos derivados de la pandemia que se recogen. La menor resiliencia de estos países, así como esa menor capacidad para enfrentar la pandemia por la mayor escasez de recursos, ha acabado lastrando la situación para unas economías en desarrollo que, dicho sea de paso, muestran una desaceleración bastante notable.

Pese a que las previsiones que establece el organismo han mejorado respecto a las previsiones que se hacían a final de año, debemos saber que hablamos de una contracción que, en promedio, asciende hasta el 6,7%; frente al 7,9% que proyectaba este organismo al cierre del pasado ejercicio. De la misma forma, la recuperación económica, estando previsto que estas economías recuperen su nivel de PIB previo en el año 2023, presenta un mayor dinamismo que eleva el crecimiento del presente año hasta el 4,4%, frente al 4% que proyectaba el organismo multilateral a final de año. No obstante, estamos hablando de una recuperación que, ni con esas, llegará antes de finales de 2022.

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En este sentido, hablamos de un mayor dinamismo por la presencia de la vacuna, por la respuesta que están ofreciendo los países, así como una mejor gestión de la crisis sanitaria. Sin embargo, estos elementos que despiertan el optimismo, de la misma forma son condicionantes que supeditan la recuperación que establece el FMI. Unos condicionantes entre los que se encuentra el acceso a las vacunas ya mencionado, siendo estas economías las que presentan una menor fortaleza para combatir el virus; las políticas de estímulo, las cuales muestran una respuesta fiscal del 3% de media, frente al 7% de media en las economías desarrolladas; así como las propias debilidades estructurales que presentaban las economías previamente a la pandemia, que en el caso de las economías de América Latina, como sabemos, son muchas. 

Pero a esto debemos añadir un matiz. Y es que en todo momento hemos estado hablando de la economía de América Latina y el Caribe, pero no nos hemos centrado en ninguna en particular. Cuando se observan estas economías por separado, otro de los grandes riesgos que se despierta es el de la recuperación asimétrica que prevé experimentar la región cuando atendemos a las previsiones. En este sentido, hablamos de una desigualdad que, de la misma forma que permitirá una mayor recuperación en determinadas economías, también provocará que otras, menos afortunadas por la gestión acometida en cada uno de los frentes que condicionan la recuperación, presenten una recuperación menos dinámica.

Y es que, mientras tenemos economías que prevén recuperarse este mismo año, como es el caso de Paraguay, otras prevén hacerlo en 2022, como es el caso de países como Brasil, Chile, Colombia, entre otros. Y ni que decir de economías como México, la cual prevé recuperarse en el año 2023. Y es que, entre esos condicionantes citados, debemos saber que economías como México, que prevén recuperarse más tarde que el resto, han presentado una respuesta fiscal que alcanza, y con suerte, el 1% de su PIB; mientras, como decíamos, las economías desarrolladas presentan una respuesta del 7% de media, así como las emergentes, las homólogas del país azteca, del 3% de media.

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Como vemos, pese a que en los primeros compases del artículo, en los que se resalta la mejora, hablamos de unas perspectivas más optimistas, lo cierto es que la economía de América Latina y el Caribe presenta una situación muy complicada. La enorme contracción que han registrado numerosos países de la región, en un escenario en el que los recursos, la debilidad de las instituciones y los sistemas sanitarios, y la vulnerabilidad que presentan estas economías no ayuda para nada, deja un escenario insólito para la Región. Un escenario que pone en peligro el desarrollo que tanto persiguen estas economías.

En este sentido, y como hemos mencionado en otros artículos, la tasa de crecimiento promedio de los países emergentes antes de la crisis de 2008 era cercana al 14%. Desde dicha crisis, estas economías han pasado a crecer a ritmos cercanos al 7% de media. Esta desaceleración, en una situación como la actual, y donde los desequilibrios se ensanchan en tanto en cuanto se extiende la presencia del COVID en estas economías, está provocando que esa convergencia que tanto precisan estas economías para ser una economía desarrollada siga alargando sus plazos.

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Por tanto, los datos nos deben motivar para mejorar la gestión, buscar vías alternativas para financiar los estímulos, a la vez que vamos pensando en las numerosas reformas que estas economías necesitan. Pero ellos, no son una muestra de una situación ventajosa de la región. Los riesgos están muy presentes y los condicionantes son los que son. Cualquier autocomplacencia que se permita algún Gobierno de los países citados, de la misma forma, estará condenando a esta economía a un mayor deterioro, así como una recuperación más tardía de lo previsto.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.