Reuters.- Una camioneta roja se detiene junto a un campamento con decenas de carpas para migrantes en la ciudad mexicana Tijuana, fronteriza con Estados Unidos, con la parte trasera llena de panes y ropa. Hombres, mujeres y niños corren a su encuentro.

“¡Una línea! ¡Formen una línea!”, alguien grita. Una mujer con falda larga sube a la caja de la camioneta y comienza a predicar con un micrófono: “¡Ustedes esperan cruzar a los Estados Unidos!”, dijo. “¡Ustedes esperan ser bendecidos! ¡Bueno, pues agárrense de la mano de Dios!”.

Los migrantes la escuchan levantan las manos en señal de oración en el campamento, donde la comida puede escasear. La fila de personas crece sobre la acera donde se han instalado las tiendas de campaña y algunos baños portátiles sucios y generalmente malolientes.

Justo frente al popular cruce peatonal “El Chaparral”, entre México y Estados Unidos, un campamento de refugiados ha crecido en los últimos meses con personas desesperadas por solicitar asilo en una frontera cerrada.

El campamento, que desde febrero a aumentado a unos 2,000 migrantes, según activistas, surgió en parte como una consecuencia involuntaria del enfoque mixto del presidente Joe Biden para revertir las duras políticas migratorias de su antecesor, Donald Trump.

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El lugar se vuelve cada vez más peligroso, dijeron a Reuters migrantes y activistas, con condiciones insalubres, uso de drogas y pandillas en el área. Organizaciones gubernamentales están en gran parte ausentes y la presencia humanitaria es solo intermitente.

Rumores alimentan la esperanza entre los migrantes de que pronto podrán ingresar a Estados Unidos, por lo que la gente sigue llegando.

Reuters pasó cuatro días hablando con más de dos docenas de migrantes en el campamento, que no es más que carpas y lonas que se extienden en diferentes direcciones de una superficie de concreto, bajo un puente vehicular.

Cientos de niños, unos 600 de acuerdo a recientes datos oficiales, incluidos bebés, viven en el campamento. La mayoría de los migrantes son mexicanos y centroamericanos, muchos de ellos huyen de la violencia y la pobreza de sus países.

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Son frecuentes las conversaciones sobre los intentos de secuestro, por lo que muchos migrantes prefieren no salir de sus tiendas de campaña por su seguridad y la de sus hijos. La única vigilancia policial que hay son dos patrullas de la policía municipal de Tijuana estacionadas en torno al campamento.

Migrantes dicen que eso no es suficiente para sentirse seguros.

“No duermo en la noche”, dijo Rosy, una migrante del estado Guerrero, en el sur de México, aterrorizada de que sus tres hijos pequeños, uno de ellos bebé de cinco meses, sean secuestrados.

El campamento no tiene agua corriente sino una tubería desviada que se usa para cocinar y bañarse. Activistas dicen que los inodoros portátiles se limpian con poca frecuencia. No existe una estructura de gobierno dentro del campamento, que depende de donaciones de iglesias, organizaciones civiles y personas para su sustento básico.

POLÍTICAS MIXTAS

En febrero, el gobierno de Biden anunció que comenzaría a eliminar el programa de Protocolos de Protección al Migrante (MPP por su siglas en inglés) de Trump, que obligó a miles de migrantes, incluso no mexicanos, a esperar en este país una respuesta a sus solicitudes de asilo en Estados Unidos.

A las personas con casos activos de MPP se les permitiría entrar en Estados Unidos.

En marzo, un campamento de refugiados en Matamoros -fronterizo con Texas- donde había muchos MPP esperado turno para ser procesados fue cerrado, pero pronto surgió otro a unos 90 kilómetros de ahí con migrantes deportados a México bajo la ley de salud, Título 42, también de Trump.

Más de 400 personas se han instalado en un nuevo “refugio” improvisado en Reynosa, una de las ciudades más violentas del país donde migrantes son asaltados, secuestrados y víctimas de otros delitos, dijo recientemente la organización Médicos Sin Fronteras.

Activistas dijeron a Reuters que el anuncio influyó directamente en el inicio del nuevo campamento en Tijuana, frente a San Diego y a unos 4,000 kilómetros de distancia de Matamoros.

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Los migrantes comenzaron a acampar el 18 de febrero, la noche antes de que comenzara el procesamiento de los migrantes del MPP, en medio de la confusión sobre quiénes serían admitidos exactamente en el país.

La frontera de Estados Unidos sigue cerrada a la gran mayoría de los solicitantes de asilo en virtud de una orden sanitaria de la era Trump que Biden no ha revocado.

