Por Juan Carlos Echeverri,

La energía es esencial para la humanidad y para su desarrollo económico y social. A lo largo de la historia se han impulsado revoluciones energéticas donde predominaban ciertos tipos de fuentes de energía por mucho tiempo y luego poco a poco se han ido sustituyendo por nuevas fuentes energéticas (lo que se ha denominado transición energética) reemplazando las tradicionales por otras más modernas, como resultado de los avances tecnológicos en este campo.

Este fenómeno ha estado impulsado en gran medida, por la reducción de costos en estas tecnologías y una mayor consciencia sobre su positivo impacto en el medio ambiente. Por lo anterior, muchos países han iniciado a diversificar su matriz energética buscando no solo reducir la posibilidad de afectación en el suministro de energía ante la falta de alguna de sus fuentes tradicionales, sino también generar una mayor porción de su electricidad con fuentes renovables.

Teniendo presente esto y debido a los efectos cada vez más perceptibles en todo el mundo derivados del cambio climático generados en gran parte por la quema de combustibles fósiles y la consecuente emisión de CO2 (GEI – gas de efecto invernadero) que contribuyen al calentamiento global, y considerando el objetivo del “Acuerdo de Paris” de limitar el aumento de temperatura promedio mundial entre 1.5°C y 2.0°C, se requiere un verdadero compromiso conjunto para llegar a cero emisiones netas de carbón entre 2050 y 2070.

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Según el informe “Renewables in Cities 2021 Global Status Report” o REN21, al cierre de 2020 en la región se tenían cerca de 212 ciudades con objetivos de emisiones netas cero. En este sentido el uso de combustibles fósiles viene disminuyendo y se ha observado un crecimiento muy importante en la participación de fuentes renovables en las matrices energéticas tal como sucede en algunos países de la región, como Guatemala, Costa Rica, Panamá, Colombia, entre otros, que cuentan con matrices cada vez más diversificadas y con predominancia de fuentes renovables.

De hecho, Centroamérica en conjunto tiene más de un 73% de su producción de energía proveniente de fuentes renovables, según el Sistema de la Integración Centroamericana – SICA, que seguramente será impulsado aún más por el reciente acuerdo firmado entre esta entidad y la Agencia Internacional de Energía (IEA por sus siglas en inglés) que busca promover la transición energética. Otro indicador que refleja este crecimiento es el nivel de inversiones, donde según el informe REN21 Brasil acumula inversiones de US$6.500 millones, Chile US$ 4.900 millones, México US$ 4.300 millones.

Complementariamente a la inclusión de energías renovables en las matrices energéticas, hay algunos países que han iniciado planes de desmonte de plantas térmicas a partir de combustibles fósiles, para reemplazar esa capacidad por fuentes renovables no convencionales (solar y eólica principalmente), promoviendo a su vez la electrificación de la industria, entre otras potentes iniciativas de descarbonización, como el caso de Chile donde se prevén inversiones relevantes en los próximos años en este sentido y se busca descarbonizar su matriz para el 2040 aproximadamente. Para ver más sobre este tema recomiendo la publicación de BID “Rutas profundas de descarbonización en Latinoamérica: Desafíos y Oportunidades”.

No obstante, las enormes y visibles ventajas de estos proyectos de energías renovables, han destacado la importancia de varios aspectos conexos, entre ellos, la necesidad de un sistema eléctrico (subestaciones y líneas) que lleve esa energía desde los cada vez más distribuidos puntos de generación hasta los centros de consumo, la necesidad de ir incorporando esquemas dinámicos de almacenamiento de energía para que se cubran periodos donde el recurso no permite generar energía, así como ajustes en los criterios de operación para gestionar adecuadamente las intermitencias de estas fuentes.

En el primer aspecto, el suministro de energía solo es posible si funciona todo un sistema energético, por lo que los gobiernos, usualmente en cabeza de sus ministerios de energía y sus dependencias, establecen políticas y planes para garantizar que se atienda el crecimiento de demanda de energía en el mediano y largo plazo, con calidad y a costos eficientes. En el segundo punto, es cada vez más común conocer de proyectos orientados al almacenamiento de energía como mecanismo complementario a la inclusión de estas fuentes.

Ejemplo destacado en la región se observa en Colombia, donde ya se avanza en una subasta pionera en Latinoamérica para este tipo de tecnologías, según la Unidad de Planeación Minero Energética – UPME. La inclusión de este tipo de tecnologías seguramente conllevará a adaptaciones en los marcos regulatorios y cambios operativos en los países donde se implementen.

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Sin lugar a duda el futuro cercano estará altamente soportado en la generación por medio de energías renovables, que buscan una generación de energía más limpia y a costos cada vez más eficientes. Del mismo modo debemos ser conscientes que se trata del surgimiento de lo que podríamos llamar un nuevo sistema eléctrico, cada vez más limpio, con más y nuevas tecnologías, más distribuido, inteligente y dinámico.

*Es gerente General en Transportista Eléctrica Centroamericana S.A.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.