Por Diego Echegoyen

Un problema recurrente en las administraciones es la falta de conexión entre las agendas públicas y las expectativas de los ciudadanos. Los mayores ven con recelo lo que consideran una excesiva impronta de parte de los más jóvenes, y estos, en cambio, ven en las generaciones que les preceden una incomprensión perenne a sus necesidades, a sus sueños y a sus apuestas.

En este escenario, y con un mundo que demanda cada vez más capacidades de adaptación al cambio y una innovación constante, son los jóvenes el motor y deben ser los actores de cambio. La juventud permeable, en cuanto a ideas preconcebidas, debe aprender a visualizar el futuro y anticiparse a los fenómenos con más rapidez. He allí la necesidad de su involucramiento cada vez más pronto.

Los jóvenes deben aprender a gestionar los cambios y a ser agentes del desarrollo en sus distintas dimensiones, con una capacidad de resiliencia que los mayores han debido generar ante los retos que ha implicado el presente siglo. Allí hay un enorme campo de integración en el que la interacción intergeneracional es clave: las prioridades pueden cambiar, pero capitalizar el conocimiento y la información deben ser permanentes.

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La juventud, como todos sabemos, es actor de transformación, pero para ello deben ser sujetos activos, participantes con su energía y con sus inquietudes. De nuevo, cuentan con la ventaja de que hay rutas trazadas, metodologías probadas y un cúmulo de conocimientos, experiencias, políticas e instituciones a su disposición.

El Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE) de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) señala que la región en su conjunto se encuentra en una etapa relativamente acelerada del envejecimiento de la población, y que para 2040 la población de personas de 60 años y más superará a la de menores de 15 años.

Pero por el momento, la región goza de un bono demográfico, es decir, un periodo en el que la población en edad de trabajar supera la dependiente –niños y adultos mayores– lo que crea una oportunidad para el desarrollo.

En América Latina, con unos 634 millones de habitantes, hay 109 millones de jóvenes entre los 15 y los 24 años. En este punto, la formación se vuelve un activo valiosísimo, de modo que puedan echar mano de las oportunidades bajo el círculo virtuoso de la educación: aprendizaje, crecimiento, empleo o autoempleo, inserción en la economía formal, y por último, convertirles en motores del desarrollo.

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Esto requiere un concurso, del mismo modo, intergeneracional, intersectorial y horizontal: es responsabilidad de todos lograr que el potencial de los jóvenes encuentre el terreno que necesita para producir sus frutos. En América Latina se han realizado diversos estudios sobre la necesidad de democratizar la formación para ir superando problemas estructurales como la pobreza, la desnutrición y las desigualdades por género.

El enfoque de desarrollo inclusivo y equitativo debe partir, entonces, de mejorar el acceso a la educación y a la formación, algo que en nuestros países es una gran deuda. Se debe cerrar, así mismo, la brecha entre la calidad de la educación pagada y la gratuita, como un primer gran paso para ampliar el abanico de oportunidades y el acceso para todos.

Por ahora, aspectos como el acceso al primer empleo, la atención a grupos vulnerables y oportunidades de formación profesional podrán marcar la diferencia en la etapa de recuperación que el mundo atraviesa.

La educación de las niñas, que en muchos países y regiones se sigue relegando o considerando innecesaria, tiene un impacto particularmente eficaz en el desarrollo. Como bien lo ha repetido Naciones Unidas, sobre todo a través de ONU Mujeres, cuando las niñas estudian, las jóvenes se forman y las mujeres trabajan las economías crecen.  El enfoque requiere igualdad de oportunidades, más allá del género.

El rol de los Estados en abrir paso y mejorar las competencias de sus juventudes es básico. Desde los gobiernos, la articulación de políticas públicas es el punto de partida. Los esfuerzos en bloque, como regiones, permiten contar con visiones más amplias y programas con mayor alcance e impacto, dado que nuestros países tienen problemas y necesidades similares, y recursos diferentes para poder atenderlos.

Poner los esfuerzos públicos en función de las personas será la clave para construir una sociedad corresponsable y activa en la voluntad y en la acción, en la que los ciudadanos se vuelvan protagonistas de la adaptación a un cambio que nos llegó más rápido de lo que estábamos acostumbrados.

Los jóvenes piensan, sueñan, tienen iniciativas y prioridades bien definidas. Corresponde a quienes actualmente llevan a cuestas el funcionamiento de las sociedades el aportarles la las herramientas que requieren para poder incidir, desde ya, en el cambio positivo. No veamos a los jóvenes como el mañana, permitámosles ser actores de nuestro presente. Ayudémosles a articular sus ideas, apoyemos sus emprendimientos, orientémoslos en una visión solidaria e inclusiva de la sociedad.

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Los jóvenes, como protagonistas del presente, deben ser promotores de un cambio sustancial, debemos aprovechar el bono demográfico de la región, para que ese papel sea consecuente con las expectativas que se depositan sobre ellos.

El momento es hoy. La tendencia nos muestra que en 50 años tendremos poblaciones más avejentadas que requerirán enfoques distintos, pero, por el momento, Latinoamérica es joven. De todos depende que estos cuenten con mayores oportunidades, con mejores condiciones y con el impulso que se requiere para que sentemos las bases de países más prósperos y justos.

El escenario actual es retador, tenemos a la vista la superación de la crisis y la recuperación posterior a esta, pero debemos trabajar en ello sin perder la visión más amplia: el desarrollo a mediano y largo plazo, del que los jóvenes, más que nadie, serán y deben ser desde ya, los constructores.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.