Pero la confusión persiste. Muchos migrantes con los que habló Reuters dijeron que habían creído que pronto podrían solicitar asilo en Estados Unidos una vez que llegaran al campamento, basándose en rumores y noticias de que la situación en la frontera había cambiado bajo Biden, quien asumió el cargo en enero.

El mandatario estadounidense ha tratado de equilibrar una política de inmigración más humana con el deseo de no fomentar un mayor flujo desde México y Centroamérica, cuando lidia con crecientes críticas de republicanos y demócratas, ante el incremento de personas que cruzan ilegalmente la frontera sur.

La Casa Blanca dijo en un comunicado que llevaría tiempo reconstruir el sistema de inmigración en el país que dejó el gobierno Trump. Sin embargo, no respondió preguntas de Reuters sobre el fin del MPP, remitiendo la consultas adicionales al Departamento de Seguridad Nacional (DHS).

“La administración de Biden ha dejado en claro que nuestras fronteras no están abiertas; la gente no debe hacer el peligroso viaje y las personas y familias están sujetas a restricciones fronterizas, incluida la expulsión”, dijo un portavoz del DHS en un comunicado separado.

“La presencia física en un puerto de entrada o campamento no da acceso al sistema escalonado de entrada a Estados Unidos”, agregó.

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La cancillería mexicana dijo en un comunicado que representantes del gobierno habían tratado de alentar a los migrantes a ir a refugios.

El director de asuntos migratorios de Tijuana, José Luis Pérez Canchola, dijo que los funcionarios estaban tratando de encontrar un espacio seguro para los migrantes, pero que aún no había un plan concreto y admitió que el lugar es peligroso, justo después de que esta semana una mujer hondureña fue asaltada y golpeada.

Migrantes dijeron que temían que si se alejaban del campamento podrían perder su lugar en una fila que realmente no existe o que las condiciones en los refugios serían peores que en el campamento. Algunos tenían miedo de dejar sus tiendas de campaña por seguridad.

Algunos admitieron que ya habían vivido en otros lugares de Tijuana meses atrás, mientras que otros dijeron que habían llegado recientemente o que habían cruzado por Texas pero fueron expulsados por Tijuana y fue así como llegaron al campamento porque no sabían a dónde más ir.

CRECIENTE PELIGRO PARA MIGRANTES

Nuevas familias llegan cada día al campamento de Tijuana, en lo que activistas y habitantes del campamento dicen es una situación cada vez más peligrosa, con reportes de miembros de pandillas caminando por el lugar, vendiendo drogas o buscando integrantes de grupos delictivos rivales.

Aunque el campamento en Matamoros, en el norteño estado Tamaulipas, fue ampliamente visto como resultado de las políticas de línea dura de Trump, algunos activistas creen que, en muchos sentidos, la situación en Tijuana es aun peor.

Si bien era peligroso y sórdido, finalmente hubo una fuerte presencia de organizaciones civiles y fue demarcado por barreras. Los migrantes allí también estaban en camino de una posible entrada a Estados Unidos.

“Los migrantes en el campamento de Tijuana definitivamente están peor”, dijo Érika Pinheiro, directora legal y de políticas de “Al Otro Lado”, una organización sin fines de lucro que inicialmente fue al campamento pero que se retiró, en parte, por falta de asistencia presencial, voluntarios y seguridad.

“Hay menos infraestructura, más preocupaciones de inseguridad y los migrantes no están vinculados a ningún proceso de asilo que funcione”, dijo. La organización está sirviendo a los migrantes, incluidos algunos del campamento, a través de un proceso de selección remota.

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Dulce García, directora ejecutiva de la organización Border Angels, que ha trabajado en el campamento, dijo que por las noches reciben mensajes de migrantes aterrorizados que les informan de golpizas e intentos de secuestro. García ya no va sola al campamento porque teme por su seguridad y espera que la organización pueda atraer a más voluntarios, dijo.

“Te quedas callada, pero vives con miedo”, dijo Ana, una guatemalteca de 21 años que está desesperada por ingresar a Estados Unidos para reunirse con su padre. “Uno solo se queda callado, pero vive con el miedo (…). Yo que ya estuve secuestrada y ya me pasaron cosas malas, sigo con el miedo”, contó.

En los últimos días, migrantes han realizado diversas marchas de protesta hacia el puerto de entrada de San Ysidro, con pancartas donde se leen mensajes como: “Biden solución”, “Queremos ser escuchados” y “Necesitamos asilo político”. Se ha rumorado en el campamento sobre una posible huelga de hambre como una forma de llamar la atención.

“Nosotros lo único que queremos es una respuesta del presiente”, dijo Claudia Meléndez, una hondureña solicitante de asilo que llegó al campamento hace un mes. “No nos han dicho nada”, se lamentó.