Jim Rohn, empresario estadounidense, dice que “la indecisión es el ladrón de la oportunidad”. Y nunca mejor dicho si esta frase la extrapolamos al mundo de la economía y la política, y relacionamos la indecisión con la inacción del Gobierno ante los grandes problemas que vive la economía de Centroamérica, y que, como cada año, expulsa a miles de ciudadanos centroamericanos en busca de oportunidades y, en última instancia, una vida digna.

Las desgracias se suceden de forma constante. Los desastres naturales, y la falta de capacidad para aplicar respuestas, están haciendo de estos países territorios hostiles e inseguros. La corrupción y la delincuencia, aun habiéndose reducido, salpica a muchos territorios que, como México, El Salvador, Nicaragua, entre otros, no cuentan, al igual que ocurre con la respuesta a la crisis climática, con recursos para combatir esta situación. Una debilidad institucional que incapacita el control por parte del Gobierno, y que queda reflejada en una informalidad económica que cuesta horrores combatir.

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Como sabemos, estos son algunos de los principales problemas que impiden el desarrollo de este tipo de economías emergentes. Robinson y Acemoglu, en su obra “Por qué fracasan los países”, hablan sobre el papel determinante que tienen las instituciones en esta tarea de generar desarrollo y, por ende, progreso. Y esto es precisamente en lo que pecan este tipo de economías, pues hablamos de una incapacidad real del Estado que acaba generando escenarios como las que vemos en países como Honduras y Guatemala, con una informalidad económica superior al 70%, o la escasa respuesta fiscal de este tipo de economías frente al COVID respecto a otras, por no contar el Estado con recursos financieros para financiarla.

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Esta situación que viven las economías emergentes de Centroamérica, e incluyendo también a muchas de Latinoamérica en la lista, está provocando que las oportunidades que puede ofrecer la región con sus fortalezas cada día sean menos. La financiación, por esa mayor frecuencia de sucesos derivados de la crisis climática, cada día es más cara y acentúa la vulnerabilidad de este tipo de economías. Por otro lado, los capitales extranjeros fluyen con menor dinamismo hacia la región por la inseguridad jurídica que ofrece la corrupción y la delincuencia. Y esa incapacidad del Estado para garantizar el control y la fortaleza de las instituciones, acaba generando una precariedad laboral en los países de la región que desanima a cualquier ciudadano que trate de aportar valor añadido tras su etapa universitaria.

Así pues, hablamos de un problema de gran calado. El desarrollo de una sociedad se mide, entre otras cosas, por los recursos humanos con los que cuentan esos países que integran la región de Centroamérica. Sin embargo, sin oportunidades que ofrecer a estos ciudadanos, estos acaban huyendo en busca de un sueño americano que, desgraciadamente para muchos, les acaba costando, incluso, la vida. Y es que los datos nos muestran que cada día son más los ciudadanos que abandonan el país, tratando de buscar una vida digna en países que, por otro lado, no son precisamente el ejemplo a seguir por estas economías, pero sí una alternativa a una situación que ya es más que insostenible para esta ciudadanía.

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Debemos ser conscientes que el desarrollo de estas economías cada vez es menor. Su falta de industria, la incapacidad de estimular la economía notablemente con el sector servicios, así como las debilidades estructurales y los sucesos que han marcado la economía en los últimos 20 años han provocado que el ritmo de crecimiento de estas economías emergentes se reduzca considerablemente. En este sentido, hablamos de unas economías que han pasado de crecer a ritmos cercanos al 14%, a crecer a ritmos cercanos al 7% de media, tras una crisis de 2008 que hizo mucho daño a las economías. Este debilitamiento en los crecimientos sigue rezagando una convergencia que impide ver la luz al final del túnel a la población.

En resumen, estamos ante un ensanchamiento de los desequilibrios que pone en peligro el desarrollo inclusivo de la economía. Una situación que debe combatirse con cooperación internacional, pero con una fuerte apuesta por parte de los organismos multilaterales por garantizar la transparencia de estos países de Centroamérica, así como esta participación de los organismos en la toma de decisiones para, con ello, permitir la adopción de comportamientos más propios de las economías que tratamos de replicar, y no de economías fallidas que, como ocurre con muchos territorios en África y como las definía Acemoglu y Robinson en su reconocida obra, acaban generando instituciones extractivas que impiden el desarrollo.

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Estamos ante un claro punto de inflexión, pues la cooperación internacional, con el COVID, se ha reforzado como nunca lo había hecho. La salida de Donald Trump de la casa blanca y la victoria de Biden también son un motivo para confiar. Pero la misma razón que nos permite ser optimistas, también es la mayor amenaza para unos desequilibrios que, cuando pase la tormenta, podrían ensancharse notablemente. Y es que la inacción y la indecisión que mencionábamos al inicio de los gobiernos de Centroamérica, más que nunca, serán el ladrón de las oportunidades.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.