DW.- En Estados Unidos, la campaña de vacunación contra el nuevo coronavirus avanza a pasos agigantados. Casi la mitad de la población estadounidense ya ha recibido la primera dosis de la vacuna y el 38 por ciento ya está totalmente vacunado.

Mientras que a principios de año todavía había dificultades para disponer de suficientes vacunas en todas partes, el panorama en los centros de vacunación del país ha cambiado radicalmente. En muchos lugares, la oferta de vacunas supera la demanda. Cada vez es más frecuente que no se puedan administrar las dosis disponibles de la vacuna porque no se encuentra ningún voluntario. Por eso, desde hace algún tiempo, activistas, organismos gubernamentales y empresas han ideado incentivos inusuales para que los que dudan de las vacunas se vacunen.

Langostinos a cambio de un pinchazo

El estado estadounidense de Ohio está sorteando un millón de dólares a la semana entre todos los ciudadanos que se vacunen. En Nueva York, a finales de abril, todos los vacunados por primera vez pudieron recoger un cigarrillo de marihuana gratis. El estado de Maine está atrayendo a personas con licencias de caza gratuitas, y hace unos días, una oferta de la ciudad de Nueva Orleans causó revuelo al regalar una libra de langostinos por cada dosis de vacuna.

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Pero en otras partes del mundo también hay innumerables ideas creativas: En Rajkot (India), los joyeros regalaron aretes de oro para la nariz a las personas vacunadas; en Rusia y Serbia, los vacunados reciben vales de compra; y en Transilvania (Rumania), pueden incluso recibir su dosis en el castillo de Drácula, que incluye un diploma de inmortalidad.  

El escepticismo es tan antiguo como la vacunación

Aunque algunos de estos incentivos puedan parecer extraños, no son nuevos. “Ya hubo algo parecido a principios del siglo XIX con la vacunación contra la viruela”, explica el historiador médico alemán Malte Thießen, cuyos intereses de investigación incluyen la historia de la vacunación. “También en aquella época la vacunación era nueva y el escepticismo era inicialmente grande. Por eso las autoridades ofrecían comida, regalaban caramelos o incluso concedían medallas de vacunación, como incentivo para vacunarse voluntariamente”, explica.

Las dudas en torno a la vacunación son tan antiguas como las propias vacunas, y por tanto siempre han sido un problema. Ya a finales de 2018, antes del estallido de la pandemia del coronavirus, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que la “falta de voluntad para vacunarse” era una de las diez principales amenazas sanitarias en todo el mundo.

Época de inmunización

Las razones, según Thießen, son bastante diversas: “Por un lado, la vacunación en sí misma contradice el sentido común de las personas: me están inyectando algo que en principio puede incluso enfermarme, y que luego debería protegerme”. Las vacunas se perciben a menudo como una interferencia artificial en el curso de la naturaleza. “Hay entonces ideas de que un tipo de fortalecimiento, a través de la misma enfermedad, es mejor para el proceso de desarrollo natural del cuerpo”, dice Thießen.

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Además, muchas campañas de vacunación, especialmente en los países industrializados, se han convertido en víctimas de sus propios éxitos. “En realidad, hoy vivimos en una época de inmunización”, asegura Thießen. Ya sea el sarampión, la tifoidea, la poliomielitis o la viruela: “La idea de que las enfermedades infecciosas son una amenaza ha desaparecido casi por completo de nuestra conciencia, precisamente porque las hemos expulsado en gran medida de nuestro mundo mediante eficaces campañas de vacunación desde los años cincuenta y sesenta”, recuerda Thießen.

Básicamente, según el experto, en todas las campañas de vacunación anteriores solo hay una proporción de entre el dos y el cinco por ciento de personas que se niegan a la vacunación. “Hay que convivir con ellos, con el resto se puede hablar”, reitera. Por un lado, esto podría hacerse mediante campañas de aclaración y llamamientos. “Pero en el siglo XX también vemos cada vez con más frecuencia: la gente no tiene que ir a la vacunación, sino que la vacunación tiene que ir a la gente, con equipos móviles de vacunación, con puntos de vacunación en los supermercados o en los ayuntamientos”, sostiene Thießen.

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