Por Liliana Arroyo

Las colas del hambre se han convertido en imagen icónica de los efectos de la pandemia. Los bancos de alimentos de todo el mundo están atendiendo a más familias que nunca. En las primeras semanas de confinamiento la demanda creció más del 50% (duplicándose un año después en algunos casos), según la Global Foodbanking Network.

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La paradoja alimentaria nos indica que, mientras hay más de 800 millones de personas pasando hambre en todo el planeta, el 17% de la comida se produce en vano y acaba desperdiciándose. Al mismo tiempo, las matemáticas nos dicen que, si se pudiera evitar el 25% del despilfarro, habría comida suficiente para erradicar el hambre mundial. Además del impacto social y humano, están los costes ambientales: el desperdicio alimentario supone entre el 8 y el 10% de las emisiones globales. Si fuera un país, en 2011 se hubiera situado como el 3º más contaminante en cuanto a emisiones, por detrás de China y Estados Unidos.

La paradoja alimentaria, pues, reúne dos retos globales como son el hambre y las emisiones. A menudo se ha tratado como un fallo del mercado y, bajo este prisma, han surgido diversas iniciativas en el ámbito digital:

  1. Digitalizar los bancos de alimentos para incrementar su eficiencia: el modelo de los bancos de alimentos, nacido Arizona en 1967, funciona como una cadena de solidaridad que conecta el excedente de comida de las grandes cadenas con entidades sociales que atienden a personas vulnerables y colectivos en riesgo. Los bancos de alimentos actúan como intermediarios que reciben, clasifican y almacenan las donaciones hasta que pueden ser distribuidas a las organizaciones. La digitalización de los bancos de alimentos permite incrementar su eficiencia, mejorar la gestión y trazabilidad de las donaciones, así como agilizar las conexiones entre donantes y receptores. En la Global Foodbanking Network cuentan con varios ejemplos en Estados Unidos, Reino Unido y Sudáfrica. Un ejemplo reciente es la appMisión entrega” del conurbano bonaerense (Argentina), que les ha permitido ampliar la gama de productos frescos y mejorar la calidad nutricional de las comidas. Es una de las tendencias que veremos en los próximos años, donde los bancos de alimentos dejan de ser intermediarios con infraestructura física, a ofrecer infraestructura digital, basada en la lógica conectora de las plataformas para conectar donantes, voluntarios y organizaciones sociales, sin pasar por el almacén.
  • Apps contra el despilfarro alimentario: A medida que aumenta la consciencia ecológica van apareciendo más aplicaciones que facilitan la salida del excedente alimentario. Por un lado, encontramos las que se crean por y para finalidades benéficas, que replican el modelo digital de los bancos de alimentos, como sería el caso de FoodCloud, nacida en Irlanda. Por otro lado, están proliferando las start-ups que conectan establecimientos (panaderías, fruterías, restaurantes) con consumidores finales, que pueden comprar los sobrantes a precios reducidos. Una de las más conocidas es la danesa Too Good To Go. Las aplicaciones suelen ofrecer estadísticas que permiten a los establecimientos controlar el stock y hacer previsiones afinadas. Hay un amplio debate acerca de los efectos a largo plazo de este tipo de apps que pueden normalizar el despilfarro bajo la retórica ambientalista, en la medida que ofrecen nuevos canales de venta y comunicación con clientes.
  • Plataformas de economía local: Las plataformas sociales también están alentando respuestas ciudadanas, tanto para gestionar el desperdicio entre el vecindario (como es el caso de OLIO, fundada en Reino Unido), como para promover la soberanía alimentaria en circuitos ajenos a la industria agroalimentaria tradicional.Emergen de la preocupación sistémica de generar modelos más justos y resilientes a nivel social, ambiental y económico. Buen ejemplo son las cooperativas agroecológicas, que ponen en relación a productores, consumidores y territorios. Enmarcadas en la economía social y solidaria, hallan en estas herramientas digitales espacios de gestión, visibilidad y construcción de comunidad.

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Mientras las dos primeras opciones ofrecen soluciones parciales y concretas, en línea con el incremento de eficiencia dentro de los parámetros de la industria alimentaria actual, la tercera va más allá de la paradoja alimentaria. Si en la raíz del hambre subyace un modelo agroalimentario vulnerable, la pregunta es hacia dónde queremos ir. Después podremos responder cómo las herramientas digitales nos ayudan en ello.

*La autora es doctora en Sociología e investigadora del Instituto de Innovación Social de Esade.

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