Conceptos como “el trabajo de igual valor”, “trabajo igual por salario igual”, “principio de igualdad de oportunidades en formación”, “formación flexible, competente y de calidad” y muchos otros tan empleados en estos tiempos ponen en la diana un tema de gran importancia: cómo debe ser la formación en el futuro inmediato.

Las empresas necesitan cada vez más jóvenes formados y con talento, que dominen varios idiomas, y controlen las herramientas digitales. Una clasificación sencilla de los requisitos que valoran las empresas contemplaría, en primer lugar,  como competencias indispensables: el compromiso ético, la honestidad, la capacidad de aprendizaje, la adaptación a los cambios,  y el trabajo en equipo.

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El ranking seguiría con las competencias importantes: análisis y resolución de problemas; habilidades de relación y comunicación; y finalizaría con las consideradas necesarias: facilidad para trabajar en entornos multiculturales y multidisciplinares, y conocimientos técnicos de la profesión.

La importancia de los equipos incluyentes

Lo que sí es cierto es que la mejor manera de hacer frente a los cambios que tenemos ya encima, en este panorama tan complejo, es en equipo. Equipos que deben ser incluyentes. Esta también es una de las habilidades más valoradas por las empresas.  

Lo que más inclina la balanza del lado de los jóvenes es su fuerza y determinación, que contempla generalmente acciones de presente para construir juntos un futuro mejor; y su compromiso con un ecosistema empresarial colaborativo y responsable.

Repensar la educación superior

Tenemos un gran capital humano en claro riesgo, incrementado por los efectos de la pandemia. Y necesitamos una juventud protagonista de la transformación necesaria de nuestra sociedad que contemple cuestiones de vital interés para la Región, como son la economía verde, azul, naranja, la innovación o la sostenibilidad. El talento está muy bien repartido en la comunidad iberoamericana, pero es necesario un esfuerzo para distribuir mejor los recursos de cara a la recuperación económica y mirar con optimismo hacia el futuro.

Debemos ser capaces de crear una cultura académico – empresarial que permita impulsar una formación flexible, competente y de calidad, que dé respuesta a las demandas de la sociedad, en general, y del tejido productivo, en particular, y que contribuya al desarrollo social y económico del país.

La empleabilidad de los estudiantes depende en gran medida de la adaptación de sus conocimientos al mercado laboral y, de manera más concreta, al sector donde vayan a desempeñar su actividad. En este sentido, es preciso adecuar los planes de estudio universitario y la Formación Profesional a las necesidades reales de las empresas.

Resulta necesario, a la vez, estimular a los estudiantes para su incorporación a las carreras científico-técnicas, las denominadas STEM (ciencias, tecnología, ingeniería, matemáticas), por ser éstas la que en mayor medida se adaptan a las capacidades digitales y del ámbito de la I+D+i.

Reinventarse, tarea de todos

Para que los estudiantes puedan conectar mejor con el entorno laboral, me gustaría incidir en algunos aspectos esenciales, tales como una mayor implicación de las organizaciones empresariales en el asesoramiento a las Administraciones educativas en materia de gestión de una innovación efectiva, digitalización e interconexión de los procedimientos administrativos, para dotarlos de mayor agilidad y reducir la carga burocrática.

Sería conveniente también tratar de que haya un mayor reconocimiento a los profesionales de empresa cuando deciden colaborar en los ámbitos de la universidad, así como insistir en la necesidad de fomentar la formación del profesorado universitario para impulsar el emprendimiento, la innovación empresarial y la imagen real del empresario.

Por otro lado, establecer marcos sistemáticos de colaboración “Universidad-Empresa”, que sirvan para orientar eficazmente los esfuerzos en I+D+i y en transferencia del conocimientoes fundamental. Apostar por una formación más práctica, incluyendo enseñanza post universitaria dual o el desarrollo de doctorados profesionales, para una especialización más práctica y enfocada al mercado laboral, me parece muy necesario. Y, por último, es imperativo interrelacionar, de una manera más positiva, el mundo de la formación profesional y el de la universidad, facilitando pasarelas y desarrollando ámbitos más colaborativos e integradores para favorecer el trasvase de estudiantes en ambas direcciones.

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En definitiva, la clave está también en saber reinventarse, y estar listos para trabajar con una generación de jóvenes, la mejor preparada de la historia, que demanda espacios a su medida y respuestas claras. Y me gustaría recordar una serie de conceptos, a los ya he hecho referencia en otras ocasiones, y sobre los que se debería vertebrar nuestro futuro: retener el talento y reciclar también el existente, recrearreconducir resultados, resiliencia, restaurar (la confianza) y revitalizar.

La educación y la formación como garantes de la igualdad de oportunidades y del crecimiento justo e inclusivo son, sin duda, las mejores plataformas de salvamento frente a esta y otras crisis que puedan surgir.

El futuro de Iberoamérica es tarea de todos.  No es solamente una frase, sino un mensaje de compromiso cimentado por empresas y ciudadanos, con determinación, con savia nueva y con sabiduría de años, también.

Sigamos diseñando una Región con empleo y con empresas, en la que haya sitio para todos, jóvenes y no tan jóvenes. Sigamos apostando por su formación, y por el empleo, porque son las mejores herramientas de inclusión social. Asegurando “Más Presente para el Futuro”, más empresas, y más jóvenes formándose para liderarlas, para hacer entre todos MÁS y MEJOR IBEROAMÉRICA, nuestro lema y nuestro compromiso desde el Consejo de Empresarios Iberoamericanos, CEIB y también desde la Federación de Jóvenes Iberoamericanos, FIJE.

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