Por Uriel Naum Ávila

La participación laboral plena de diversos segmentos de la población, como los indígenas, las personas con alguna discapacidad, adultos mayores o mujeres, es uno de los grandes pendientes de América Latina, situación que impacta tanto en los derechos fundamentales de las personas, como en el desarrollo productivo y, por ende, económico de los países.

De manera puntal, la exclusión de mujeres en puestos clave de las organizaciones no solo provoca que se limite al talento y con ello la innovación, sino que las empresas se pierden la oportunidad de ser mejores lugares para trabajar y lograr de manera más eficaz sus objetivos de negocios, lo que impacta de manera directa en los KPI’s financieros.

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Sobre este tema, estudios del Centro de Investigación de la Mujer en Alta Dirección (CIMAD) e IPADE Business School son enfáticos en señalar que las empresas con más jefas, son las mejores para trabajar, según encuestas comparativas entre empleados.

El estudio Women in the Boardroom. A Global Perspective, de Deloitte, señala que mientras en países como Noruega el 36.7% de los Consejos de las empresas cuentan con mujeres, en países de Latinoamérica como México apenas esta cifra alcanza el 6%.

Tomando a este país latinoamericano como ejemplo, existen datos que dejan claro el rezago que las mujeres tienen en materia de inclusión en el mundo laboral: durante el confinamiento por la pandemia COVID-19, el 84% de las personas que perdieron su empleo fueron mujeres, según datos de INEGI; de las empresas que conforman el IPC de la Bolsa Mexicana de Valores (BMV), solo en 5 la mitad de su fuerza laboral está encabezada por mujeres.

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Todo esto pese a que estudios como Management Systems International, de CIMAD, señalan que las empresas en donde predomina el liderazgo femenino existe un 10.1% de retorno de inversión, contra 7.4% de compañías donde no prevalece el impulso de toma de decisiones por parte de mujeres.

En América Latina, según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la brecha salarial entre hombres y mujeres es de 15%. Y por si fuera poco, “en América Latina, 78.1% de las mujeres que están ocupadas lo hacen en sectores definidos como de baja productividad, lo que implica peores remuneraciones, menor contacto con las tecnologías y la innovación y en muchos casos empleos de baja calidad”, escribió Alicia Bárcena, Secretaria de la Cepal, en el texto Mercado Laboral, la llave para la igualdad de las mujeres en América Latina y el Caribe.

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Ciertamente existen casos de éxitos de empresas de la región con fuerte presencia de mujeres en la organización como Rendichicas, con 90% de su fuerza laboral; Santander, con 54%; Walmart de México, con 52%; Banco del Bajío, con 51.2%, y Grupo Financiero Banorte, con 50.4%; sin embargo, hay mucho por hacer para que más mujeres participen en la toma de decisiones de empresas, sobre todo en un contexto pos pandemia como el actual, en donde se requieren nuevas fórmulas de innovación y crecimiento que pueden venir de un segmento de la población que está ávido de participar en entornos organizacionales con ‘piso más parejo’.