Ante una crisis de dimensiones tan destacadas como la actual, las distintas economías en el planeta se han tenido que enfrentar al mayor desafío económico en años de historia. Con la presencia de un virus que impedía toda actividad económica a su paso, estas economías se vieron en la obligación de paralizar en seco la actividad económica, provocando contracciones que, según el informe de Perspectivas Económicas Globales del FMI, ascienden hasta situarse en el -7,4%; siendo esta la contracción media de los países de la región.

En este sentido y ante semejante contracción, el propio FMI impulsó la necesidad de combatir el ciclo económico con estímulos que, como ocurría en Estados Unidos o en otras economías del planeta, tratasen de amortiguar dicha caída. Sin embargo, los escasos recursos con los que cuentan este tipo de economías, las emergentes, así como las debilidades estructurales que, en cierta forma, las sitúan a la cola en materia de capacidad para ofrecer una respuesta fiscal acorde al escenario presente, han acabado por lastrar esta capacidad de respuesta; condenando a estas economías a una recuperación, a priori, más tardía.

En este sentido, los condicionantes que supeditan la recuperación económica de acuerdo con el organismo multilateral con sede en Washington son varios. Ahora bien, entre estos, el FMI sí destacaba la capacidad con la que cuentan los países para ofrecer apoyo a su economía, con estímulos que traten de amortiguar el impacto de semejante contracción. Sin embargo, cuando atendemos a la respuesta fiscal que han ofrecido las economías desarrolladas, esta asciende hasta un promedio cercano del 7,5% del PIB. Si este promedio lo calculamos para las economías de Latinoamérica y el Caribe, el dato no supera el 3,5% de su respectivo PIB; y es que, en economías como México, si lo calculamos país por país, esta respuesta no llega al 1% del PIB, siquiera.

Por esta razón y pese a la mejora en las perspectivas, a diferencia de otras economías como Estados Unidos, las economías latinoamericanas emergentes prevén una recuperación, como decíamos, más tardía de lo esperado. Esa menor respuesta, debido a ese menor fondo de maniobra para apoyar las políticas de estímulo recomendadas por los principales organismos, está provocando que los analistas, hasta la fecha, sigan previendo riesgos en el horizonte que podrían dificultar el camino de la recuperación a estas economías. Y es que, entre esas vulnerabilidades que condicionan la reanudación de la normalidad, esta incapacidad institucional para ofrecer apoyo, de forma unilateral y sin necesidad de asumir riesgos derivados de la deuda, es una debilidad determinante.

No obstante, al margen de lo sucedido, en crisis como la actual cobra importancia un flujo constante de capital que, año tras año, rebasa la frontera estadounidense e impulsa las rentas de las familias en las distintas economías de la región. Y es que, con estos flujos que menciono me estoy refiriendo a las remesas que, de manera continuada, llegan la región desde los Estados Unidos. Unas remesas que, ante la caída que ha vivido el PIB en las distintas economías que integran el territorio sur y centroamericano, han llegado a máximos, con una representación superior en el PIB que en años pasados.

Y es que hay que resaltar la importancia de estas remesas. Y ya no por lo que suponen para la propia economía, sino porque las remesas, a lo largo de esta crisis, han representado una inyección de capital a la economía que ha reforzado la respuesta fiscal de los distintos gobiernos. Por otro lado, estas mismas remesas, de la misma forma, han contribuido ampliamente a mantener los niveles de renta de las familias en el país, permitiendo a muchas de ellas consumir en un escenario en el que la incapacidad de operar, en un escenario de elevada informalidad económica, les dejaba sin ingresos. Y todo ello, sumado a que estas mismas remesas, en numerosas ocasiones, han sido el único escudo social para muchos habitantes, que no contaban, por esa informalidad entre otros factores, con un subsidio mínimo para vivir.

Así pues, hablamos de unas remesas que, en cierta forma, amortiguan el golpe que han vivido estas economías el pasado ejercicio. Y hablamos de unas remesas que, en economías como la de México, han pasado a representar cerca del 4% del PIB, mientras en años pasados no llegaban al 3%. Pero es que estos datos, si atendemos al volumen que presentan otros países de la región, se repiten en el resto de economías. En este sentido, Honduras, el Salvador, República Dominicana, entre otras economías, recibieron un mayor flujo de remesas; incrementándose su volumen respecto a tiempos pasados.

Así pues, en este artículo trata de resaltarse la importancia que tienen las remesas para las distintas economías de la región, qué tan necesarias son como un complemento a la respuesta fiscal que han ofrecido este tipo de economías; cómo benefician a las familias de la región, siendo en ocasiones su único sustento; a la vez que, en última instancia, estas remesas se han comportado como un escudo social para muchas familias en los distintos países. Y es que, de la misma forma que hablamos continuamente de vulnerabilidades y debilidades, las remesas se han convertido en una de las principales fortalezas de las economías emergentes.

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